Erase
una vez un país en crisis, en el que crecía el desafecto hacia su, en otro
tiempo, unánimemente reverenciada monarquía…
No es el inicio de una historia “real”, es el arranque de una narración
legendaria protagonizada por un Príncipe de sangre azul enamorado de una
Princesa plebeya, y por una Reina solidaria y amante de las artes, y por un Rey
heroico defensor de la democracia ante los pérfidos golpistas. Lástima que en un giro imprevisto del guión y
del género (vivimos una época en la que no hay respeto por las viejas
tradiciones narrativas), el cuento de hadas haya sido bruscamente asaltado por
la crónica de tribunales y el relato sensacionalista, y no sabemos cómo
terminará esta historia, porque cabe la posibilidad de que en el desenlace
continúe la mezcla de géneros y la cosa derive hacia el esperpento
valleinclanesco o hacia el drama histórico, y se nos frustre lo que podía haber
sido una bonita zarzuela palaciega.
Porque,
hombre, estamos mal, pero todavía nos podemos permitir una monarquía, al menos
una pequeñita de andar por casa, no vamos a renunciar a todos los lujos de
golpe, algún pequeño homenaje aristocrático nos podemos dar de vez en cuando, ¡jolín!,
que hemos sido Imperio, ¡leche!, y esas cosas marcan.
Además
las figuras regias están muy arraigadas en nuestra tradición y derogar la
monarquía da un poco de vértigo. Es como
si de pronto obligáramos a los Reyes Magos a abdicar, y en su lugar instaurásemos
una especie de República Navideña con Santa Claus al frente, la verdad es que
la alternativa tampoco sería para echar las campanas (de Belén) al vuelo, ni
para tirar cohetes (a pesar de las fechas tan señaladas). El caso es que si nos dejan sin los Reyes
Magos y sale a la luz sin tapujos el viejo secreto heredado de padres a hijos
pero jamás desvelado en voz alta (en una suerte de conspiración inviolable) acerca
de la “naturaleza poco real” de los Monarcas de Oriente (todas las monarquías
guardan esqueletos debajo de las alfombras palaciegas), si nos enterásemos en definitiva, de que debajo de las suntuosas capas de Melchor,
Gaspar y Baltasar existe un extraño
cóctel de consumismo, mentiras y fragilidad, si todos decidiéramos prescindir
de sus lejanas majestades orientales o de las más cercanas y occidentales, tal
vez en ese caso se nos caerían los castillos de papel que sustentan con chinchetas cierta visión mítica
de nuestro entorno y tendríamos que enfrentarnos un poco más solos al hecho de
que somos adultos y que por lo tanto debemos
tomar las decisiones, que afectan a nuestra sociedad y a nuestra vida, por
nosotros mismos. Y eso cuesta.
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