Vuelve el
otoño a Jaén. Ha llegado el momento de
abandonar las playas del Mar de Olivos.
Nostálgicos recordaremos los dorados días en los que chapoteábamos contemplando
el infinito océano oleícola que rodea nuestras ciudades.
Es tiempo de
volver a nuestra cotidianidad, a partir de ahora el agua no estará frente a
nosotros, dibujando el horizonte, sino sobre nosotros, cabalgando las celestes
nubes.
Aunque a veces, nuestros ojos volverán a fijarse con
melancolía en las olivareras inmensidades que circundan nuestra isla, y que
imponen a nuestra geografía provincial
un cierto nivel de incomunicación.
La política
de infraestructuras de transporte ferroviario en Jaén, hace aguas por todas partes,
y estos líquidos administrativos se suman a los fluidos del mar de olivos para
acentuar nuestro carácter insular.
Las
principales ciudades de nuestro entorno gozan, o disfrutarán en breve plazo de
tiempo, de un servicio ferroviario de alta velocidad. Pero en nuestro caso, sin duda por el carácter
isleño de Jaén, las vías del AVE, son
incapaces de volar cual gaviotas para salvar el escollo marítimo que nos
rodea. Por lo que tardarán aun bastante
tiempo en unirnos al resto del estado español a las velocidades del presente siglo.
Sin duda debe ser tarea ardua levantar puentes capaces de salvar el
escollo de nuestras mareas oleícolas.
Se detiene
en Puertollano, el tren de alta velocidad y desde aquel puerto que se haya a
unas pocas millas náuticas de nuestro mar de olivos, las imponentes locomotoras
del AVE, no se atreven a levantar el vuelo hasta nuestras apacibles costas de
manso oleaje. Son sumisas nuestras
corrientes marinas, del mismo modo que es apacible el carácter de sus
habitantes isleños.
Acostumbrados
como estamos a naufragios, como pueblo marinero que somos, apenas ponemos
reparos al agravio relativo a nuestras carencias ferroviarias. En fin, no debemos sentirnos
maltratados, al fin y al cabo son nuestras peculiaridades de carácter
geográfico las que nos mantienen un tanto “aislados”.