jueves, 18 de septiembre de 2014
MIS ROCES CON JAÉN. Agosto 2013.
Aunque uno abomina de nacionalismos, desprecia los regionalismos y le incomodan los particularismos, no tiene más remedio que pisar el suelo que pisa, que habitar el rincón que habita, y apreciar el horizonte que vislumbra. Y mi horizonte, mi rincón, mi suelo es Jaén. Y el roce hace el cariño, dicen, y yo con esta tierra he tenido tantos
roces que a la fuerza han tenido que saltar chispas de pasión, entre ambos. Y ahora mismo, lo nuestro no es amor, no hay que engañarse, pero mejor así, porque el amor a una bandera puede generar excesos de celo o deserciones, y lo mío hacia Jaén es una admiración a una continuada laboriosidad silenciosa, ternura por tantos reveses que han arrugado su arcaica corteza y afecto por la modesta naturalidad con la que ofrece sus maravillas, que las tiene y muchas.
Aunque innegablemente abrupta, es Jaén tierra llana de vocación, y amistosa. Aunque ejerció de inaccesible y fronteriza en su juventud conflictiva (en la que presumía de tierra victoriosa aunque en las batallas que la arañaron, los vencedores a menudo venían de fuera, o no representaban el deseable progreso) es abierta ahora y hospitalaria. O eso quiere uno pensar, del territorio al que asomó la cabeza por primera vez.
Aunque es ensoñación estimulante la forja de un futuro sin fronteras ni patriotismos, los sueños de uno están mojados en pan con aceite, y sus personajes hablan con un acento muy particular y en sus decorados a menudo aparecen aquella catedral misteriosa, o el cerro de la cruz y el castillo, o los palacios y las iglesias de las fantásticas ciudades renacentistas o las callejuelas del barrio de la Magdalena de mi infancia o los parajes del Villacarrillo de mis ancestros, de mis gentes.
Porque cualquier área geográfica es en el fondo la suma de sus gentes. Y es necesario que exista alguien para contarlo. Felicidades Jaén por narrar los 25.000 últimos latidos del corazón de una tierra. Y que no se paren. Ni los latidos, ni quienes los auscultan.
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