Qué mal trago. Anoche
me crucé con la Cultura por la calle.
Como es natural, nada más verla cambié de acera para no cruzármela, en
parte porque tenía prisa (a esa hora echaban mi reality show favorito por la
tele), y en parte porque me daba apuro verla en aquel estado, andrajosa, con lo
que ella ha sido que en otros tiempos vestía las mejores galas. Soy un tipo curioso. Así que me quedé observándola un rato,
agazapado entre sombras. Y me dio un
poco de pena y todo, la mujer. Pensé en
comprarle un bocadillo o algo, pero con lo orgullosa que es, temí que me lo
rechazara con malos modos. La verdad es
que se la veía muy desmejorada a la
pobre, ojerosa, con andar cansino, desorientada. La gran mayoría de los transeúntes normales
la evitábamos, y claro, ella lo notaba.
Y debe ser duro, tantos cientos de años sintiéndose elogiada y mimada,
después de dar a luz a montones de hermosas criaturas, de engrandecer nuestros
idiomas, de ensanchar el pensamiento de las generaciones que nos
precedieron. Y ahora… Quién la ha visto
y quién la ve a nuestra pobre Cultura.
Y el caso es que hay veces en las que uno se pregunta. Oye… y si resulta que la Cultura sirve para
algo. No creo porque en tal caso estaría
en la tele a todas horas y los poderes públicos facilitarían el acceso de los
ciudadanos a sus actividades y sería una prioridad de toda la sociedad. Pero aun así, a veces uno se cuestiona: Y si
el teatro, la danza, la música, el cine, la literatura y demás, tuvieran alguna
utilidad real y constatable, y si fueran capaces de aportarnos cosas, más allá
del entretenimiento de encefalograma plano y la evasión. En ocasiones incluso me dan ganas de probar,
y de acercarme a la Cultura un día para ver lo que me cuenta. Huy, pero corto el rollo, que ya se acaban
los anuncios y empieza otro programa de cotilleos en la tele. Con tanto pensar casi me lo pierdo.
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