Dosmildieciseis, ese viejo actor, que tan prometedor resultó
en sus inicios, desgrana ahora en el escenario del gran teatro mundo, sus
últimos diálogos, sin la frescura y la lucidez
que exhibía al inicio de la función.
Los funcionarios del tiempo miran el reloj con cierta
premura, mientras vigilan de reojo, el escenario. Encima de las tablas, el año 2016 se esfuerza
por entretener al respetable. Pero no lo
tiene fácil, la gente está un poco cansada de la obra.
Los tramoyistas del tiempo, lo notan y se hacen una
señal. Entre bambalinas, apremian al actor
para que recoja los trastos, desmonte la iluminación y el sonido, y desaloje el escenario. El público también está de acuerdo, las
réplicas del viejo año ya no provocan aplausos y vítores en el patio de
butacas, el desgastado maquillaje
removido por el sudor, da una apariencia patética al fatigado año, el
vestuario, lleno de manchas y de remiendos
(ha sido una representación dura y ha sido necesario inventar todo tipo de cabriolas e improvisaciones para distraer al impaciente aforo), desagrada
a la concurrencia. El tozudo año, sin
embargo, se empecina en desgranar los últimos diálogos de su texto, las últimas letras, números, minutos, de su
guión. Pero casi nadie escucha ya su soliloquio. A todos les resulta previsible el desenlace,
no hay emoción, ni tensión dramática en sus últimas escenas.
En lugar de mirar hacia el escenario, todos los espectadores
giran el cuello, buscando ilusionados la cartelera de novedades, allí, bajo el
rótulo de “próximamente”, el respetable está ansioso por ver el cartel que anunciará el inminente estreno del nuevo año. Dosmildiecisiete es el título de la anhelada
superproducción, que promete ser un éxito seguro para todos, repleta de hallazgos
y de emocionantes novedades.
Los tramoyistas del tiempo, han desmontado al fin el tinglado
de días, horas, minutos y meses, con
autoritaria brusquedad, y en el patio de butacas el desanimado artista constata su nueva
condición de ser anónimo, nadie quiere un autógrafo ni un selfie.
Se cambia, deprisa, en el camerino. Los periodistas llaman a su puerta. Él se empeña en contarles nuevos planes, pero los reporteros solo quieren un breve
resumen de la obra que al fin termina (en realidad están preparando la
necrológica), antes de asistir a la rutilante presentación del nuevo año.
Los publicistas del tiempo exhiben los carteles del nuevo
ídolo, incitando a las masas para que lo vitoreen, mientras reparten publicidad
y listas de deseos y buenos propósitos para el año entrante. El
extenuado 2016 ha ido a por la furgoneta, los funcionarios del tiempo le
han dejado bien claro que no quieren retrasos, el escenario debe quedar
despejado a tiempo; y cuando vuelve a escena para recoger, comprueba
atónito que ya está preparada la escenografía
del nuevo año, y constata que se trata
de su propio decorado, reciclado, y entre bambalinas descubre que el nuevo año,
que hace ejercicios de calentamiento antes de entrar en escena, es casi un clon
de sí mismo. Sin embargo, los
funcionarios del tiempo han conseguido que las masas ansiosas jaleen y compren todo lo relacionado
con el nuevo ídolo.
Cabizbajo, el año
saliente se retira, tambaleante, mientras, al tropezar, se escurren las últimas horas de su cuerpo gastado.