Los límites de la crueldad son insondables, como
aquellas simas de los lejanos océanos que están habitadas en su fondo más
negro, más profundo, por ciegas presencias ajenas a cualquier tipo de luz y de
apariencias tan lejanas a nuestros cánones de pensamiento, que se nos antojan
monstruosas. También en los abismos humanos es posible
encontrar criaturas ciegas de ira y de horrible condición, pero que suelen permanecer ocultas a la luz
de la información. Sin embargo,
recientemente, dentro de la estrategia del autodenominado Estado Islámico, de
aprovechar las posibilidades de nuestro
tiempo de la información globalizada,
para hacer pública su crueldad, han mostrado varias terribles ejecuciones para
golpear nuestra cotidianeidad, tratando de sumergirnos en una de esas negras
simas de la demencia. Y, ante algo así,
una primera reacción puede apuntar, mediante superficiales generalizaciones,
hacia toda la inmensa comunidad islámica como culpables o cómplices de tan
terribles acciones. Del mismo modo que
determinadas imágenes relacionadas con acciones bélicas de las que son víctimas
niños o civiles inocentes, perpetradas o consentidas por las potencias
occidentales, pueden generar el mismo efecto entre muchos individuos
islamistas, alimentando nuevos odios y crueldades. En esta tierra nuestra, convivieron durante
muchos siglos, ambas civilizaciones, compartiendo territorios, culturas y genes, y admirando
innegables maravillas artísticas de belleza tan abrumadora que fueron capaces
de ablandar el ansia destructora de los
vencedores. Por eso deberíamos entender
mejor que otros, que la realidad de los territorios conflictivos de numerosos
países islámicos responde a una complejidad enorme en la que diversos intereses
políticos, económicos y religiosos se entremezclan en un cóctel de violencia y destrucción,
que algunos están dispuestos a exportar a nuestro mundo occidental, cómplice
desde su perspectiva, con el caos en el que están inmersos tales territorios. Tratando de intimidarnos, con una crueldad de
individuos que piensan, pero no razonan, de pobres y dañinos seres que han
perdido la cabeza.
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