jueves, 18 de septiembre de 2014

ERASE UN VEZ UN PAÍS REAL. Abril 2013.


Erase una vez un país en crisis, en el que crecía el desafecto hacia su, en otro tiempo, unánimemente reverenciada monarquía…  No es el inicio de una historia “real”, es el arranque de una narración legendaria protagonizada por un Príncipe de sangre azul enamorado de una Princesa plebeya, y por una Reina solidaria y amante de las artes, y por un Rey heroico defensor de la democracia ante los pérfidos golpistas.  Lástima que en un giro imprevisto del guión y del género (vivimos una época en la que no hay respeto por las viejas tradiciones narrativas), el cuento de hadas haya sido bruscamente asaltado por la crónica de tribunales y el relato sensacionalista, y no sabemos cómo terminará esta historia, porque cabe la posibilidad de que en el desenlace continúe la mezcla de géneros y la cosa derive hacia el esperpento valleinclanesco o hacia el drama histórico, y se nos frustre lo que podía haber sido una bonita zarzuela palaciega.

Porque, hombre, estamos mal, pero todavía nos podemos permitir una monarquía, al menos una pequeñita de andar por casa, no vamos a renunciar a todos los lujos de golpe, algún pequeño homenaje aristocrático nos podemos dar de vez en cuando, ¡jolín!, que hemos sido Imperio, ¡leche!, y esas cosas marcan.

Además las figuras regias están muy arraigadas en nuestra tradición y derogar la monarquía da un poco de vértigo.  Es como si de pronto obligáramos a los Reyes Magos a abdicar, y en su lugar instaurásemos una especie de República Navideña con Santa Claus al frente, la verdad es que la alternativa tampoco sería para echar las campanas (de Belén) al vuelo, ni para tirar cohetes (a pesar de las fechas tan señaladas).  El caso es que si nos dejan sin los Reyes Magos y sale a la luz sin tapujos el viejo secreto heredado de padres a hijos pero jamás desvelado en voz alta (en una suerte de conspiración inviolable) acerca de la “naturaleza poco real” de los Monarcas de Oriente (todas las monarquías guardan esqueletos debajo de las alfombras palaciegas), si nos enterásemos  en definitiva, de  que debajo de las suntuosas capas de Melchor, Gaspar y Baltasar  existe un extraño cóctel de consumismo, mentiras y fragilidad, si todos decidiéramos prescindir de sus lejanas majestades orientales o de las más cercanas y occidentales, tal vez en ese caso se nos caerían los castillos de papel que  sustentan con chinchetas cierta visión mítica de nuestro entorno y tendríamos que enfrentarnos un poco más solos al hecho de que somos adultos y que por lo tanto debemos  tomar las decisiones, que afectan a nuestra sociedad y a nuestra vida, por nosotros mismos.  Y eso cuesta.


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