Se os saluda gentes de bien. ¿Me conocéis? Seguro que algunos
me habéis leído, y otros incluso me habéis rezado. Y es que, aunque fui
bautizado como Juan de Yepes, el transcurrir del tiempo y ciertas humanas
intervenciones trocaron mi nombre por el de San Juan de la Cruz. ¿Qué os
pasa? No, no soy una aparición. No os arrodilléis, por Dios.
¿Qué decís? Ah, que os impresiona mi aura de santidad.
Disculpad que me presente de este modo, pero es mi uniforme de trabajo.
Esperad, que en un momento me desprendo del aura y demás atributos gloriosos,
para que os sintáis más relajados, al fin y al cabo esta es una visita
informal. He vuelto a tierras giennenses para rememorar mis últimos días
en el mundo, que tuvieron lugar entre vosotros, o mejor dicho entre vuestros
antepasados. Recuerdo que crucé Despeñaperros tras poner fin, mediante
una fuga, a mi encarcelamiento. Sí, aquí dónde me veis, tan
canonizado y tan formal, resulta que en aquellos tiempos, estuve recluido en
prisiones en el contexto de las agrias disputas doctrinales entre los
carmelitas calzados y los descalzos.
Pero ya veis, qué curiosos son los azares del destino, que te castigan
con el encierro en una oscura mazmorra en vida, y te premian con la santidad
cuando ya has dejado de respirar. En fin, aquí en tierras giennenses me
establecí primero en Beas de Segura y más tarde en Baeza, pero fue en Úbeda
donde transcurrieron mis últimos días. Y en esta hermosísima ciudad se
armó un lío tremendo, que tuvo que ser resuelto por su Santidad el Papa en
persona, nada menos. Veréis, cuando los estragos de la enfermedad
avanzaban imparables por mi cuerpo maltrecho, expresé mi deseo de ser
enterrado en Úbeda. Y mi voluntad se cumplió. Pero qué terribles
episodios tuvieron que vivir mis muertos despojos. Como mi reputación de
santidad, crecía de boca en boca por toda la cristiandad, resulta que una
devota admiradora segoviana, que estaba loca por mis huesos, urdió un plan para
robar mi cadáver, que andaba ya algo mermado por el fervor de los ubetenses y
el ansia de reliquias de determinados autoridades eclesiásticas, que un dedo
por aquí, unos dientes por allá, habían disminuido el inventario de mis enseres
corporales. El caso es que aquella mujer mando que, en secreto,
introdujeran mis restantes restos en una maleta, con la intención de
llevarme a la vera del Acueducto, a través de una rocambolesca peripecia, que
incluso satirizó Cervantes en un capítulo del Quijote. Y hasta aquella ciudad
castellana llegaron mis despojos, tras un sinfín de azares. Pero las indignadas gentes de Úbeda, no pudieron
callar ante semejante ultraje, y pusieron el grito en el cielo. Y aunque
en la Gloria no les pudieron resolver la cuestión, en el siguiente
peldaño del escalafón cristiano, su Santidad el Papa de Roma, se vio
obligado a intervenir. Y atendiendo las justas reclamaciones de los ubetenses,
Clemente VIII determinó que ciertos fragmentos de mi anatomía les fueran
devueltos. Desde aquí reclamaban mi cabeza, pero se tuvieron que
conformar con otras partes de mi anatomía, que ahora mismo, no soy capaz de
precisar, perdonad que no sea más concreto, la verdad es que confundo los datos
y las ideas, porque, lamentablemente, tras toda aquella diáspora
corporal… me siento un poco disperso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario