sábado, 23 de diciembre de 2017

JAÉN Y SU HERMANA LINARES (Diciembre 2017)

Jaén y su hermana Linares se llevan poco tiempo, su madre se quedó embarazada de la pequeña cuando todavía le estaba dando teta a la grande, y eso no le sentó bien a la primogénita y tal vez le guarde rencor a la pequeña desde entonces.
Los padres de Jaén y Linares siempre han pasado apreturas para criar a su prole.  Ellos eran una familia agrícola que pasaba muchas fatigas y que con los años se tuvo que buscar la vida en la mina y en la fábrica y en lo que iba saliendo y por eso no han podido darle lujos, nunca, a sus criaturas.  Y el caso es que a Linares le ha tocado  heredar la ropa usada de la primogénita y tal vez le guarda rencor a la mayor desde entonces.
A Jaén y a su hermana Linares, cuando eran chicas, les gustaba hacerse rabiar mutuamente.  No podían evitarlo.  Pero cuando estaban lejos la una de la otra, se echaban mucho de menos, y se aburrían un montón estando separadas.  Y después, cuando volvían a reunirse, les encantaba  tirarse de la coleta e hincharse a pellizcos. 
Jaén y su hermana Linares han crecido juntas soñando con prosperar y trascender su dura realidad.  Discutían a menudo porque a una le daban menos paga o porque sentían que sus padres mimaban más a la otra.  El caso es que siempre han sido bastante celosas y competitivas las dos.  Yo soy más grande que tú, presumía una.  Pero yo soy más próspera que tú y tengo hasta un tranvía.  Pero mi equipo es mejor que el tuyo.   Y siempre terminaban igual, con la hermana mayor muy picada gritando chinchinpum que era algo que sacaba de quicio a la pequeña.  Nunca hemos sabido bien lo que significa ese exabrupto que sin duda pertenece a los códigos secretos infantiles que ambas han ido forjando en su complicidad familiar.
En fin, Jaén y Linares han tenido durante todos estos años sus más y sus menos, y eso es algo normal en todas las familias, pero en el fondo se aprecian y son conscientes de que se necesitan.  Por eso ahora que han crecido, Jaén y Linares, se han convertido en dos señoras sensatas que han madurado, y  en cuanto han tenido oportunidad, lo primero que han hecho ha sido buscarle unos estudios universitarios a sus hijas y a sus hijos, para que no les pase igual que a ellas que tuvieron que aprender las letras y los números en casa de modo autodidacta, porque no pudieron permitirse una educación adecuada, que si la hubieran tenido, con lo espabiladas que eran las dos, otro gallo les cantaría a ambas.
Y ahora que  han superado sus viejas querellas, las hermanas se reúnen de vez en cuando para ver antiguas fotos y para reírse de las travesuras de su juventud.  En realidad ambas están orgullosas de las joyas que atesoran de su pasado como el maravilloso yacimiento de Cástulo de la una, que no hace más que darnos alegrías y descubrimientos cada dos por tres, o el flamante Museo Íbero de la otra, que está deseando poder enseñar a las visitas.

Por eso a las dos hermanas, a Jaén y a Linares las podéis ver paseando del bracete los domingos por la tarde comiendo pipas y añorando sus tiempos mozos, y aunque las veas discutir paradas en mitad del parque de vez en cuando,  estoy seguro de que no van a dejar que la sombra de una ITI,  (ese instrumento con el que la Unión Europea apoya el progreso de determinadas zonas  especialmente necesitadas) se interponga en la recobrada armonía familiar.

RESPETEN A LA CULTURA. (Noviembre 2017)

Esta mañana, paseando por Jaén, me he vuelto a tropezar con la pobre Cultura.  La verdad es que hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella. Como la he visto afligida y melancólica, me he acercado hasta la mujer para interesarme por su estado, y ella, que parecía un tanto ausente, me ha contestado con evasivas.  Tras despedirnos, la he seguido durante un trecho, y aunque parecía vagar sin rumbo fijo, como si se tratara de un alcohólico que trata de evitar acabar en la taberna, sus pasos finalmente la han llevado hasta la entrada del teatro.  Allí ha permanecido, camuflada, largo tiempo, cabizbaja y en silencio, tratando de no llamar la atención de los viandantes.  Finalmente me he acercado hasta ella y le he preguntado que por qué no entraba.  Al fin y al cabo ese es su lugar más lógico, y el hogar natural de la Cultura.  Y ella, tras mirar hacia todos lados, por si había cerca oídos indiscretos que nos escucharan, me ha dicho que no, que ya no, que eso era antes, que ahora se sentía desposeída de su espacio vital, casi como desahuciada, que aunque no ha sido expulsada totalmente de aquel escenario, porque al fin y al cabo su trabajo es valorado  muy positivamente por la ciudadanía, la hacían sentirse poco menos que una intrusa cuya presencia se tolera con cierta incomodidad, y como le he preguntado los motivos de semejante despropósito, ella ha terminado desahogándose  conmigo.  Resulta que, aunque hay gente que valora la importancia de su trabajo y le anima a seguir adelante, hay otras instancias proclives a obstaculizar su labor, y  la pobre Cultura, que es muy sensitiva, nota que le han perdido el respeto.  Y tiene que ir arrastrándose de despacho en despacho, como si tuviera que mendigar un poco de misericordia, y lo único que le dan son cuatro gritos, y reiteradas amenazas y  llamadas al orden, y a la pobre, no le queda más remedio que acachar la cabeza y ampliar su recurrente  repertorio de disculpas.  Y no lleva nada bien, la criatura, que cada vez le pongan más difícil lo de acceder a los espacios en los que ella ha vivido toda su vida, por eso la  mujer siempre que puede se cuela a hurtadillas en los escenarios, sin hacer mucho ruido, sin molestar demasiado, no vaya a ser que se reboten contra ella y la expulsen definitivamente.  Menos mal que mantiene la complicidad del público, que continúa riendo y reflexionando y emocionándose con ella, y al final acaba premiándole con un agradecidísimo aplauso.  Y eso es lo que a ella le da la vida, y el motivo por el cuál continúa soportando tantas humillaciones, porque disfruta con su trabajo.  Aunque a veces se arrepiente de no haberse presentado a unas oposiciones como le advertían, años atrás, sus padres:  “búscate algo seguro, hija mía”.   Pero ella siguió su vocación.  Aunque ahora  no sabe si le dejarán seguir haciendo, durante mucho tiempo, este trabajo, y la Cultura, que fue orgullosa y contestataria en su origen, con el tiempo y  con los golpes que ha ido recibiendo, se ha tenido que volver sumisa y dócil.  Pero con un brillo en los ojos acaba anunciándome que si la siguen humillando no va a tener más remedio que explotar y gritarles cuatro verdades en la cara a los que la amenazan, y va a volver a pelear con las únicas armas que ella posee, el arte  y el ingenio.  Y la creo muy capaz de ello.  

BANDEROFOBIA. (Octubre 2017)

Llevo mucho tiempo dándole vueltas a mi problema.  No deseo herir susceptibilidades.  Sin embargo, las circunstancias me obligan a hacer pública mi ignominiosa dolencia.  Imaginen mi foto con una pequeña franja oscura cubriendo mis ojos para preservar el anonimato, y una leyenda a pié de página con el texto:  ¡Ayúdenme,  padezco banderofobia!  Puede parecer un asunto banal o un mal menor,  pero es muy molesto, sobre todo en épocas de exaltaciones patrióticas como la que estamos viviendo.  No sé si existen más casos como el mío.   Mi problema es que sufro un pánico invencible hacia las banderas.  Prometo hacérmelo mirar.  Pero hace años  que sufro en silencio este problema, para mi vergüenza.  Al principio era solamente una leve indisposición en determinadas fechas señaladas: el 18 de julio en mis primeros años de vida; más tarde el 12 de octubre y el 28 de febrero.  Sin embargo,  paso a paso,  mi aversión hacia los trapos simbólicos ha ido escalando peldaños en mi maltratada psique. Tras una infancia huyendo de yugos y flechas y bicolores adornadas con aguilucho, pase mi adolescencia a la sombra de hoces y martillos, y luego fui gobernado por enseñas que representaban en su interior anagramas de gaviotas y rosas;  y en los últimos años, banderas anaranjadas y moradas reclaman también mi voto.  Parece ser que todos los partidos necesitan sintetizar la supuesta complejidad de su discurso en un dibujo o en unos colores más o menos atractivos.  Pero no es solamente un asunto de partidos políticos.  El pacifismo de bandera blanca y el ecologismo de insignia verde fueron los siguientes pasos de mi calvario ideológico.  Y lamentablemente la cosa fue a más cuando me enteré que en determinados países sus atributos nacionales están protegidos con extremo rigor por su sistema penal, de modo que  unos turistas españoles fueron encarcelados en Letonia por llevarse una bandera, delito por el que en Corea del Norte pueden llegar a condenarte a largos años de trabajos forzados.   Todas estas noticias no han hecho sino incrementar mi dolencia.  Y me temo que la cosa va a más.  De un tiempo a esta parte no puedo disfrutar de mi afición favorita, el fútbol, porque me da grima ver al juez de línea correteando por las bandas ondeando su banderín.    Sé que parece exagerado, pero se trata de un problema muy serio, porque en verano, más de una vez he estado a punto de ahogarme  en las embravecidas aguas, porque no he sido capaz de mirar, frente a frente,  la bandera roja de la playa.  Necesito ayuda urgentemente.  Y es que lo mío es últimamente insostenible ante el crispado panorama territorial de nuestro país en el que llevan la iniciativa los seguidores de telas capaces de lograr el fervor fanático de las multitudes.  Es un panorama de mástiles sujetando rencores.  Todo ello presidido por el reduccionismo que simboliza en barras o estrellas el catálogo de agravios.  Ignorando que no hay pensamientos complejos capaces de encerrarse en un trapo enhiesto.  Líneas rectas que impiden los giros de un discurso.  Filosofía de trapo.  Activismo de balcón.  Es el destino de las ideas encarceladas en barrotes de colores.  La geometría patriótica que reduce la variedad del pensamiento humano de un territorio a un simplista diseño cromático.  Por favor necesito ayuda.  ¡Padezco banderofobia!

IMAGINANDO A JUAN DE YEPES. (Septiembre 2017)

Se os saluda gentes de bien.  ¿Me conocéis?  Seguro que algunos me habéis leído, y otros incluso me habéis rezado.  Y es que, aunque fui bautizado como Juan de Yepes, el transcurrir del tiempo y ciertas humanas intervenciones trocaron mi nombre por el de San Juan de la Cruz.  ¿Qué os pasa?  No, no soy una aparición.  No os arrodilléis, por Dios.  ¿Qué decís?  Ah, que  os impresiona mi aura de santidad.  Disculpad que me presente de este modo, pero es mi uniforme de trabajo.  Esperad, que en un momento me desprendo del aura y demás atributos gloriosos, para que os sintáis más relajados, al fin y al cabo esta es una visita informal.  He vuelto a tierras giennenses para rememorar mis últimos días en el mundo, que tuvieron lugar entre vosotros, o mejor dicho entre vuestros antepasados.  Recuerdo que crucé Despeñaperros tras poner fin, mediante una fuga, a mi encarcelamiento.  Sí, aquí dónde me veis,  tan canonizado y tan formal, resulta que en aquellos tiempos, estuve recluido en prisiones en el contexto de las agrias disputas doctrinales entre los carmelitas calzados y los descalzos.   Pero ya veis, qué curiosos son los azares del destino, que te castigan con el encierro en una oscura mazmorra en vida, y te premian con la santidad cuando ya has dejado de respirar.  En fin, aquí en tierras giennenses me establecí primero en Beas de Segura y más tarde en Baeza, pero fue en Úbeda donde transcurrieron mis últimos días.  Y en esta hermosísima ciudad se armó un lío tremendo, que tuvo que ser resuelto por su Santidad el Papa en persona, nada menos.  Veréis,  cuando los estragos de la enfermedad avanzaban imparables por  mi cuerpo maltrecho, expresé mi deseo de ser enterrado en Úbeda.  Y mi voluntad se cumplió.  Pero qué terribles episodios tuvieron que vivir mis muertos despojos.  Como mi reputación de santidad, crecía de boca en boca por toda la cristiandad, resulta que una devota admiradora segoviana, que estaba loca por mis huesos, urdió un plan para robar mi cadáver, que andaba ya algo mermado por el fervor de los ubetenses y el ansia de reliquias de determinados autoridades eclesiásticas, que un dedo por aquí, unos dientes por allá, habían disminuido el inventario de mis enseres corporales.  El caso es que aquella mujer mando que, en secreto, introdujeran mis restantes restos en una maleta, con la  intención de llevarme a la vera del Acueducto, a través de una rocambolesca peripecia, que incluso satirizó Cervantes en un capítulo  del Quijote.  Y hasta aquella ciudad castellana llegaron mis despojos, tras un sinfín de azares.  Pero  las indignadas gentes de Úbeda, no pudieron callar ante semejante ultraje, y pusieron el grito en el cielo.  Y aunque en la Gloria no les pudieron resolver la cuestión, en el siguiente peldaño  del escalafón cristiano, su Santidad el Papa de Roma, se vio obligado a intervenir.  Y atendiendo las justas reclamaciones de los ubetenses,  Clemente VIII determinó que ciertos fragmentos de mi anatomía les fueran devueltos.  Desde aquí reclamaban mi cabeza, pero se tuvieron que conformar con otras partes de mi anatomía, que ahora mismo, no soy capaz de precisar, perdonad que no sea más concreto, la verdad es que confundo los datos y las ideas, porque, lamentablemente, tras toda aquella diáspora corporal…   me siento un poco disperso.

IMAGINANDO A FRANCISCO DELICADO. (Agosto 2017)

Os saludo a todos, mi nombre es Francisco Delicado.  Aquí estoy de nuevo, a la sombra de la Peña de Martos, horizonte querido de mis años mozos.  Y  es que este paisaje encierra, para mí, una hermosura sin igual.  Y  no os lo dice alguien que ha permanecido recluido en su tierra durante toda su existencia, sino uno que ha vivido largos años en las dos ciudades más hermosas de su tiempo y también del vuestro, pues las siete colinas de Roma y las mil islas de Venecia han sido también mis hogares.  Pero jamás olvidé mi tierra, y por ello dejé memoria escrita de la gracia de sus gentes y de la grandiosidad de su inexpugnable Peña.  ¿Qué decís? ¿Que cuál es mi oficio? Pues debéis saber que yo he sido escritor de literatura erótica y también clérigo, ¡ah! y médico.  ¿Qué pasa?  ¿Por qué os extrañáis?  ¿Os resulta raro que haya tenido tantas profesiones?  Pues ya veis que a las mentes curiosas y  a las gentes inquietas nos complace emprender variadas ocupaciones.  ¿Ah, no es eso lo que os escandaliza?  Entiendo, os resulta chocante que sea, a la vez, clérigo y escritor de literatura erótica.  Pues no os debe extrañar, pues uno escribe sobre lo que conoce, y la Roma de los Borgia en la que habité, era un lugar singular, en el que no regían los mismos valores que después han imperado.   Debéis saber que en aquel ambiente, coexistían en armonía las morales más contrapuestas.  Y allí conviví con criados, pícaros, cardenales lascivos y prostitutas.  Y  a todos los junté en mi obra más señalada, la titulada “Retrato de la Lozana Andaluza”, relato a través del cual reconstruí, con letras en lugar de ladrillos, los barrios prostibularios que tantas veces recorrí.  Y tan profundamente  conocía aquellos lares, que me propuse trasplantar sus habitantes al papel de mi obra.  Y  así nacieron más de cien personajes, entre los que destaca la protagonista absoluta, que no es otra que Aldonza, una singular prostituta andaluza.   Y en la obra estoy, incluso, yo mismo, pues mi autorretrato convive con los otros personajes, lo cual constituye un rasgo más de la originalidad y modernidad de mi obra.  Y en ella, no tuve reparo en tratar temas obscenos en un ambiente de ritos mágicos, conjuros y drogas,  que se inscribe en la tradición de la novela picaresca, junto con “La Celestina” o el “Lazarillo de Tormes”.  Y si mi creación no ocupa el lugar que merece al lado de esas cumbres de la literatura española, es en parte,  a causa de la persecución de mi obra, que emprendieron  ciertos estudiosos moralistas, que la condenaron durante siglos al infierno de los libros  prohibidos, obviando la riqueza de su lenguaje, el ingenio de sus dobles sentidos y el retrato de una época y de un lugar tan principal como es la Roma del Renacimiento, Babel de todas las grandezas, los vicios y las lenguas, en dónde habita Aldonza, mi excelsa protagonista, tan ligada a mi fortuna.  Y es que  mi Lozana Andaluza, sufrió la sífilis como yo, y sobrevivió como yo a la ira antiespañola tras el saqueo de Roma, gozando al final de la obra de un desenlace feliz, decisión que no me perdonarían jamás aquellos que condenaron mi creación al purgatorio de los libros vergonzosos y obscuros,    por no haberle dado un final trágico, moralizante y ejemplar, a mi libre, a mi astuta, a mi querida protagonista.


IMAGINANDO A TONO (Julio 2017)

Ah, están ustedes ahí leyendo. Qué bien. Yo me dedicaba a eso. A leer no, a escribir. Bueno y a más cosas, también hacía dibujos, guiones y otras inutilidades que resultan maravillosas. ¿Que si soy famoso? Pues no estoy seguro. Mi nombre es Antonio Lara de Gavilán. ¿Cómo dicen? ¿No les suena mi nombre? No se preocupen, tengo otro para usar en estos casos. Verán, en realidad todo el mundo me conocía como Tono. ¿Sigue sin decirles nada? Pues que lástima, oye. Porque resulta que somos paisanos. Si, yo nací en Jaén, en el año 1896. Aunque me fui pronto, a los 4 años. Bueno, en realidad me acompañaron mis padres. O mejor dicho, mi madre, porque mi padre acaba de morir y no estaba el pobre para mudanzas. Pero pasé todo mi siglo XIX aquí en Jaén (Era un siglo muy parecido al siguiente pero tenía un palote en medio).

Y aquí en Jaén, conocí a una compañera que se convirtió en mi mejor amiga, y de la que no me llegué a separar en mi vida: la risa. Ella se convirtió en el motor de mi vida. La risa pura de Jaén licuada en las ricas almazaras del humor de esta tierra tan jocosa. También se nota que soy de Jaén en que he practicado siempre el monocultivo de la risa, de modo que el drama no lo he tocado ni con guantes. Verán, yo fui autodidacta. Mi paso por la escuela no resultó demasiado provechoso. Allí había un montón de niños sentados en sus mesas y un señor que nos hacía preguntas y yo pensaba: como el maestro siga preguntándome tantas cosas, voy a dejar de ir al colegio y me voy a colocar en una oficina de información, que es donde nadie pregunta nada.

Yo siempre he sido muy de pensar, y de emborronar papeles con esas pequeñas píldoras que hacen cosquillas en el pensamiento, y a los que llamamos chistes. Y con el tiempo llegué a intercambiar, algunos de mis papeles de humor, por papeles mucho más serios que me entregaban en los bancos y que servían para pagar el recibo del gas. Yo tengo que confesar que me hice humorista porque me hacía gracia a mi mismo. Y con estas invenciones mías conseguí cierta fama, cierto nombre (que seguía siendo el mismo “Tono” de siempre, pero con caracteres más grandes), aunque los que reparten las barajas de las literaturas me encuadraron en la “otra” generación del 27, una especie de suplentes de los auténticos escritores de aquella generación, que estábamos ahí por si alguno de los serios se lesionaba en mitad de una página, o acababa agotado después de recorrer un párrafo larguísimo.

Por cometer el pecado de escribir cosas de humor, no nos tomaban en serio. Y tal vez era mejor para nosotros porque así podíamos romper moldes, que era una de mis aficiones favoritas. También me encanta inventar cosas que no sirven para nada. En el homenaje que me hicieron en 1976, Forges me dijo al regalarme un reloj: “se lo damos para que haga con él una lavadora”. Un par de años más tarde ocurrió algo, que prefiero olvidar, ya he dicho antes que los dramas no los toco ni con guante, y los temas fúnebres ni con un palo.

Dicen que aquel año me marché, para siempre. Sin embargo, una parte de mí permanece aquí, en la memoria de los pocos que me recordáis y que al leer mis ocurrencias, mis chistes, hacéis que reviva mi espíritu y de ese modo recorro, alegre, el aire, de la mano de mi eterna compañera, la risa de Jaén.

martes, 27 de junio de 2017

JAÉN NO GANA PARA BERRINCHES. Junio 2017.

Ea, ya la hemos fastidiado otra vez.    Ahora que parecía que la cosa podía empezar a enderezarse, vamos y la liamos parda.  ¡Joé!  ¡No hay manera!  Ya hace tiempo que papá Ayuntamiento y mamá Junta, estaban de morros, e incluso los vecinos del bloque rumoreaban, por lo bajini,  cosas sobre el matrimonio, como por ejemplo que andaban tramitando los papeles del divorcio y patatín y patatán, habladurías malintencionadas seguramente, pero sí es verdad que  a ciertas horas  se les escuchaba discutir, a la pareja, con voces y con improperios, mientras la chiquilla se encerraba en su cuarto y ponía los cascos a todo volumen para aislarse, la pobre.

Y es que la pequeña Jaén, es muy espabilada para su edad y se da cuenta de todo y no lleva nada bien el conflicto de sus papis, y la cosa está llegando a unos niveles, que el otro día les tuvo que lanzar, la muchacha, un ultimátum:  “Yo no os pido que os queráis como cuando erais novios, que os he visto en las fotos de esos años y estabais todo el tiempo dándoos besos y consensos y pactos y achuchones y esas cosas que hacen los enamorados, yo entiendo que lleváis mucho tiempo de vida política y de matrimonio gubernamental en común, y ya ha desaparecido la pasión amorosa de los primeros años, pero por favor, no estéis todo el tiempo tirándoos los trastos a la cabeza.  Tenéis que hacer un esfuerzo por mí.  Y si no me hacéis caso, voy y me lanzo a la calle a gritar a los cuatro vientos que no me quieren en casa y que soy muy desgraciada”.  Y parecía, por la cara pensativa que se les quedó a sus progenitores tras la protesta, que habían tomado nota, que tenían intención de rectificar, que la cosa empezaba a reconducirse.  Y hete aquí que resulta que ahora vuelven a las andadas.  Y nada menos que con un regalo muy chulo que le iban a hacer a la niña: lo del Museo Íbero, que resulta que a Jaén le hacía una ilusión tremenda, porque por fin iba la peque a presumir en clase; que sus compañeras pijas en cuanto pueden se llevan al cole sus regalos recién inaugurados para darles envidia  a las pobretonas como Jaén, y le restriegan en sus morros sus flamantes aeropuertos y sus museos picassos y sus estaciones de AVE y sus hospitales nuevecitos,  y resulta que para una vez que la pequeña Jaén iba a poder fardar de papis guays, van y se lo chafan, diciendo que resulta que el abuelito paterno, o sea el Estado Central, no le da permiso a mami para que… en fin líos de mayores, que cuando quieren hacerse la puñeta se enredan con papeleos y con tonterías burocráticas.  Y la chiquilla ha pillado un rebote, que se ha encerrado en su cuarto y no hay quién la haga salir.  Y razón no le falta, que bastante ha aguantado ya la criatura.  Y el caso es que si hablas con sus padres te das cuenta que a la niña la quieren mucho, a su manera, igual que el abuelito, que aunque tenga ese genio que tiene, para él la familia es lo principal, aunque a Jaén la tiene un poquillo discriminada, las cosas como son, por la falta de roce será, seguramente.  El problema, creo yo, es que son todos un poquito egoístas a la hora de exteriorizar su amor con la chiquilla y no se dan cuenta de que la pobre Jaén, lo que realmente necesita es una familia unida y fraternal que cuide de ella con cariño desinteresado.  Que está en una edad muy delicada, la criatura.

JAÉN SE VA A LA MANI. Junio 2017.

La pobre Jaén está un poco preocupada con todo esto de la mani de esta tarde que se ha organizado para reclamar sus derechos.  Jaén ha oído que va a salir todo el vecindario a la calle clamando por sus justas reivindicaciones, y ella, abrumada, dice que no hace falta que se molesten, que se lo agradece muchísimo pero que con la intención basta, no vaya a ser que a alguna criatura le dé una lipotimia por andar al solanero a esas horas.  Que al fin y al cabo ella lleva muchos años así, ninguneada, y ya se ha hecho el cuerpo, la pobre mujer, a seguir así para los restos.  Y además tiene un poco de regomello, la buena de Jaén, porque no sabe si alguien importante se molestará con ella, y no vaya a ser que su hermana mayor la de Sevilla, o su prima  rica la de Madrid, la pongan a parir, y le hagan cruz y raya a partir de ahora, por contestona y por significarse más de la cuenta.  La pobre Jaén, no se da cuenta que en estos tiempos el que no llora no mama.  Pero sus familiares le hemos dicho que la mani no es solo por ella, que es también por sus hijos, por sus nietos, porque tengan un futuro más digno y dejen de tomarnos a todos por el pitounsereno.  Y parece ser que la hemos convencido entre todos, y Jaén está preparando la crema solar de los viajes del IMSERSO  y la gorra de recoger aceitunas y las chanclas que se pone cuando va de romería, y se va a echar a la calle a corear eslóganes y lo que haga falta, que ella para sí, con poquito se apaña, pero si se trata de defender a los suyos ella acude a dónde haga falta.  Así que tenemos que ir todos esta tarde a acompañarla, que se sienta arropada, la pobre mujer.

IMAGINANDO A MACHADO. Mayo 2017.

He vuelto a soñar con Baeza.  Con su campo y también con sus calles.  Soy Antonio Machado.   Poeta.  Una de esas personas cuya materia prima son las letras, y que trata de recrear sentimientos con sus versos, con sus frases.  Elegir palabras, ordenarlas, esa era mi dedicación.   Como un extraño alquimista que sumerge las letras recién recolectadas en un recipiente que remueve y cuece, hasta que los distintos significados se han mezclado formando un brebaje armónico, que ingerido, roza, acaricia, estremece,  los sentidos del lector, del oyente.
Como os decía, he vuelto a soñar con Baeza, y en mi sueño, caminando, iba hasta el  Instituto de Bachillerato en el que impartí clases durante largos años.  En mi vieja aula, todo estaba igual, pero a la vez, todo era muy diferente.  No había alumnos, sino visitantes, y alguien les hablaba de mí a los turistas.
Comenzaba contándoles que fui un profesor de instituto al que habían destinado a Soria y que en aquella ciudad castellana me enamoré de Leonor, ella era casi una niña, tenía 14 años, mientras que yo podría, por edad, haber sido su padre.  Sin embargo su familia accedió a la boda y meses después nos casamos.  Y como me concedieron una beca en París, nos fuimos a vivir a la capital del amor.  La nuestra era una historia de alegrías y mieles, hasta que Leonor enfermó súbitamente de tuberculosis y tuvimos que volver a Soria.  Y poco después mi mujer murió, con apenas 18 años.   Huyendo de los recuerdos, solicité mi traslado a Baeza.  Pero la tristeza vino conmigo, como un fantasma oculto, agazapado en el doble fondo de los baúles del alma. 
He vuelto a soñar con Baeza, y con aquellos días en los que tomé la decisión de irme a vivir allí.  Tiempo después llegué a confesarle a Juan Ramón Jiménez, que había barajado, incluso, la idea del suicidio.  Pero finalmente decidí arrastrar mi herida por estas tierras giennenses.  Amueblé de soledad  las largas tardes baezanas.  Con mis  primeros “Campos de Castilla” recién cultivados, la melancolía  engendró mis nuevos poemas  durante los siete años en los que deambulé por estos caminos, trazando estelas efímeras en el mar de olivos. 
He vuelto a soñar con Baeza, y con las clases de lengua francesa que impartía en aquel viejo y noble instituto.  Mientras, en Europa  atronaba la guerra.  Yo en Baeza, trataba de enseñar  palabras en francés, sin embargo en aquellos años, en Francia  las balas y las bombas eran el lenguaje de los patriotas,  en pleno fragor de la Gran Guerra. 
Las conjugaciones francesas colisionaban contra las declinaciones alemanas y los caracteres cirílicos rusos y el alfabeto turco y la lengua inglesa y la italiana, no eran capaces de entablar un diálogo más allá de los ultimatums y de las amenazas.    Estaba enseñándoles  a los jóvenes de Baeza una lengua herida por las dentelladas del conflicto que asolaba Europa. 

He vuelto a soñar con Baeza y con su campo.  Yo era un caminante, y en mi ruta  no estaba Jaén, ni Baeza, pero andando, el camino me llevó a recorrer estas tierras.  Han pasado ya cien años del destierro baezano.    Sin embargo,  una y otra vez, vuelvo a soñar con aquellos melancólicos días, e interminables caminos de piedras, de esplendor, de polvo, de serenidad, porque tal y como dejé escrito:  “Campo de Baeza, soñaré contigo cuando no te vea”.

IMAGINANDO A JUAN RUIZ. Abril 2017.


Desde la Fortaleza de La Mota de Alcalá la Real, dirijo la mirada hacia la ciudad.  Han pasado más de siete siglos.  Esta no es la Alcalá medieval de mi tiempo, está muy cambiada.  
Antes de proseguir debo presentarme.  Soy Juan Ruiz, casi todos me conocen como El Arcipreste de Hita.  ¿Qué pasa?  ¿No corréis a pedirme que os firme un ejemplar de mi obra?  ¿No queréis haceros junto a mí uno de esos retratos?  ¿Cómo los llamáis?  ¿Selfies?  Ah, ya entiendo.  Me consideráis un autor antiguo, desfasado.  Pero debéis saber que si en mi época hubieran existido estos premios literarios a los que ahora tanta importancia les otorgáis, mi gran obra “El libro del buen amor”, me habría hecho acreedor de los mayores galardones.  Pero en mis días, las instituciones que se interesaron por mi texto, no pretendían premiarme, sino castigarme, pues los guardianes de la moral de mi tiempo,  consideraban blasfemas algunas partes de mi libro.  Pues debéis saber que aunque yo fuera un Arcipreste, un cargo eclesiástico, mis enemigos decían que mi obra era heterodoxa y anticlerical.  A pesar de que tuve mucho cuidado de adornar el libro con  fragmentos sacros,  muchos decían que tras aquella fachada de virtud, se ocultaba una obra defensora del amor libre y que contenía fragmentos libertinos.  En definitiva me acusaban de ponerle una vela a Dios y otra a Venus. Y es que la virtud y el pecado, lo sagrado y lo profano, a veces iban de la mano en mi época.  Y para más inri compuse mi libro en la cárcel, iniciando una insigne costumbre a la que en siglos sucesivos se irían sumando Cervantes o Quevedo u otros señalados autores entre los que hay dos grandes poetas vinculados a Jaén:  San Juan de la Cruz y Miguel Hernández.  Por alguna extraña razón, a las musas les gustan las celdas.  En fin, cuánto ha llovido desde aquellos días en los que compuse mi obra.  Y desde entonces, los torrentes del tiempo han arrastrado consigo las huellas de mi origen.  Qué sino el de esta tierra de Jaén, latitud amnésica que olvida a sus creadores y pierde los documentos que atestiguan el nacimiento de sus autores más señalados.  A menudo me junto con otro paisano de discutida cuna, el poeta Jorge Manrique, y ambos nos lamentamos de nuestro limbo natal.  Pero yo estimo mucho a esta tierra y por eso he traído conmigo a los personajes principales de mi obra, para que me acompañen hoy en esta visita a mis probables orígenes.  Don Melón y Doña Endrina, Don Carnal y Doña Cuaresma y la vieja alcahueta Trotaconventos, se complacen recorriendo las moriscas huellas de la villa, huellas árabes que también se encuentran en mi obra y que tal vez indiquen que esta sea la Alcalá real de mi nacimiento.  Pero no soy capaz de asegurarlo.  Y en parte fue olvido mío, pues en mi obra indiqué que era nacido en Alcalá pero olvidé precisar el apellido de mi patria chica.

Alcalá de Henares y Alcalá la Real se disputan el honor de ser mi cuna.  Y yo no sé discernir, ha pasado demasiado tiempo.  Pero yo las quiero a las dos, si he de seros sincero.  No me hagáis elegir, pues tengo amor de sobra para mis dos preciosas villas de nacimiento.  Al fin y al cabo, parir a un autor tan ilustre, es tarea que excede las capacidades de una sola población, y por ello hizo falta la conjunción de dos maternales villas para traerme a mí al mundo.

IMAGINANDO A JORGE MANRIQUE. Marzo 2017.

Y aquí estoy de nuevo, en la puerta de mi casa en la  noble villa de Segura de la Sierra,  que me vio nacer.  Aunque, otros dicen que mi alumbramiento tuvo lugar en las tierras palentinas de Paredes de Nava.  Pero al ser yo tan menudo, no guardo memoria del acontecimiento. 

Perdonad,  no me he presentado.  Mi nombre es Jorge Manrique. 
¿Me conocéis?  Seguro que la posteridad ha preservado mi arrojo y gallardía en las muchas acciones militares en las que tomé parte ¿verdad?  ¿Cómo?  A qué vienen esas expresiones de asombro.   ¿No sabíais que fui un guerrero?   ¿Qué decís?  Ah.  Solo conocéis mis coplas.   Qué paradoja, que un militar tan curtido como  yo, haya pasado a la historia por un llanto. 

Sí.  Habéis acertado.  Soy el autor de las coplas a la muerte de mi padre  Rodrigo Manrique que fue maestre de la orden militar de Santiago aquí en Segura de la Sierra.   ¿Qué decís?  ¿Qué mi obra se ha convertido en la más grande elegía en lengua castellana?  Me alegra saberlo.  La verdad es que procedo de una casta de  poetas y guerreros, pues en mi tiempo el ejercicio de las letras y las armas iban a menudo de la mano.  Entre mis parientes estaban nada menos que Garcilaso de la Vega, o el Marqués de Santillana,  primo de mi madre, que se inspiró en sus viajes a estas zonas para crear sus memorables serranillas.

Y también fue mujer muy principal, mi propia madre, Mencía de Figueroa, que era natural de Beas,  y que murió cuando yo era niño,  y tras su triste deceso, sus restos llegaron a reposar por un tiempo en Orcera.  El dolor que me produjo tal pérdida fue horrible, pero aun no dominaba yo las armas poéticas, y no era capaz de clavar con precisión la espada literaria en el corazón del lector. 

Pero cuando mi pobre padre falleció tras un penoso cáncer que desfiguró su noble faz,  sentía la necesidad de expresar el dolor que me causó su muerte y quería también reflexionar sobre la fugacidad de las cosas mundanas.     De eso sabemos mucho en estas tierras de Segura y en otros enclaves de Jaén, que eran joyas de valor incalculable para la corona castellana en aquellos días.  Cuántas fortalezas se levantaron aquí, cuantos nobles y cuantas riquezas en este lugar se forjaron y qué acciones de gran bravura y honor se ejercitaron, y ahora…   ¿dónde han ido a parar tales glorias, y tales bellezas, y tales grandiosidades?,  ¿qué fue de todos aquellos nobles hombres y excelentes damas que colmaban  de grandeza estos lugares?

El caso  es que por estas tierras de grandes ríos, discurrió un buen tramo  del cauce de mi existir,  pues qué otra cosa son las humanas vidas sino caudalosos ríos que van a dar a la mar, que es el morir.  Y así mis aguas vitales pasaron plácidas por Chiclana de Segura, en dónde   fui nombrado Comendador, y también el río de mi vida  se precipitó en forma de violenta cascada  por la villa de Baeza en dónde tras una desgraciada acción militar, murió mi hermano y yo mismo permanecí un tiempo preso.


Y 40 años después de que aquella breve fuente de mi nacimiento empezara a brotar en un paraje serrano, el río de mi vida, llegó a su desembocadura cuando guerreaba por mi señora la reina Isabel de Castilla.  Aunque me consuela saber, que mis versos desbordados han seguido regando durante largos siglos el ingenio y la imaginación de generaciones enteras.

martes, 28 de febrero de 2017

IMAGINANDO A MIGUEL HERNÁNDEZ. Febrero 2017.

Aquí estoy.  De nuevo en Jaén, en la Calle Llana número 9, como en aquella primavera de 1937, tan importante para mí.

Hola, soy Miguel.  Miguel Hernández.  Me dirijo a vosotros giennenses del futuro.  Todos me conocéis, ¿verdad?   Y  sin duda atesoráis en vuestras viviendas ejemplares de mis obras.  Sí, soy el autor de “El rayo que no cesa”,   de “Vientos del pueblo”,  de “Cancionero y romancero de ausencias”.    Un momento, ¿por qué ponéis caras raras?  ¿Acaso no habéis leído mis libros?   ¿Me habéis olvidado?  No lo entiendo.

Aunque admito que ha  pasado bastante tiempo.  80 años, ya, desde aquellos felices días de mi estancia en Jaén.  Y pronto se cumplirán 75 años de otra fecha, en la que ocurrió algo fundamental en mi historia, que no me resulta grato recordar.  Hablo de aquel 28 de marzo de 1942 que encabeza, adornado con una cruz (y  a continuación de mi fecha de nacimiento), todas mis biografías…

Bueno.  El caso es que ciertas autoridades de la provincia se han puesto en contacto conmigo para conmemorar tales efemérides.  Y aquí estoy, feliz de volver a esta tierra a la que tanto amé, y en la que tanto amé.  Porque igual que algunos pasan su viaje de novios en París, o cruzan el mar con su pareja en un gran buque,  yo disfruté de mi luna de miel en la graciosa, lunar y solar ciudad de Jaén.  ¡Qué más se puede pedir!  Acababa de casarme con mi querida Josefina, paisana vuestra, natural de Quesada.   Y aquellos fueron nuestros mejores días.  Dedicábamos  horas  al amor, a pesar de la guerra.  Eran tiempos de lucha y yo no quería ser poeta de retaguardia.  Y Jaén en aquellos días estaba en zona de contienda.  De hecho fuimos testigos de las consecuencias del terrible bombardeo que ocasionó cientos de muertos y heridos entre los, hasta entonces, confiados giennenses.

Fueron tres meses intensos.  Yo disfrutaba declamando estrofas por los pueblos de esta tierra.  En aquellos días en los que la metralla sustituyó a la palabra entre los hombres de pensamientos antagónicos, yo combatía por mis ideas disparando versos aquí y allá.  Aun me sentía poeta-soldado, aunque años después alojado ya en la derrota y en la cárcel, desengañado y lúcido, escribí aquello de “tristes guerras (si no es amor la empresa)”.

Pero durante aquella primavera de miel en Jaén, nos sentíamos eternos.  Recuerdo que  Josefina y yo, de la mano caminábamos por la Senda de los Huertos, y llegábamos hasta Jabalcuz en dónde me gustaba bañarme en una alberca. 

En Jaén viví algunos de los mejores momentos de mi vida.  Aquí engendré vida y palabra.  En aquellos días descubrí que iba a ser padre, por primera vez.  De mi hijo Manuel Ramón.  Y también se generó en esta tierra otro parto, en este caso literario, el de mi obra “Viento del pueblo”.  Aunque mi pobre hijo falleció pocos meses después de su nacimiento.   Y mi libro, por lo que veo, no ha quedado, como yo soñaba, en la memoria colectiva de las gentes del pueblo.  Parece que, del mismo modo en el que yo pasé mis últimos  días en la cárcel, mis obras han sido condenadas a la reclusión del olvido.

Un momento, ¿qué escucho?  ¿Estáis cantando?   …Andaluces de Jaén, aceituneros altivos…  Son mis versos, los sembré en estas tierras, al lado de vuestros olivos, me hace feliz que aun tengan vida, aunque sea trasplantados a la solemnidad de un himno. 



miércoles, 25 de enero de 2017

LA PALABRA DE JAÉN. Enero 2017.

Jaén tiene palabra, siempre la ha tenido.  Se cultivan las letras, con cierta facilidad, en esta tierra.  Los huesos de tantas civilizaciones cuyos restos se nos han ido acumulando,  han hecho fértil este suelo, en el que subyacen estratos de sentimientos y de pasiones y otros elementos que hacen que las raíces verbales recién plantadas en nuestras tierras, crezcan firmes y frondosas. 

Además de olivos y de otras muchas labores agrícolas,  en Jaén también se cultivan las letras.  Para ello es necesario varear las ideas, para que caigan las palabras, que convenientemente molturadas en la almazara lingüística llegarán a producir el aceite de la literatura, ese precioso líquido negro que cuando se vierte sobre el blanco papel alimenta la imaginación de aquellos que lo consumen.

Jaén tiene sensibilidad como la que más, pero es muy práctica, las circunstancias le han obligado a ello.  Por eso cuando un hijo o un vecino le sale escritor, la pobre Jaén se echa las manos a la cabeza.  Ella no le ve a eso oficio ni beneficio.  Prefiere que sus criaturas se dediquen a cosas de provecho.  Aunque ocurre que a veces vienen sus primas de fuera a decirle que alguno de los escritores que la provincia acogía, han triunfado en la capital del reino, y ella se pone más ancha que larga y le rinde homenajes y le pone una calle y todo. 

Un puñado de autores insignes a los que las pulsiones de esta tierra les ha transmitido inspiración literaria, a lo largo de la historia, han mirado a Jaén a los ojos, y le han dicho cosas, hermosas, hondas,  aunque ella, tan olvidadiza, apenas guarda memoria de tales   palabras.  El viento, tan abundante en estos parajes, arranca y arrastra las hojas de los árboles y de los libros recién caídos en el otoño de las artes, y vuelan a menudo nuestros clásicos (y nuestros contemporáneos) a nuestro alrededor  sin que nos percatemos.

Es una pena que los restos literarios de nuestra provincia no se puedan visitar como los arqueológicos o los históricos.  Si atrajeran turistas y por tanto se pudiera dinamizar la economía con la estancia de visitantes foráneos, sería precioso poder visitar los mecanismos de  unas rimas de San Juan de la Cruz, hallados intactos, aunque algo oxidados por el tiempo, flotando en la atmósfera de un convento ubetense.  O qué experiencia tan estupenda sería poder entrar en el interior de una metáfora que Jorge Manrique escribió a la muerte de su padre, y a la que se pudiera acceder, en pequeños grupos, en Segura de la Sierra.  O qué deliete hacer una excursión a los restos recién desenterrados de  una inspiración que perteneció a Francisco Delicado en Martos en la época del Siglo de Oro.    Sin duda, habría autobuses enteros de turistas deseosos de hacerse un selfie, abrazados a la melancolía que rodeó a Machado en su estancia baezana.  Y habría montones de visitas guiadas que explicaran las pasiones de Miguel Hernández que aun candentes se conservan de su estancia en nuestra tierra; o las risas que el bueno de Tono, plantó en sus primeros años de vida, en alguno de nuestros jardines.

Lástima que todo esto sea irrealizable, al fin y al cabo las nuevas tecnologías no han inventado nada comparable a esa experiencia inmersiva y de realidad o ensoñación virtual, que se consigue con la lectura de un buen libro clásico (o contemporáneo).