jueves, 18 de septiembre de 2014
NADANDO EN ACEITE. (Agosto 2013)
A veces pudiera parecer que por nuestro subsuelo fluyen imparables torrentes de aceite. Y que el precioso líquido lubrica los ancestrales engranajes del telúrico motor que bajo esta tierra milenaria ronronea infatigable, arcaico, empujando a través de sus sístoles y sus diástoles los caudales de oleícolas arterias, que extendidas a lo largo y a
lo ancho de todos sus confines geográficos, riegan y estimulan los órganos vitales de Jaén, bombeando los dorados tesoros hasta mucho más allá de sus fatigadas extremidades, en su empeño por extender la bondad de tales líquidos a las remotas naciones del orbe.
A veces pudiera parecer Jaén una inmensa balsa de aceite en la que flotaran plácidamente las gentes con sus enseres y sus cuitas, o que a la manera de una Venecia oleosa, estrechas callejuelas se apretujaran en un laberinto habitable rodeado de canales y lagunas aceitosas. Sin embargo la plácida balsa de aceite de dimensiones descomunales es agitada a menudo por los aires fogosos que sacuden tales extensiones, removiendo su superficie para mostrar el encrespado perfil de bamboleantes legiones arbóreas, que rítmicamente ondulan toda la superficie. En este pintoresco océano oleícola, las verdes olas extienden su monótono ritmo cadencioso. Cuando un nadador se aventura por estas profundas latitudes caudalosas de infinitos olivos, debe esforzarse por mantener sus rítmicas brazadas sobreponiéndose al hipnótico fluir de las filas de olivares que se mecen monótonas al lunar ritmo que marcan las mareas oleícolas. Y en esta o en aquella longitud acuática remota, llaman la atención del navegante los voluntarios náufragos o vocacionales isleños que seducidos por las sirenas o enamorados por las brisas y el fulgor de los atardeceres en sus calas, han recalado en tan remotas costas.
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