Todos estaban radiantes y felices, celebrándolo por todo lo
alto en el Parque del Bulevar, en la ofrenda del club a la Virgen y en el
desfile con el autobús descapotable, y en tales eventos yo sonreía también, y
daba saltos, pero el sentimiento, tengo que confesarlo, no me salía de dentro. Y a mí el
fútbol me gusta. Llevo muchos años sin perderme un solo
partido del Real Jaén. Y ahora que, por
fin, después de tantos sinsabores,
alcanzamos el ascenso, me ataca esta
crisis de fe, este descreimiento balompédico que me tiene en un sinvivir. Y tampoco me pilla, la cosa, de nuevas. Yo me lo venía barruntando. De hecho en los últimos partidos notaba que
algo no iba bien dentro de mí. Las
acciones arbitrales hostiles hacia nuestro conjunto, no me provocaban la
indignación pertinente, y mientras mis compañeros de palco se quedaban a gusto
rememorando toda la progenie del trío arbitral, yo improvisaba pequeños
exabruptos que apenas sonrojarían a un colegial. Es más, cuando veía a los pobres futbolistas
y aficionados del Huracán de Manises tras caer derrotados ante nuestra
meritoria escuadra, tapándose la cara con las manos, ocultando sus lágrimas y
su impotencia, me veía a mí mismo en las mismas circunstancias en años
precedentes, cuando tras el postrero enfrentamiento nuestros futbolistas se
vieron privados de culminar la gesta del ascenso a la división de plata. Y en esos momentos, en los que presenciaba el
hundimiento moral de los levantinos, aunque me atormente reconocerlo, me sentía
más cerca de los colores enemigos que de mi propia, gloriosa, bandera.
Y que conste que me produce felicidad el hecho de que la
economía de nuestra tierra pueda verse favorecida y que unos puestos de trabajo
relacionados con diversos sectores se
consoliden, pero es una alegría basada en el pragmatismo, exenta de ese
sentimiento íntimo y profundo, de esa comunión visceral y mística del club con
su afición. En fin, prometo hacérmelo
mirar. Porque como todo el mundo sabe,
las mayorías siempre tienen razón.
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