¡Qué alegría! Estamos en feria en Jaén, hoy es el día
grande. Hay que celebrarlo por todo lo alto. Y por eso, yo voy vestido de flamenco, recorriendo
una y otra vez, a lo largo y ancho, todo el recinto ferial, más chulo que un
ocho. Aunque para ser sincero, este año no estoy disfrutando tanto la
celebración como otras veces. Y es que, como la situación política, en el
país, está como está, al pasear por las atracciones percibo cierta
sensación de déjà-vu. Es como si todo el tinglado que tengo alrededor me resultara familiar. Trataré de explicarme. Al montarme en la montaña rusa, por ejemplo,
me siento como a bordo del IBEX y de la prima de riesgo, es en cierto modo la
misma sensación, aunque en realidad, comparado con el vértigo de los mercados
macroeconómicos, el sube y baja de la esforzada y presurosa vagoneta, no
resulta tan extremadamente trepidante. Pero
bueno, no hay que rendirse, hoy es el día grande, y hay que disfrutarlo como
sea. El problema es que, después, cuando
subo a la noria, buscando emociones
fuertes, el leve mareo que siento, es mucho más soso que la desazón que me produce cotidianamente la
incertidumbre social y laboral. De todas maneras, yo, lo sigo intentando,
es cuestión de tantear las otras atracciones, alguna habrá suficientemente
emocionante; sin embargo, cuando pruebo
con los autos de choque, los bruscos volantazos y las colisiones
frontales, son incapaces de hacerle sombra a los virulentos encontronazos producidos,
recientemente, en el seno de algún que otro partido político. No, la cosa
no acaba de convencerme. Y para más
inri, a continuación, al pasar junto a la tómbola, creo estar en pleno reparto
de privilegios y prebendas de los que algunos gozan al arrimarse a los
pasillos del poder. Es un problema, no consigo
abstraerme. Tanto es así, que cuando
subo al tren de la bruja, pensando que
una diversión naif conseguiría, al fin, distraerme, siento que los escobazos son meras
caricias, comparados con las noticias de corrupción con las que nos fustigan
los medios informativos. Y al
pasar junto a la caseta de tiro al blanco, no puedo evitar que los reiterados tiros
fallidos de los esforzados participantes, me recuerden al escaso tino de las
encuestas electorales en sus últimas previsiones y sondeos.
Y al montarme en el tiovivo, el
mareo que experimento, no es capaz de eclipsar la sensación de redundancia de
la machacona propaganda partidista de una posible tercera cita electoral.
Por no hablar del pasaje del terror, en el que los esfuerzos de los monstruos
y la parafernalia gore, están lejos de
llegar al apocalíptico grado de tensión e intimidación que son capaces de provocar
determinados propagandistas y analistas políticos.
Y en fin, pues eso, que la feria
está muy bien para unos días, pero tampoco hay que pasarse, y en este país, desgraciadamente,
la vida política lleva demasiado tiempo en una especie de jarana interminable,
en la que los distintos partidos bailan en sus acotadas y endogámicas casetas,
emitiendo desde distorsionados altavoces, cada uno de ellos, sus machaconas
coreografías, hasta la extenuación, convirtiendo el ferial político en un
molesto batiburrillo de estruendosos ruidos superpuestos, incapaces de
armonizar una melodía que podamos bailar todos los invitados a la feria de
España.
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