Debo
confesar que a las pasadas elecciones acudí emocionado. Al fin los
poderosos escucharían al pueblo. Sin embargo, camino del colegio electoral,
eché un vistazo rápido a las grandes pancartas publicitarias que había en mi
barrio (confieso que antes ni siquiera me fijé), y me sorprendió comprobar que
habían cambiado los rostros de los candidatos. En aquellas
fotos gigantes, no aparecían las imágenes de los mandamases de la Unión
Europea, ni de los dirigentes del Banco Mundial, del Fondo Monetario
Internacional y demás instituciones que imponen los parámetros económicos
y las políticas de austeridad que nos regulan. En fin, un tanto
preocupado, nada más llegar a mi colegio electoral, corrí hasta la cabina de
votación más cercana, y examiné ansioso todas las papeletas, hasta que,
totalmente perplejo, comprobé que en lugar de folletos publicitarios de las
multinacionales y los grandes bancos y grupos empresariales y mediáticos que
nos rigen, había para introducir en las urnas unas extraños y pintorescas
siglas, con logotipos muy monos. De pronto caí en la cuenta.
Claro. Los partidos políticos. Recordé que ellos son los depositarios de la
soberanía nacional a través de los representantes que elegimos en cada legislatura. La verdad es que envidio la claridad de ideas de los afiliados
y simpatizantes de estas agrupaciones, que son capaces de asumir los dictados
de la dirección de su partido. Yo,
particularmente, padezco un preocupante eclecticismo ideológico que me impide
asumir como verdad absoluta un único programa electoral. Y es un grave problema, porque a la hora de
votar, tengo que ponerme de acuerdo con mis diversas corrientes ideológicas,
para decidir qué papeleta se acerca de
un modo mayoritario a mis pensamientos políticos. Para mí es muy difícil realizar este
ejercicio de consenso, necesario también
en ese ente multiforme de ideologías dispares que es España, que tampoco se
acomoda, como yo, a confiar su rumbo a una agrupación concreta, y que prefiere el
pacto y la negociación, a la soberbia de
los pensamientos únicos, por las siglas de las siglas, amén.