sábado, 23 de diciembre de 2017

JAÉN Y SU HERMANA LINARES (Diciembre 2017)

Jaén y su hermana Linares se llevan poco tiempo, su madre se quedó embarazada de la pequeña cuando todavía le estaba dando teta a la grande, y eso no le sentó bien a la primogénita y tal vez le guarde rencor a la pequeña desde entonces.
Los padres de Jaén y Linares siempre han pasado apreturas para criar a su prole.  Ellos eran una familia agrícola que pasaba muchas fatigas y que con los años se tuvo que buscar la vida en la mina y en la fábrica y en lo que iba saliendo y por eso no han podido darle lujos, nunca, a sus criaturas.  Y el caso es que a Linares le ha tocado  heredar la ropa usada de la primogénita y tal vez le guarda rencor a la mayor desde entonces.
A Jaén y a su hermana Linares, cuando eran chicas, les gustaba hacerse rabiar mutuamente.  No podían evitarlo.  Pero cuando estaban lejos la una de la otra, se echaban mucho de menos, y se aburrían un montón estando separadas.  Y después, cuando volvían a reunirse, les encantaba  tirarse de la coleta e hincharse a pellizcos. 
Jaén y su hermana Linares han crecido juntas soñando con prosperar y trascender su dura realidad.  Discutían a menudo porque a una le daban menos paga o porque sentían que sus padres mimaban más a la otra.  El caso es que siempre han sido bastante celosas y competitivas las dos.  Yo soy más grande que tú, presumía una.  Pero yo soy más próspera que tú y tengo hasta un tranvía.  Pero mi equipo es mejor que el tuyo.   Y siempre terminaban igual, con la hermana mayor muy picada gritando chinchinpum que era algo que sacaba de quicio a la pequeña.  Nunca hemos sabido bien lo que significa ese exabrupto que sin duda pertenece a los códigos secretos infantiles que ambas han ido forjando en su complicidad familiar.
En fin, Jaén y Linares han tenido durante todos estos años sus más y sus menos, y eso es algo normal en todas las familias, pero en el fondo se aprecian y son conscientes de que se necesitan.  Por eso ahora que han crecido, Jaén y Linares, se han convertido en dos señoras sensatas que han madurado, y  en cuanto han tenido oportunidad, lo primero que han hecho ha sido buscarle unos estudios universitarios a sus hijas y a sus hijos, para que no les pase igual que a ellas que tuvieron que aprender las letras y los números en casa de modo autodidacta, porque no pudieron permitirse una educación adecuada, que si la hubieran tenido, con lo espabiladas que eran las dos, otro gallo les cantaría a ambas.
Y ahora que  han superado sus viejas querellas, las hermanas se reúnen de vez en cuando para ver antiguas fotos y para reírse de las travesuras de su juventud.  En realidad ambas están orgullosas de las joyas que atesoran de su pasado como el maravilloso yacimiento de Cástulo de la una, que no hace más que darnos alegrías y descubrimientos cada dos por tres, o el flamante Museo Íbero de la otra, que está deseando poder enseñar a las visitas.

Por eso a las dos hermanas, a Jaén y a Linares las podéis ver paseando del bracete los domingos por la tarde comiendo pipas y añorando sus tiempos mozos, y aunque las veas discutir paradas en mitad del parque de vez en cuando,  estoy seguro de que no van a dejar que la sombra de una ITI,  (ese instrumento con el que la Unión Europea apoya el progreso de determinadas zonas  especialmente necesitadas) se interponga en la recobrada armonía familiar.

RESPETEN A LA CULTURA. (Noviembre 2017)

Esta mañana, paseando por Jaén, me he vuelto a tropezar con la pobre Cultura.  La verdad es que hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella. Como la he visto afligida y melancólica, me he acercado hasta la mujer para interesarme por su estado, y ella, que parecía un tanto ausente, me ha contestado con evasivas.  Tras despedirnos, la he seguido durante un trecho, y aunque parecía vagar sin rumbo fijo, como si se tratara de un alcohólico que trata de evitar acabar en la taberna, sus pasos finalmente la han llevado hasta la entrada del teatro.  Allí ha permanecido, camuflada, largo tiempo, cabizbaja y en silencio, tratando de no llamar la atención de los viandantes.  Finalmente me he acercado hasta ella y le he preguntado que por qué no entraba.  Al fin y al cabo ese es su lugar más lógico, y el hogar natural de la Cultura.  Y ella, tras mirar hacia todos lados, por si había cerca oídos indiscretos que nos escucharan, me ha dicho que no, que ya no, que eso era antes, que ahora se sentía desposeída de su espacio vital, casi como desahuciada, que aunque no ha sido expulsada totalmente de aquel escenario, porque al fin y al cabo su trabajo es valorado  muy positivamente por la ciudadanía, la hacían sentirse poco menos que una intrusa cuya presencia se tolera con cierta incomodidad, y como le he preguntado los motivos de semejante despropósito, ella ha terminado desahogándose  conmigo.  Resulta que, aunque hay gente que valora la importancia de su trabajo y le anima a seguir adelante, hay otras instancias proclives a obstaculizar su labor, y  la pobre Cultura, que es muy sensitiva, nota que le han perdido el respeto.  Y tiene que ir arrastrándose de despacho en despacho, como si tuviera que mendigar un poco de misericordia, y lo único que le dan son cuatro gritos, y reiteradas amenazas y  llamadas al orden, y a la pobre, no le queda más remedio que acachar la cabeza y ampliar su recurrente  repertorio de disculpas.  Y no lleva nada bien, la criatura, que cada vez le pongan más difícil lo de acceder a los espacios en los que ella ha vivido toda su vida, por eso la  mujer siempre que puede se cuela a hurtadillas en los escenarios, sin hacer mucho ruido, sin molestar demasiado, no vaya a ser que se reboten contra ella y la expulsen definitivamente.  Menos mal que mantiene la complicidad del público, que continúa riendo y reflexionando y emocionándose con ella, y al final acaba premiándole con un agradecidísimo aplauso.  Y eso es lo que a ella le da la vida, y el motivo por el cuál continúa soportando tantas humillaciones, porque disfruta con su trabajo.  Aunque a veces se arrepiente de no haberse presentado a unas oposiciones como le advertían, años atrás, sus padres:  “búscate algo seguro, hija mía”.   Pero ella siguió su vocación.  Aunque ahora  no sabe si le dejarán seguir haciendo, durante mucho tiempo, este trabajo, y la Cultura, que fue orgullosa y contestataria en su origen, con el tiempo y  con los golpes que ha ido recibiendo, se ha tenido que volver sumisa y dócil.  Pero con un brillo en los ojos acaba anunciándome que si la siguen humillando no va a tener más remedio que explotar y gritarles cuatro verdades en la cara a los que la amenazan, y va a volver a pelear con las únicas armas que ella posee, el arte  y el ingenio.  Y la creo muy capaz de ello.  

BANDEROFOBIA. (Octubre 2017)

Llevo mucho tiempo dándole vueltas a mi problema.  No deseo herir susceptibilidades.  Sin embargo, las circunstancias me obligan a hacer pública mi ignominiosa dolencia.  Imaginen mi foto con una pequeña franja oscura cubriendo mis ojos para preservar el anonimato, y una leyenda a pié de página con el texto:  ¡Ayúdenme,  padezco banderofobia!  Puede parecer un asunto banal o un mal menor,  pero es muy molesto, sobre todo en épocas de exaltaciones patrióticas como la que estamos viviendo.  No sé si existen más casos como el mío.   Mi problema es que sufro un pánico invencible hacia las banderas.  Prometo hacérmelo mirar.  Pero hace años  que sufro en silencio este problema, para mi vergüenza.  Al principio era solamente una leve indisposición en determinadas fechas señaladas: el 18 de julio en mis primeros años de vida; más tarde el 12 de octubre y el 28 de febrero.  Sin embargo,  paso a paso,  mi aversión hacia los trapos simbólicos ha ido escalando peldaños en mi maltratada psique. Tras una infancia huyendo de yugos y flechas y bicolores adornadas con aguilucho, pase mi adolescencia a la sombra de hoces y martillos, y luego fui gobernado por enseñas que representaban en su interior anagramas de gaviotas y rosas;  y en los últimos años, banderas anaranjadas y moradas reclaman también mi voto.  Parece ser que todos los partidos necesitan sintetizar la supuesta complejidad de su discurso en un dibujo o en unos colores más o menos atractivos.  Pero no es solamente un asunto de partidos políticos.  El pacifismo de bandera blanca y el ecologismo de insignia verde fueron los siguientes pasos de mi calvario ideológico.  Y lamentablemente la cosa fue a más cuando me enteré que en determinados países sus atributos nacionales están protegidos con extremo rigor por su sistema penal, de modo que  unos turistas españoles fueron encarcelados en Letonia por llevarse una bandera, delito por el que en Corea del Norte pueden llegar a condenarte a largos años de trabajos forzados.   Todas estas noticias no han hecho sino incrementar mi dolencia.  Y me temo que la cosa va a más.  De un tiempo a esta parte no puedo disfrutar de mi afición favorita, el fútbol, porque me da grima ver al juez de línea correteando por las bandas ondeando su banderín.    Sé que parece exagerado, pero se trata de un problema muy serio, porque en verano, más de una vez he estado a punto de ahogarme  en las embravecidas aguas, porque no he sido capaz de mirar, frente a frente,  la bandera roja de la playa.  Necesito ayuda urgentemente.  Y es que lo mío es últimamente insostenible ante el crispado panorama territorial de nuestro país en el que llevan la iniciativa los seguidores de telas capaces de lograr el fervor fanático de las multitudes.  Es un panorama de mástiles sujetando rencores.  Todo ello presidido por el reduccionismo que simboliza en barras o estrellas el catálogo de agravios.  Ignorando que no hay pensamientos complejos capaces de encerrarse en un trapo enhiesto.  Líneas rectas que impiden los giros de un discurso.  Filosofía de trapo.  Activismo de balcón.  Es el destino de las ideas encarceladas en barrotes de colores.  La geometría patriótica que reduce la variedad del pensamiento humano de un territorio a un simplista diseño cromático.  Por favor necesito ayuda.  ¡Padezco banderofobia!

IMAGINANDO A JUAN DE YEPES. (Septiembre 2017)

Se os saluda gentes de bien.  ¿Me conocéis?  Seguro que algunos me habéis leído, y otros incluso me habéis rezado.  Y es que, aunque fui bautizado como Juan de Yepes, el transcurrir del tiempo y ciertas humanas intervenciones trocaron mi nombre por el de San Juan de la Cruz.  ¿Qué os pasa?  No, no soy una aparición.  No os arrodilléis, por Dios.  ¿Qué decís?  Ah, que  os impresiona mi aura de santidad.  Disculpad que me presente de este modo, pero es mi uniforme de trabajo.  Esperad, que en un momento me desprendo del aura y demás atributos gloriosos, para que os sintáis más relajados, al fin y al cabo esta es una visita informal.  He vuelto a tierras giennenses para rememorar mis últimos días en el mundo, que tuvieron lugar entre vosotros, o mejor dicho entre vuestros antepasados.  Recuerdo que crucé Despeñaperros tras poner fin, mediante una fuga, a mi encarcelamiento.  Sí, aquí dónde me veis,  tan canonizado y tan formal, resulta que en aquellos tiempos, estuve recluido en prisiones en el contexto de las agrias disputas doctrinales entre los carmelitas calzados y los descalzos.   Pero ya veis, qué curiosos son los azares del destino, que te castigan con el encierro en una oscura mazmorra en vida, y te premian con la santidad cuando ya has dejado de respirar.  En fin, aquí en tierras giennenses me establecí primero en Beas de Segura y más tarde en Baeza, pero fue en Úbeda donde transcurrieron mis últimos días.  Y en esta hermosísima ciudad se armó un lío tremendo, que tuvo que ser resuelto por su Santidad el Papa en persona, nada menos.  Veréis,  cuando los estragos de la enfermedad avanzaban imparables por  mi cuerpo maltrecho, expresé mi deseo de ser enterrado en Úbeda.  Y mi voluntad se cumplió.  Pero qué terribles episodios tuvieron que vivir mis muertos despojos.  Como mi reputación de santidad, crecía de boca en boca por toda la cristiandad, resulta que una devota admiradora segoviana, que estaba loca por mis huesos, urdió un plan para robar mi cadáver, que andaba ya algo mermado por el fervor de los ubetenses y el ansia de reliquias de determinados autoridades eclesiásticas, que un dedo por aquí, unos dientes por allá, habían disminuido el inventario de mis enseres corporales.  El caso es que aquella mujer mando que, en secreto, introdujeran mis restantes restos en una maleta, con la  intención de llevarme a la vera del Acueducto, a través de una rocambolesca peripecia, que incluso satirizó Cervantes en un capítulo  del Quijote.  Y hasta aquella ciudad castellana llegaron mis despojos, tras un sinfín de azares.  Pero  las indignadas gentes de Úbeda, no pudieron callar ante semejante ultraje, y pusieron el grito en el cielo.  Y aunque en la Gloria no les pudieron resolver la cuestión, en el siguiente peldaño  del escalafón cristiano, su Santidad el Papa de Roma, se vio obligado a intervenir.  Y atendiendo las justas reclamaciones de los ubetenses,  Clemente VIII determinó que ciertos fragmentos de mi anatomía les fueran devueltos.  Desde aquí reclamaban mi cabeza, pero se tuvieron que conformar con otras partes de mi anatomía, que ahora mismo, no soy capaz de precisar, perdonad que no sea más concreto, la verdad es que confundo los datos y las ideas, porque, lamentablemente, tras toda aquella diáspora corporal…   me siento un poco disperso.

IMAGINANDO A FRANCISCO DELICADO. (Agosto 2017)

Os saludo a todos, mi nombre es Francisco Delicado.  Aquí estoy de nuevo, a la sombra de la Peña de Martos, horizonte querido de mis años mozos.  Y  es que este paisaje encierra, para mí, una hermosura sin igual.  Y  no os lo dice alguien que ha permanecido recluido en su tierra durante toda su existencia, sino uno que ha vivido largos años en las dos ciudades más hermosas de su tiempo y también del vuestro, pues las siete colinas de Roma y las mil islas de Venecia han sido también mis hogares.  Pero jamás olvidé mi tierra, y por ello dejé memoria escrita de la gracia de sus gentes y de la grandiosidad de su inexpugnable Peña.  ¿Qué decís? ¿Que cuál es mi oficio? Pues debéis saber que yo he sido escritor de literatura erótica y también clérigo, ¡ah! y médico.  ¿Qué pasa?  ¿Por qué os extrañáis?  ¿Os resulta raro que haya tenido tantas profesiones?  Pues ya veis que a las mentes curiosas y  a las gentes inquietas nos complace emprender variadas ocupaciones.  ¿Ah, no es eso lo que os escandaliza?  Entiendo, os resulta chocante que sea, a la vez, clérigo y escritor de literatura erótica.  Pues no os debe extrañar, pues uno escribe sobre lo que conoce, y la Roma de los Borgia en la que habité, era un lugar singular, en el que no regían los mismos valores que después han imperado.   Debéis saber que en aquel ambiente, coexistían en armonía las morales más contrapuestas.  Y allí conviví con criados, pícaros, cardenales lascivos y prostitutas.  Y  a todos los junté en mi obra más señalada, la titulada “Retrato de la Lozana Andaluza”, relato a través del cual reconstruí, con letras en lugar de ladrillos, los barrios prostibularios que tantas veces recorrí.  Y tan profundamente  conocía aquellos lares, que me propuse trasplantar sus habitantes al papel de mi obra.  Y  así nacieron más de cien personajes, entre los que destaca la protagonista absoluta, que no es otra que Aldonza, una singular prostituta andaluza.   Y en la obra estoy, incluso, yo mismo, pues mi autorretrato convive con los otros personajes, lo cual constituye un rasgo más de la originalidad y modernidad de mi obra.  Y en ella, no tuve reparo en tratar temas obscenos en un ambiente de ritos mágicos, conjuros y drogas,  que se inscribe en la tradición de la novela picaresca, junto con “La Celestina” o el “Lazarillo de Tormes”.  Y si mi creación no ocupa el lugar que merece al lado de esas cumbres de la literatura española, es en parte,  a causa de la persecución de mi obra, que emprendieron  ciertos estudiosos moralistas, que la condenaron durante siglos al infierno de los libros  prohibidos, obviando la riqueza de su lenguaje, el ingenio de sus dobles sentidos y el retrato de una época y de un lugar tan principal como es la Roma del Renacimiento, Babel de todas las grandezas, los vicios y las lenguas, en dónde habita Aldonza, mi excelsa protagonista, tan ligada a mi fortuna.  Y es que  mi Lozana Andaluza, sufrió la sífilis como yo, y sobrevivió como yo a la ira antiespañola tras el saqueo de Roma, gozando al final de la obra de un desenlace feliz, decisión que no me perdonarían jamás aquellos que condenaron mi creación al purgatorio de los libros vergonzosos y obscuros,    por no haberle dado un final trágico, moralizante y ejemplar, a mi libre, a mi astuta, a mi querida protagonista.


IMAGINANDO A TONO (Julio 2017)

Ah, están ustedes ahí leyendo. Qué bien. Yo me dedicaba a eso. A leer no, a escribir. Bueno y a más cosas, también hacía dibujos, guiones y otras inutilidades que resultan maravillosas. ¿Que si soy famoso? Pues no estoy seguro. Mi nombre es Antonio Lara de Gavilán. ¿Cómo dicen? ¿No les suena mi nombre? No se preocupen, tengo otro para usar en estos casos. Verán, en realidad todo el mundo me conocía como Tono. ¿Sigue sin decirles nada? Pues que lástima, oye. Porque resulta que somos paisanos. Si, yo nací en Jaén, en el año 1896. Aunque me fui pronto, a los 4 años. Bueno, en realidad me acompañaron mis padres. O mejor dicho, mi madre, porque mi padre acaba de morir y no estaba el pobre para mudanzas. Pero pasé todo mi siglo XIX aquí en Jaén (Era un siglo muy parecido al siguiente pero tenía un palote en medio).

Y aquí en Jaén, conocí a una compañera que se convirtió en mi mejor amiga, y de la que no me llegué a separar en mi vida: la risa. Ella se convirtió en el motor de mi vida. La risa pura de Jaén licuada en las ricas almazaras del humor de esta tierra tan jocosa. También se nota que soy de Jaén en que he practicado siempre el monocultivo de la risa, de modo que el drama no lo he tocado ni con guantes. Verán, yo fui autodidacta. Mi paso por la escuela no resultó demasiado provechoso. Allí había un montón de niños sentados en sus mesas y un señor que nos hacía preguntas y yo pensaba: como el maestro siga preguntándome tantas cosas, voy a dejar de ir al colegio y me voy a colocar en una oficina de información, que es donde nadie pregunta nada.

Yo siempre he sido muy de pensar, y de emborronar papeles con esas pequeñas píldoras que hacen cosquillas en el pensamiento, y a los que llamamos chistes. Y con el tiempo llegué a intercambiar, algunos de mis papeles de humor, por papeles mucho más serios que me entregaban en los bancos y que servían para pagar el recibo del gas. Yo tengo que confesar que me hice humorista porque me hacía gracia a mi mismo. Y con estas invenciones mías conseguí cierta fama, cierto nombre (que seguía siendo el mismo “Tono” de siempre, pero con caracteres más grandes), aunque los que reparten las barajas de las literaturas me encuadraron en la “otra” generación del 27, una especie de suplentes de los auténticos escritores de aquella generación, que estábamos ahí por si alguno de los serios se lesionaba en mitad de una página, o acababa agotado después de recorrer un párrafo larguísimo.

Por cometer el pecado de escribir cosas de humor, no nos tomaban en serio. Y tal vez era mejor para nosotros porque así podíamos romper moldes, que era una de mis aficiones favoritas. También me encanta inventar cosas que no sirven para nada. En el homenaje que me hicieron en 1976, Forges me dijo al regalarme un reloj: “se lo damos para que haga con él una lavadora”. Un par de años más tarde ocurrió algo, que prefiero olvidar, ya he dicho antes que los dramas no los toco ni con guante, y los temas fúnebres ni con un palo.

Dicen que aquel año me marché, para siempre. Sin embargo, una parte de mí permanece aquí, en la memoria de los pocos que me recordáis y que al leer mis ocurrencias, mis chistes, hacéis que reviva mi espíritu y de ese modo recorro, alegre, el aire, de la mano de mi eterna compañera, la risa de Jaén.