Estamos inmersos en la era de
la información, dicen. Vivimos una edad
dorada de la libertad de expresión,
presuntamente. Las censuras totalitarias y las negras etapas en las que los
jueces inquisitoriales velaban por el bien común limitando lo que las cándidas
y manipulables masas debían conocer, aparentemente han quedado atrás.
Pocas parcelas de la tecnología han
progresado tanto en los últimos tiempos como todas estas autopistas
relacionadas con la recopilación y la
transmisión de datos, que estrenan diariamente nuevos carriles sin apenas
semáforos. Y sin embargo, se da la
paradoja de que los grandes villanos de
nuestro tiempo, los más perseguidos, los más amenazados, son los que comparten
y hacen públicos los documentos más comprometidos y secretos, los que ponen al alcance de
cualquiera los datos relativos a masacres indiscriminadas, a violaciones de
derechos humanos, a espionajes e intentos de desestabilización de gobiernos no
afines ideológicamente con la gran potencia mundial y sus aliados sumisos. El ex asesor de la CIA Snowden, el fundador
de wikileaks Assange, y el ex soldado
Manning, son los grandes perseguidos de nuestro tiempo. Del mismo modo que en determinados países
fervientemente integristas, cualquier discurso que sea interpretado como
ofensivo a la ortodoxia religiosa puede desencadenar violencias
fundamentalistas de graves consecuencias.
No estoy muy seguro de que nuestra realidad sea la edad dorada de la
información. De hecho la sobreabundancia
de datos a menudo genera un caos en el que es difícil dilucidar lo auténtico,
lo contrastado. En este contexto, en el
que la mayoría seguimos escuchando, no al informador que tenga más visos de
verosimilitud, sino al que posea el altavoz más estruendoso, a un nivel más
doméstico, está en las manos de todos nosotros que medios de comunicación de
ámbitos geográficos más cercanos como el diario que hospeda estas letras,
permanezcan como voces cercanas y necesarias capaces de contribuir de una
manera eficaz a esa enorme responsabilidad que constituye averiguar y
transmitir lo que está pasando de un modo veraz y transparente.
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