Qué lástima
me da. Acabo de charlar un ratico con
ella y resulta que está Jaén, la pobre, que le va a dar algo. Con lo expansiva que era, la mujer, que
estaba siempre cantando melenchones o vestida de pastira con las amigas por las
tascas o pateándose las cuestas de palique con los vecinos, o paseando a los
nietos por el parque del bulevar; todo el día para arriba y para abajo. Pero de un tiempo a esta parte se la ve
mustia, sombría. Dice que no pega ojo,
que se pasa las noches en vela, con las farolas encendidas, haciendo
cuentas.
Y no es para menos. Porque resulta que no le salen los números, por
muchas vueltas que les dé. Y ha tenido
que pedir, la mujer, otro préstamo al
banco. No le ha quedado más remedio. Pobre Jaén, ella se ha pasado toda la vida
trabajando de sol a sol, con las labores del campo, y con las olivas, y con
otros trabajillos que le iban saliendo, y a la vez criando a una familia más
que numerosa, y tanto esfuerzo para que ahora, cuando ya tiene una edad, la
pongan contra la espada y la pared por culpa de las malditas cuentas
municipales.
A ella no se le ha dado muy
bien ahorrar de nunca. Y no es que haya
vivido con lujos ni derroches. Lo que
pasa es que siempre ha querido lo mejor para los suyos, y cuando tenía tres
pesetas en el bolsillo, se inventaba cualquier cosa para regalarnos. Nunca ha sido ella muy de pensar en el día de
mañana. Y ahora nos vemos como nos
vemos. Por su mala cabeza. Con una deuda municipal de no te menees. Y con los bancos llamando al timbre cada dos
por tres. Y menudos apuricos que pasa la
pobre Jaén cada final de mes, que tiene que pedirle a los vecinos a la hora de
comer, que como ya no le fían en las tiendas, las pasa canutas para ponerles un
plato caliente a sus funcionarios cuando llega la hora.
Y a base de
préstamos vamos tirando. Pero como la
cosa no pegue un giro radical de 180 grados, va a llegar un momento en que la deuda sea
insostenible, y los bancos, a este ritmo, van a terminar por desahuciar a la
pobre Jaén de su casa, y ella que tiene mucho carácter, al principio se
resistirá, porque imagínate, con la catedral tan preciosa, el castillo tan
bonico y todas las joyas que ha ido acumulando a lo largo de los siglos, no va
a abandonar de buenas a primeras el poquito patrimonio que ha ido juntando y
que ha sido de la familia de toda la vida.
Y que para ella, además del valor económico intrínseco, tienen una carga
sentimental incalculable.
Pero ya
sabemos cómo funcionan estas cosas.
Seguramente, tarde o temprano, la autoridad tomará cartas en el asunto,
y nos pondrán a todos, con las maletas, de patitas en la calle, y nos buscarán
cualquier solución habitacional en el extrarradio. Y dejarán la ciudad vacía precintada por orden
judicial, hasta que cualquiera le pegue una patada a la puerta y se meta de
okupa, que eso a Jaén le da mucho miedo, con lo conservadora que es ella, le da
pánico imaginar a jóvenes con litronas y perros famélicos, haciendo talleres de
malabares y asambleas libertarias en su salón de plenos. Hasta que los desalojen y terminen subastando
la ciudad al cabo del tiempo, para que la compre cualquier fondo de inversión
de capital saudí o ruso o chino y nos acaben montando un gigantesco chiringuito
de comida rápida y bazar de saldo, con epicentro en la Plaza Santa María.