jueves, 18 de septiembre de 2014

¡VIVA LA FERIA! Octubre 2013.

Cada año, en la biblioteca de casa, hacia el ecuador de octubre, suena un rum-rum grave, como de castigados altavoces que distorsionan una machacona melodía.  Uno, repuesto del inicial estupor,  se decide acongojado a abrir el atlas de Jaén que es el lugar del que proceden los extraños sonidos, y se encuentra con un panorama impactante:  la Feria se ha adueñado de la geografía local cual plaga de farolillos silvestres.

Y brotan las casetas y brincan las atracciones aquí y allá, mientras las luces de colores pintarrajean con rotulador fosforito espacios y gentes.  
Así que  nos ponemos en movimiento, con nuestras mejores galas, porque  no hay nada como cabalgar con el uniforme reglamentario de chirri o de pastira, a caballo por el albero con un suave trotecillo, y si el presupuesto no nos da para un equino auténtico nos plantamos con chulería en los caballitos del tiovivo.
Y desde allí contemplamos con alborozo como los ociosos olivos hacen cola en la noria, liberados por unos días de su fatigosa monotonía,  ebrios de palo cortado, con las raíces al viento, contentos y radiantes ante la perspectiva de una cosecha prometedora. 

Y vemos al tren de la bruja montándose burlón en el tranvía fantasma, con los grotescos enmascarados dándoles con la escobilla entre risotadas a los sufridos usuarios del transporte público.  Y es que Jaén a menudo  es una tómbola de feria en la que los ciudadanos ilusionados y convencidos por la labia y el desparpajo del orador de turno,  apostamos por una papeleta prometedora que nos traerá un regalo deslumbrante o una infraestructura de última generación, aunque a menudo la papeleta de la urna contiene un muñeco de peluche.  Pero a pesar de todos los pesares Jaén baila desinhibida en la feria,  como si no hubiera mañana,  porque es tierra alegre y vitalista que se deja llevar por la ebriedad del momento, aunque  a la mañana siguiente amnésica y resacosa,   mientras rebusca las prendas que cubrían su paraíso interior apenas es capaz de recordar el logotipo del ente administrativo con el que compartió la última copa.  Y qué más da, que nos quiten lo bailao.  ¡A pasarlo bien!

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