jueves, 18 de septiembre de 2014

JAÉN Y FAMILIA. Agosto 2013.

En el reparto inicial de latitudes y relieves, no le tocó a Jaén en suerte franja costera alguna, y la pobre ingenua, recién licenciada en geografía como estaba, pizpireta y abierta con su aire provinciano, miraba con cierta aprensión a algunas de sus hermanas andaluzas, que enseñaban a la luz del día  con descaro exhibicionista sus fotogénicas playas recién humedecidas.  Y lejos de plegarse en estériles rencores, la recién graduada tomó su título y corrió a repasar sus primorosos apuntes de orografía básica. 
Y ocurrió que mientras diseñaba montañosos recovecos, desfiladeros y sierras, sintió cierta desazón, la pobre, y temblores y sofocos, sorprendiendo a todos con su intenso griterío, roto por el acuático llanto de un caudal recién nacido.  Y es que fruto de alguna volcánica pasión de su fértil etapa universitaria, parió Jaén a solas, un hijo natural, un río caudaloso de imparable brío.  Y decidió compartirlo, desprendida, con sus no tan fértiles hermanas.  Y juntas lo criaron y lo educaron.  Y ahora de mayor, la generosa tierra, que ha sabido madurar con sólida dignidad, lejos de espantar al viajero con un perfil rocoso de lugar retorcido y escabroso, se esfuerza por recibir al recién llegado con  aire sereno, para contagiarle la calma interior que de ella emana, de tierra tan curtida, serrana y noble.



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