martes, 27 de diciembre de 2016

LOS FUNCIONARIOS DEL TIEMPO. Diciembre 2016.


Dosmildieciseis, ese viejo actor, que tan prometedor resultó en sus inicios, desgrana ahora en el escenario del gran teatro mundo, sus últimos diálogos, sin la frescura y la lucidez  que exhibía al inicio de la función.

Los funcionarios del tiempo miran el reloj con cierta premura, mientras vigilan de reojo, el escenario.  Encima de las tablas, el año 2016 se esfuerza por entretener al respetable.  Pero no lo tiene fácil, la gente está un poco cansada de la obra.

Los tramoyistas del tiempo, lo notan y se hacen una señal.  Entre bambalinas, apremian al actor para que recoja los trastos, desmonte la iluminación y el sonido,  y desaloje el escenario.  El público también está de acuerdo, las réplicas del viejo año ya no provocan aplausos y vítores en el patio de butacas,  el desgastado maquillaje removido por el sudor, da una apariencia patética al fatigado año, el vestuario, lleno de manchas  y de remiendos (ha sido una representación dura y ha sido necesario inventar  todo tipo de cabriolas e improvisaciones  para distraer al impaciente aforo), desagrada a la concurrencia.  El tozudo año, sin embargo, se empecina en desgranar los últimos diálogos de su texto,  las últimas letras, números, minutos, de su guión.  Pero casi  nadie escucha ya su soliloquio.  A todos les resulta previsible el desenlace, no hay emoción, ni tensión dramática en sus últimas escenas.

En lugar de mirar hacia el escenario, todos los espectadores giran el cuello, buscando ilusionados la cartelera de novedades, allí, bajo el rótulo de “próximamente”, el respetable está ansioso por ver  el cartel que anunciará  el inminente estreno del nuevo año.  Dosmildiecisiete es el título de la anhelada superproducción,  que promete  ser un éxito seguro para todos, repleta de  hallazgos  y  de emocionantes novedades.
Los tramoyistas del tiempo, han desmontado al fin el tinglado de días, horas, minutos y meses, con  autoritaria brusquedad, y en el patio de butacas  el desanimado artista constata su nueva condición de ser anónimo, nadie quiere un autógrafo ni un selfie.

Se cambia, deprisa, en el camerino.   Los periodistas llaman a su puerta.  Él se empeña en contarles nuevos  planes, pero los reporteros solo quieren un breve resumen de la obra que al fin termina (en realidad están preparando la necrológica), antes de asistir a la rutilante presentación del nuevo año.

Los publicistas del tiempo exhiben los carteles del nuevo ídolo, incitando a las masas para que lo vitoreen, mientras reparten publicidad y listas de deseos y buenos propósitos para el año entrante.  El  extenuado 2016 ha ido a por la furgoneta, los funcionarios del tiempo le han dejado bien claro que no quieren retrasos, el escenario debe quedar despejado a tiempo;  y cuando  vuelve a escena para recoger, comprueba atónito que  ya está preparada la escenografía del nuevo año,  y constata que se trata de su propio decorado, reciclado, y entre bambalinas descubre que el nuevo año, que hace ejercicios de calentamiento antes de entrar en escena, es casi un clon de sí mismo.  Sin embargo, los funcionarios del tiempo han conseguido que las masas  ansiosas jaleen y compren todo lo relacionado con el nuevo ídolo. 

Cabizbajo,  el año saliente se retira, tambaleante, mientras, al tropezar,  se escurren las últimas horas de su cuerpo gastado.


LA CARTA DE JAÉN. Diciembre 2016.


La más pequeña de la familia Jaén anda un poco preocupada.  Ya sabemos que estos días  los peques de la casa tienen una ilusionante obligación:   escribir la carta de los Reyes Magos.  Pero la verdad es que a nuestra entrañable y pequeña ciudad no le gusta demasiado esta costumbre, y está hecha un lío.
La joven Jaén se siente un poco condicionada por sus padres.  Mamá, que es la Junta de Andalucía, le anima para que la peque,  pida a sus Majestades de Oriente, el  paquete completo del tranvía.  Pero papá Ayuntamiento no lo tiene tan claro, porque cree que es un juguete poco práctico y que le va a tocar gastarse un pastón en pilas y en mantenimiento.  Y en fin, la niña está en medio y le da mucha cosa que se peleen por ella. 
Es más, por las noches cuando sus padres creen que ella duerme, se ponen a discutir, y ella, que finge tener los ojos cerrados, se entera de todo,  y luego tiene pesadillas y por la mañana se levanta cansada y triste.  La pobre teme que como sigan así las cosas,  sus padres antes o después acaben separándose por su culpa.
Y no es que la vida familiar de los Jaén sea siempre conflictiva, a ella le encanta cuando mamá Junta y papá Ayuntamiento, la cogen de la mano, y se la llevan a poner primeras piedras o a cortar cintas e inaugurar cosas.  Sobre todo cuando hay periodistas de por medio.  Porque esos días se llevan fenomenal, sus papis, y todo son sonrisas y mimos.  Pero cuando la prensa se marcha y se cierra de un portazo la puerta de la casa, en el hogar giennense vuelve a reinar la frialdad conyugal habitual. 
Y el problema tal vez sea que no hay mucha comunicación entre ellos, y Jaén trata de  reconciliarlos, pero es chica y no le hacen mucho caso.  Y ahora que es Navidad, a ella le encantaría que papá y mamá, que en el fondo son muy buenos y solo quieren lo mejor para ella, se juntaran más y montaran el árbol y el belén en familia.  Pero es muy complicado, bastante hacen viviendo bajo  el mismo techo, piensa ella a veces, porque sabe que si siguen cohabitando es por no darle a la niña un disgusto. 

Y la verdad es que el resto de la familia no está mucho mejor:  la madrina Diputación Provincial y el padrino  Gobierno Central  también están bastante irritados,  y los hermanos mayores :  los partidos políticos, andan todos a la gresca a la menor oportunidad.    Menuda familia desestructurada.
Lo que ella espera es que este año, al menos, en la cena de Nochevieja, después de la segunda cerveza y del tercer vino,  no se arme el follón de todos los años cuando empiecen a discutir de política, y la niña desea con todas sus fuerzas que no acaben como alguna que otra vez, tirándose a la cabeza las uvas y los platos en lugar del confeti y las serpentinas.
El caso es que la pequeña Jaén con lagrimillas en los ojos, al escribir su carta a los Reyes Magos, no pide un nuevo tren, más rápido y con más vías que el que tiene ahora, ni un juego de médicos con mejores instalaciones, ni dinero para libros ni para teatros que tanto le enseñan y le divierten.  No señor, la pequeña Jaén, con lagrimillas en los ojos, con su preciosa caligrafía de niña voluntariosa y aplicada, ha escrito a los Reyes Magos, que lo que más quiere en el mundo es que su mamá y su papá y el resto de los que viven en  casa, vuelvas a ser todos, de nuevo, una familia de verdad.