martes, 15 de noviembre de 2016

LA DEUDA DE JAÉN. Noviembre 2016.


 Qué lástima me da.  Acabo de charlar un ratico con ella y resulta que está Jaén, la pobre, que le va a dar algo.  Con lo expansiva que era, la mujer, que estaba siempre cantando melenchones o vestida de pastira con las amigas por las tascas o pateándose las cuestas de palique con los vecinos, o paseando a los nietos por el parque del bulevar; todo el día para arriba y para abajo.  Pero de un tiempo a esta parte se la ve mustia, sombría.  Dice que no pega ojo, que se pasa las noches en vela, con las farolas encendidas, haciendo cuentas.  

Y no es para menos.  Porque resulta que no le salen los números, por muchas vueltas que les dé.  Y ha tenido que pedir, la mujer,  otro préstamo al banco.  No le ha quedado más remedio.  Pobre Jaén, ella se ha pasado toda la vida trabajando de sol a sol, con las labores del campo, y con las olivas, y con otros trabajillos que le iban saliendo, y a la vez criando a una familia más que numerosa, y tanto esfuerzo para que ahora, cuando ya tiene una edad, la pongan contra la espada y la pared por culpa de las malditas cuentas municipales.  

A ella no se le ha dado muy bien ahorrar de nunca.  Y no es que haya vivido con lujos ni derroches.  Lo que pasa es que siempre ha querido lo mejor para los suyos, y cuando tenía tres pesetas en el bolsillo, se inventaba cualquier cosa para regalarnos.  Nunca ha sido ella muy de pensar en el día de mañana.  Y ahora nos vemos como nos vemos.  Por su mala cabeza.  Con una deuda municipal de no te menees.  Y con los bancos llamando al timbre cada dos por tres.  Y menudos apuricos que pasa la pobre Jaén cada final de mes, que tiene que pedirle a los vecinos a la hora de comer, que como ya no le fían en las tiendas, las pasa canutas para ponerles un plato caliente a sus funcionarios cuando llega la hora.


Y a base de préstamos vamos tirando.  Pero como la cosa no pegue un giro radical de 180 grados,  va a llegar un momento en que la deuda sea insostenible, y los bancos, a este ritmo, van a terminar por desahuciar a la pobre Jaén de su casa, y ella que tiene mucho carácter, al principio se resistirá, porque imagínate, con la catedral tan preciosa, el castillo tan bonico y todas las joyas que ha ido acumulando a lo largo de los siglos, no va a abandonar de buenas a primeras el poquito patrimonio que ha ido juntando y que ha sido de la familia de toda la vida.  Y que para ella, además del valor económico intrínseco, tienen una carga sentimental incalculable.  

Pero ya sabemos cómo funcionan estas cosas.  Seguramente, tarde o temprano, la autoridad tomará cartas en el asunto, y nos pondrán a todos, con las maletas, de patitas en la calle, y nos buscarán cualquier solución habitacional en el extrarradio.  Y dejarán la ciudad vacía precintada por orden judicial, hasta que cualquiera le pegue una patada a la puerta y se meta de okupa, que eso a Jaén le da mucho miedo, con lo conservadora que es ella, le da pánico imaginar a jóvenes con litronas y perros famélicos, haciendo talleres de malabares y asambleas libertarias en su salón de plenos.  Hasta que los desalojen y terminen subastando la ciudad al cabo del tiempo, para que la compre cualquier fondo de inversión de capital saudí o ruso o chino y nos acaben montando un gigantesco chiringuito de comida rápida y bazar de saldo, con epicentro en la Plaza Santa María.

LA FERIA DE ESPAÑA. Octubre 2016.

¡Qué alegría!  Estamos en feria en Jaén, hoy es el día grande.  Hay que celebrarlo por todo lo alto.  Y por eso, yo voy vestido de flamenco, recorriendo una y otra vez, a lo largo y ancho, todo el recinto ferial, más chulo que un ocho.  Aunque para ser sincero, este año no estoy disfrutando tanto la celebración como otras veces.  Y es que, como la situación política, en el país, está como está, al pasear por las atracciones percibo cierta sensación de déjà-vu.   Es como si todo el tinglado que tengo  alrededor  me resultara familiar.  Trataré de explicarme.  Al montarme en la montaña rusa, por ejemplo, me siento como a bordo del IBEX y de la prima de riesgo, es en cierto modo la misma sensación, aunque en realidad, comparado con el vértigo de los mercados macroeconómicos, el sube y baja de la esforzada y presurosa vagoneta, no resulta tan extremadamente trepidante.  Pero bueno, no hay que rendirse, hoy es el día grande, y hay que disfrutarlo como sea.  El problema es que, después, cuando subo a la noria,  buscando emociones fuertes, el leve mareo que siento, es mucho más soso que  la desazón que me produce cotidianamente la incertidumbre social y laboral.  De todas maneras, yo, lo sigo intentando, es cuestión de tantear las otras atracciones, alguna habrá suficientemente emocionante; sin embargo,  cuando pruebo con los autos de choque, los bruscos volantazos y las colisiones frontales, son incapaces de hacerle sombra a los virulentos encontronazos producidos, recientemente, en el seno de algún que otro partido político.  No, la cosa no acaba de convencerme.  Y para más inri, a continuación, al pasar junto a la tómbola, creo estar en pleno reparto de privilegios y prebendas de los que algunos gozan al arrimarse a los pasillos del poder.   Es un problema, no consigo abstraerme.  Tanto es así, que cuando subo al tren de la bruja,  pensando que una diversión naif conseguiría, al fin,  distraerme, siento que los escobazos son meras caricias, comparados con las noticias de corrupción con las que nos fustigan los medios informativos.    Y al pasar junto a la caseta de tiro al blanco, no puedo evitar que los reiterados tiros fallidos de los esforzados participantes, me recuerden al escaso tino de las encuestas electorales en sus últimas previsiones y  sondeos.    Y al montarme en el tiovivo, el mareo que experimento, no es capaz de eclipsar la sensación de redundancia de la machacona propaganda partidista de una posible tercera cita electoral.  Por no hablar del pasaje del terror, en el que los esfuerzos de los monstruos y la parafernalia gore,  están lejos de llegar al apocalíptico grado de tensión e intimidación que son capaces de provocar determinados propagandistas y analistas políticos.
Y en fin, pues eso, que la feria está muy bien para unos días, pero tampoco hay que pasarse, y en este país, desgraciadamente, la vida política lleva demasiado tiempo en una especie de jarana interminable, en la que los distintos partidos bailan en sus acotadas y endogámicas casetas, emitiendo desde distorsionados altavoces, cada uno de ellos, sus machaconas coreografías, hasta la extenuación, convirtiendo el ferial político en un molesto batiburrillo de estruendosos ruidos superpuestos, incapaces de armonizar una melodía que podamos bailar todos los invitados a la feria de España.