Cada año, en la biblioteca de
casa, hacia el ecuador de octubre, suena un rum-rum grave, como de castigados
altavoces que distorsionan una machacona melodía. Uno, repuesto del inicial estupor, se decide acongojado a abrir el atlas de Jaén
que es el lugar del que proceden los extraños sonidos, y se encuentra con un
panorama impactante: la Feria se ha
adueñado de la geografía local cual plaga de farolillos silvestres.
Y brotan las casetas y
brincan las atracciones aquí y allá, mientras las luces de colores pintarrajean
con rotulador fosforito espacios y gentes.
Así que nos ponemos en movimiento, con nuestras
mejores galas, porque no hay nada como cabalgar
con el uniforme reglamentario de chirri o de pastira, a caballo por el albero
con un suave trotecillo, y si el presupuesto no nos da para un equino auténtico
nos plantamos con chulería en los caballitos del tiovivo.
Y desde allí contemplamos con
alborozo como los ociosos olivos hacen cola en la noria, liberados por unos
días de su fatigosa monotonía, ebrios de palo cortado, con las raíces al
viento, contentos y radiantes ante la perspectiva de una cosecha prometedora.
Y vemos al tren de la bruja montándose burlón en el tranvía
fantasma, con los grotescos enmascarados dándoles con la escobilla entre
risotadas a los sufridos usuarios del transporte público. Y es que Jaén a menudo es una tómbola de feria en la que los
ciudadanos ilusionados y convencidos por la labia y el desparpajo del orador de
turno, apostamos por una papeleta
prometedora que nos traerá un regalo deslumbrante o una infraestructura de
última generación, aunque a menudo la papeleta de la urna contiene un muñeco de
peluche. Pero a pesar de todos los
pesares Jaén baila desinhibida en la feria, como si no hubiera mañana, porque es tierra alegre y vitalista que se
deja llevar por la ebriedad del momento, aunque
a la mañana siguiente amnésica y resacosa, mientras
rebusca las prendas que cubrían su paraíso interior apenas es capaz de recordar
el logotipo del ente administrativo con el que compartió la última copa. Y qué más da, que nos quiten lo bailao. ¡A pasarlo bien!
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