jueves, 18 de septiembre de 2014

¿QUÉ PASA AQUÍ? Julio 2013.


Estamos inmersos en la era de la información, dicen.  Vivimos una edad dorada de la  libertad de expresión, presuntamente. Las censuras totalitarias y las negras etapas en las que los jueces inquisitoriales velaban por el bien común limitando lo que las cándidas y manipulables masas debían conocer, aparentemente han quedado atrás. 
Pocas parcelas de la tecnología han progresado tanto en los últimos tiempos como todas estas autopistas relacionadas con la  recopilación y la transmisión de datos, que estrenan diariamente nuevos carriles sin apenas semáforos.  Y sin embargo, se da la paradoja de que  los grandes villanos de nuestro tiempo, los más perseguidos, los más amenazados, son los que comparten y hacen públicos los documentos más comprometidos  y secretos, los que ponen al alcance de cualquiera los datos relativos a masacres indiscriminadas, a violaciones de derechos humanos, a espionajes e intentos de desestabilización de gobiernos no afines ideológicamente con la gran potencia mundial y sus aliados sumisos.   El ex asesor de la CIA Snowden, el fundador de wikileaks  Assange, y el ex soldado Manning, son los grandes perseguidos de nuestro tiempo.  Del mismo modo que en determinados países fervientemente integristas, cualquier discurso que sea interpretado como ofensivo a la ortodoxia religiosa puede desencadenar violencias fundamentalistas de graves consecuencias.  No estoy muy seguro de que nuestra realidad sea la edad dorada de la información.  De hecho la sobreabundancia de datos a menudo genera un caos en el que es difícil dilucidar lo auténtico, lo contrastado.  En este contexto, en el que la mayoría seguimos escuchando, no al informador que tenga más visos de verosimilitud, sino al que posea el altavoz más estruendoso, a un nivel más doméstico, está en las manos de todos nosotros que medios de comunicación de ámbitos geográficos más cercanos como el diario que hospeda estas letras, permanezcan como voces cercanas y necesarias capaces de contribuir de una manera eficaz a esa enorme responsabilidad que constituye averiguar y transmitir lo que está pasando de un modo veraz y transparente. 

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