Hoy,
al levantarme, tuve una sensación extraña.
De primeras no supe muy bien lo que me pasaba, pero después de lavarme
la cara, al mirarme al espejo me di cuenta del problema, de pronto resultaba
que no me veía europeo. Era algo así
como una regresión, como un paso atrás en la evolución, no es que me encontrara
más feo ni decrépito, pero me faltaba ese aura de modernidad, ese plus de
confianza que me daba el sentirme respaldado por Berlín, París, Bruselas y el
resto de las capitales de la Unión.
Aquello me causó cierto desasosiego y corrí a hablarlo con mi
eurodiputado, pero en Estrasburgo sus auxiliares me ponían excusas poco
convincentes, y yo sin mi eurodiputado
no soy nadie porque él resuelve todas mis pequeñas molestias
continentales. Así que pensé en recurrir
al comisario de mi sector productivo en
Bruselas, pero últimamente nuestra
relación se había enfriado un poquito, desde el rescate a los bancos torcía la
cabeza al cruzarse conmigo, como si se
avergonzara de mí, con lo que le gustaban antes las garrafas de alcaparrones
que le llevaba yo de vez en cuando, y ahora me trataba con el desdén que se
trata a un vecino molesto o a un familiar incómodo procedente de la rama de una prima de riesgo. Y es una pena, porque yo, como tantos
otros, estaba la mar de concienciado con la construcción de la casa común
europea, y no por cuestiones económicas, que hombre, a nadie le amarga un dulce
y las aportaciones de los fondos
europeos nos venían estupendamente, aunque en los últimos tiempos cada
negociación agraria sea un sinvivir en la que nos tienen a todos con el corazón
en un puño. Pero el caso es que lo mío
por Europa no es un mero pragmatismo económico, sino un sentimiento patriótico muy profundo y muy
íntimo. Que el verano pasado hice un
viaje a América y cuando por casualidad escuchaba el himno de Europa me entraba
la llorera nostálgica. Y en Semana Santa
en vez de sacar la enseña española colgaba yo siempre en el balcón la bandera
azul con el circulito de estrellas, y en los toros igual, iba yo con mi bota de
vino, mi paleta de jamón y mi bandera continental que era la que me ponía a mí
los vellos como escarpias. Porque a mí
me duele Europa, y llevo siempre en el bolsillo junto a la estampita del Señor,
una foto dedicada de Angela Merkel que
aunque a veces parece un poco estricta, lo hace todo por nuestro bien, y por
eso espero que lo de hoy no sea más que una europesadilla fugaz y que en las
próximas elecciones continentales nuestros socios comunitarios nos vuelvan a
mostrar la ternura y el cariño que nos profesan y nosotros les corresponderemos alcanzando, de
nuevo, altísimas cotas de participación en las urnas.
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