jueves, 13 de febrero de 2020

ANDALUCÍA EN TERAPIA. (Febrero de 2020)


Andalucía viene del médico, la pobre tiene muchos achaques, los milenios no pasan en balde, ya no es la misma por la que pugnaban cartagineses y romanos, castellanos y moros,  ahora su extenso relieve está lleno de arrugas y  padece un poco de artrosis en las cordilleras, pero sigue atesorando ese intenso magnetismo, acentuado con la sabiduría que confiere la edad.
Y aunque algunas de sus hermanas le acusen, a sus espaldas, de vivir del cuento,  ella no ha parado de trabajar.  Hace años emigro, y con los ahorros montó, a su regreso, una tienda de tópicos (porque con su carrera  y sus 5 masters universitarios no se podía ganar la vida), que tienen mucha demanda y a los turistas les encantan; tópicos de flamenco, de toros, de semana santa, de ferias y de chiringuitos playeros.  Pero tiene Andalucía tan repleto el mostrador y las vitrinas de la tienda, que a la mujer no es posible verla, solapada por tantos cachivaches.  Aunque si fuésemos capaces de traspasar el muro de trastos y pudiéramos ver el rostro de la tendera, descubriríamos un rictus amargo en su rostro. 
Por eso ha ido al médico,  Andalucía (después de un montón de tiempo en lista de espera), y es que la consulta que ha visitado, concretamente,  es la de salud mental.  Ella no está loca ni mucho menos, hay pocas tan cuerdas y tan sabias, lo que pasa es que padece una miajilla de los nervios.  Y es normal en sus circunstancias. 
Hay mucha gente por ahí fuera que se piensa que Andalucía está todo el santo día tocándose el subsidio.  Además, cada vez que cruza Despeñaperros, no tarda en reconocerla algún viandante y tras delatar su presencia se arremolinan los curiosos a su vera y le piden que les toque las castañuelas, y ella, especialista en semiótica musical, se ve obligada a tañer unas palmas para no defraudar a la concurrencia.  “Cuéntanos un chiste, Andalucía, que tú eres muy salá y estás siempre alegre como un cascabel”.  Y Andalucía se muerde la lengua para no soltar un exabrupto, y compone una mueca cómica e improvisa alguna gracia que provoca la hilaridad general.  “Báilanos algo, Andalucía, ponte a cantarnos”.   Señoritos ociosos le tocan las palmas y ella que tiene agujetas hasta en el Estrecho, les lanza una mirada de las suyas, tan intensa, con desdén.
Dicen que Andalucía cuenta unos chistes muy graciosos, chistes acerca de parados, de corrupción, qué panzá de reír, chistes de marginación, de listas de espera, de aislamiento, es que te partes de risa con ella, chistes de paro, de inmigración, de despoblación… tiene un repertorio graciosísimo.
Andalucía, asomada al balcón, rompe a cantar una desgarrada saeta, mientras ve pasar la procesión de la santísima hermandad del estigma del subsidio, con los tambores atronando y las cornetas afinando la triste melodía de las estadísticas de empleo adversas.
¿Qué te pasa Andalucía?  ¿Por qué lloras?  Alegra esa cara que muy pronto va a ser tu día.  Y te van a organizar una fiesta muy bonita. 
Y ella, aunque siempre le ha gustado la jarana, no tiene cuerpo para celebraciones, pero acudirá a la fiesta para no hacerle un feo a los suyos.
Así que a la mujer le tocará pasar la noche en vela zurciendo la bandera, que la tiene hecha jirones por la parte de las rodillas (de tanto arrastrarse la pobre) y con el verde y el blanco desteñidos y sucios.

ESCENAS DE CATEDRAL. (Enero de 2020)


Hoy me he levantado un poco místico, y me apetece caminar hacia algún templo.  Uno grande, imponente.  Lo más sagrado posible.

A mi ciudad no le queda mezquita ni sinagoga alguna, las perdió en una esquina de los siglos, al girar en una intersección del tiempo, especialmente agitada por tumultuosos conflictos,  la pobre Jaén dejó caer todas esas maravillas de sus bolsillos y no fue capaz de arrodillarse para recogerlas.

Y si se te caen las mezquitas y las sinagogas,  esas cosas son muy difíciles de recuperar, que en cuanto te descuidas, van y te pegan el cambiazo, y dónde tenías el solar sagrado, te han hecho mudanza de fe, de reliquias y de nómina de divinidades.

Ahora Jaén tiene un templo de columnas corintias.  Aunque pudiera parecerlo, no es una nave espacial recién aterrizada en la pista habilitada al efecto.  No.    Es más bien una gran escenografía barroca, con tramoyas y telones de piedra.  En el amplio escenario de la principal plaza, se levanta este gran decorado barroco, y el primer acto del espectáculo está labrado en sus muros, en sus pétreas bambalinas.

La Catedral de Jaén deja sin aliento a los sorprendidos espectadores que se asoman a la función.  Qué espectacular decorado han conseguido levantar el gran Vandelvira y el resto de escenógrafos que han intervenido a lo largo del tiempo en este proyecto colosal.  

Cruzo el umbral sagrado para disfrutar del segundo acto, y de pronto, lo primero que llama mi atención es el silencio.  Un silencio ensordecedor.   La piedra vigila el silencio, preserva  y filtra los sonidos, solo los imprescindibles son permitidos allí dentro.   La piedra se erige en guardiana, como una exquisita gourmet del silencio.  Y qué nave tan espaciosa, parece que quisiera rozar las nubes.   Y el techo, suspendido casi en el cielo.   Pareciera diseñado para que anduvieran gigantes en su seno, como si los santos y seres sobrenaturales necesitaran esas longitudes para no darse un coscorrón en la cabeza, o como si se ofreciera pista libre a los ángeles, para poder sobrevolar a sus anchas sobre las cabezas de los feligreses, sin miedo a catástrofes ni a colisiones en el interior del espacio aéreo del edificio.

El aire es especial, allí dentro.  Es aire que acaricia los pulmones.   Aire besado por las alas de los ángeles.  Y en el corazón del templo, contemplar el coro de la Catedral de Jaén, es una experiencia alucinógena.  Es uno de esos sitios que tienen la capacidad de envolverte, de hechizarte hasta hacerte creer que estás en otro tiempo, e incluso en otra dimensión.
Tiempo atrás, grandes artistas tallaron la madera,  como si de un lienzo se tratase, acariciándola hasta crear maravillas.
Es necesario explorarlo; como todos los tesoros realmente valiosos no se muestra a primera vista, hay que encorvarse, ponerse de puntillas, arrodillarse, alzarse, acuclillarse, levitar… para tratar de descubrir cada detalle macabro, cada fragmento sublime, cada curiosidad grotesca, cada imagen excelsa.
Quisiera uno atrapar todas sus imágenes y llevárselas en la mochila de la retina, para jugar con esas diapositivas de belleza, y usarlas como píldoras de armonía, cuando el caos se apodera de uno.

Incluso a los que somos descreídos, nos asalta, por unos momentos, la certeza de la existencia del cielo, y también de un infierno grotesco y delirante.

FONTANERÍA EXISTENCIAL. (Diciembre de 2019)



En estos días de balances, de buenos propósitos, le doy  vueltas a la clásica idea de renovación vital con motivo del cambio de ciclo y demás y descubro con cierto malestar que mis pies desnudos avanzan a través de un gran charco que inunda mi casa.  Un grifo ha estado goteando desde mucho tiempo atrás y ha hecho rebosar la pila, y todo hace aguas a mi alrededor.  Y no puedo evitar contemplar mi vida como eso, como un lavabo que rebosa.

La vida como un grifo que procede de una antiquísima fuente inmemorial, que recoge cauces que resbalan desde alguna sagrada montaña.  Un caudal que alimenta las viejas y olvidadas cañerías subterráneas de ancianos canales de la antigüedad remota, y de olvidadas termas romanas, y de baños árabes y judíos, y de viejas pilas bautismales que han mezclado las aguas primigenias con las lágrimas de tantos y tantos nacidos.  Un caudal intemporal que continúa fluyendo hasta alcanzar las cañerías activas, las que todavía nos mantienen con sed, con vida.

La existencia como un viejo y oxidado grifo abierto que emite un chorro de momentos imposible de dosificar, que se nos escurren de las manos, que gotea sin control, con derroches y escaseces alternándose.  Y no tenemos acceso a sus cañerías.  Y fugas de agua en por todos lados.  Y han sido tantos los que han probado mil tipos de llaves y herramientas tratando de hallar el flujo ideal;  y no hay fontanero capaz de ordenar el caprichoso fluir de estos cauces ingobernables.  Y la compañía de aguas tan lejana, tan hermética, tan indescifrable.

La vida como un grifo abierto que dejamos gotear con indolencia, como si no hubiera sequías, como si nuestro pantano doméstico no sufriera severas restricciones a causa del tiempo.  Cada vez llueve menos en el microclima que gobierna nuestras pequeñas existencias, y nos amenaza el cambio climático individual, el calentamiento global de nuestra personal atmósfera.  Comprometiendo seriamente la continuidad del suministro.

Por eso, en unos días como estos, en los que culmina uno de esos ciclos arbitrarios que hemos dado en denominar año, y está a punto de dar comienzo el siguiente, no puedo evitar contemplar la vida como un grifo abierto, ingobernable, de perforadas cañerías y obstruidas válvulas, del que toca renovar el contrato de suministro.  Y un año más contraigo la promesa solemne de tratar de racionalizar el uso de un fluido tan precioso.  De salpicar con cariño a los cercanos y de regar la memoria de los ausentes.  De jugar y de chapotear todo lo posible y más.  Y de bañarme desnudo siempre que pueda, sin la opresión de pertenencias y de imposiciones.  Y de lavar manchas, roces, la roña de nuestras pequeñas miserias, y de aprovechar cada gota y de no dejar el grifo abierto por desidia, como si el caudal fuera eterno o no sirviera de nada volver a desatascar el desagüe.

Y es que la vida es como un grifo abierto, que deja caer un flujo de momentos imposible de pausar, de dosificar, de detener.  Un grifo pasado de rosca,  que dilapida ese tesoro al que llamamos tiempo.  Un grifo que gotea sin control, pero del que deseo aprovechar cada gota, cada lágrima, cada chorro, cada saliva, cada vena.  Ese es, hoy, mi propósito renovado.  Aunque luego la corriente me acabe arrastrando, como a todos, en la catarata de lo cotidiano y de las urgencias.

EL CASTILLO Y LAS NUBES (Noviembre de 2019)


Yo crecí a los pies de un cerro coronado por un castillo.   Seguro que desde hace infinidad de años tienen lugar ritos paganos en sus laderas, o en su cima.  Ritos de noviembre.  Un día de otoño, en lo alto del pequeño monte, por la acción de alguna alquimia telúrica, el castillo medieval experimenta un extraño hechizo, de modo que de sus piedras emana un poderoso magnetismo, y los imantados muros son capaces de atraer a los habitantes de las casas que se extienden al pie de la montaña, que ascienden en grupos hacia la cima como respondiendo a una llamada ancestral.  Estas cosas ocurren en la ciudad de Jaén, que dibuja sus calles desordenadas al pie del castillo mágico de piedras imantadas. 

Un día de noviembre de cada año, la diosa que habita entre los riscos y los parajes de aquel montículo, y que desde muchos siglos atrás ha recibido distintas denominaciones y que ahora conocemos como Santa Catalina, despliega también sus poderes mágicos.  Ella, la milagrosa, es capaz de conseguir que centenares y miles de sardinas naden más de cien kilómetros tierra adentro, y que de algún modo escalen, después, las laderas del cerro con el único objetivo de convertirse en víctimas del sacrificio ritual de un día de noviembre.

Los romeros que asisten a esta ceremonia mágica creen tomar posesión de la fortaleza medieval.  También árabes, cristianos, franceses, españoles, turistas, guerreros, funcionarios o políticos llegaron a pensar en algún momento que el Castillo de Santa Catalina era una de sus posesiones.  Pero se equivocaron todos ellos. 

En la frontera del cielo, de pie a veces, otras tumbado, el castillo espera, siempre.  No tiene prisa.  Aguarda a sus auténticas dueñas: las nubes.

Ellas son la tropa que domina la fortaleza militar y ejercen su dominio desde otras almenas más elevadas que las que coronan las torres de piedra.  Y para dejar constancia de su poder, a menudo descienden, hasta el recinto amurallado, y lo rodean y lo ocupan, ocultándolo a nuestra mirada.  Juegan a hacer magia y extienden, las nubes, un manto blanco, y ocultan el castillo.  Y se agachan, otras veces, y le hacen cosquillas a la sumisa atalaya, por debajo, por la falda.  Aunque también hay días en los que se enfurruñan y grises de ira, hacen gala de su tormentoso carácter, y desatan los vientos y azotan las piedras, que aguantan en silencio el castigo.  Aunque la vecina cruz en más de una ocasión ha sucumbido ante el descreído viento, el irreverente elemento no sabe de sagrados respetos.

Y la luna se asoma todas las noches para contemplar, fascinada, semejantes hechizos.  Y nosotros, que miramos todo aquello desde abajo, hundidos en nuestra frágil condición, nos empeñamos, tozudos, en ascender la colina e izar banderas de dominio, pero el viento y el agua se encargan de borrarlas.
¿Qué ha quedado de las enseñas moras, y de los pendones cristianos, y de la tricolor francesa, que en tiempos ondearon en la torre más alta?  Hoy son despojos, jirones, juguetes frágiles para los caprichos del viento y la lluvia, y creemos que nuestra bandera roja y amarilla ondeará por siempre, pero las nubes, dueñas del castillo, pasan lentas, ajenas, suaves, etéreas, sobre nuestras cabezas, mirándonos con el desdén del que se sabe superior y no tiene por qué demostrar su poderío, su grandeza, su dominio.

DÍAS DE NEGRO. (Octubre de 2019)


Días de negro.  Diálogos de mármol, en extrañas citas, solo una de las partes fija el día y la hora, la otra parte, la que habita en la otra mitad más allá del mármol, no puede negarse al encuentro. 
Tras varios intentos infructuosos por fin logro escaparme de la oficina, las gestiones me abruman pero necesito una tregua.  Entre tantas urgencias y problemas inaplazables tengo que hacer un paréntesis, y permitirme una visita fugaz.  Al jardín en el que están los que ya no están.  Al campo en el que se cultivan ausencias.  A la explanada en la que dialogamos con el silencio. 
Tengo mucha prisa. Y demasiados compromisos y plazos y exigencias.  Mi vehículo circula lo más rápido posible.  Me gustaría poder acelerar todo el tiempo. Llego al fin, después de sufrir semáforos y atascos.   Pero no hay ni una plaza de aparcamiento libre.  Me obligan a estacionar demasiado lejos.  Y caminar.  Es una pérdida de tiempo, caminar. 
Me detengo un momento.  Cipreses pespunteando la línea del horizonte.  Un leve deseo de paz, y eternidad se posa sobre mis hombros.  Lo sacudo enseguida, no puedo permitírmelo.  Los minutos se me escurren de los bolsillos, el tic-tac martillea incesante mi cráneo.  Camino a toda velocidad.
Y al cruzar el umbral del recinto, una visión.  Guadañas oxidadas apoyadas en un viejo muro.  Y junto a ellas una silueta, apenas perceptible.  La curiosidad me impulsa.  Me asomo a curiosear.  Y la figura se hace visible, es la encapuchada, y nos mira de reojo, a todos los visitantes, intrusos en su  propiedad.  Un territorio, en vías de expansión, repleto de invitados forzosos, almacenados en reducidas estancias en cuya portada, solamente un nombre y un par de fechas, como si todos nuestros logros, nuestros esfuerzos y urgencias, todo lo que construimos y lo que alcanzamos, se viera al final reducido a un breve paréntesis en el que tan solo figuran una fecha de inicio y una fecha de conclusión.  Mi paréntesis, al menos todavía no está cerrado. 
Trato de continuar mi camino, por el huerto de la encapuchada, tan plácido la mayor parte del tiempo y tan ajetreado  estos días.  Sin embargo a ella no le afecta, aparentemente, el bullicio.  Podría parecer, incluso, complacida, al contemplar tanta futura clientela.  Intento que no se fije en mí.  Todos tratamos de ignorarla, pero ella nos mira de reojo.  Es difícil esquivarla, en aquel lugar su inquietante presencia es inevitable.  Y me ha parecido sentir clavadas en mí las cuencas de sus ojos vacíos, por un fugaz y estremecedor instante.  Pero le doy la espalda y camino.  No tengo tiempo de pensar en ello.  En la oficina deben estar echándome de menos,  tal vez no debí marcharme.  Tengo tareas imprescindibles que no pueden esperar. 
Vuelve a mi mente la encapuchada, me había parecido percibir una leve sonrisa en su rictus.  Una sonrisa burlona.  Miro el reloj.  Tendría que haberme marchado hace tiempo.  El estrés resulta casi insoportable.  Piso el acelerador a fondo, y mi corazón late como una bomba a punto de estallar.  Un dolor punzante oprime mi pecho.  Me pasa mucho últimamente. Mejor no pensar en ello.
Ha sido una visita fugaz.  Pero  siento que otro día volveré.  Tal vez antes de lo que imagino.  Y esta vez volveré sin prisas, sin agobios, sin ajetreos de ningún tipo.  Y me quedaré a reposar.  En silencio.  Con todo el tiempo del mundo por delante.


1/2 DE 1/4 DE DESENGAÑO. (Septiembre 2019)



Buenos días.  Por favor ¿sería tan amable de ponerme cuarto y mitad de libertad de expresión?  Es que en casa la consumimos mucho.  ¿A cuánto sale el kilo?  ¡Madre mía!  Está carísima.  Ya sé, ya sé que últimamente está muy complicado conseguirla, que todos esos sucedáneos de libertad de expresión que circulan gratis por las redes sociales han convertido la auténtica, la natural de toda la vida, en un producto de lujo.  Póngame entonces mitad de cuarto.  Tocará dosificarla.  Es el signo de los tiempos.  Bien.  Gracias.  No, no me la envuelva.  Voy a consumirla ahora mismo:
Verá, yo es que sobre todo he venido a este establecimiento para devolver mi papeleta de voto.  Sí, la adquirí aquí, en esta tienda.  Recuerdo que en cuanto la vi, tan prometedora, tan pura, en el estante principal del escaparate, me enamoró porque representaba, según la publicidad, justo lo que yo andaba buscando.  Además, el muchacho del mostrador que me atendió llegó a prometerme que esta papeleta de voto constituía un compromiso insobornable por parte de la empresa que iba a resolver todos mis problemas políticos de una vez por todas.  Verá, resulta que yo estoy muy concienciado con la realidad social.  Y en fin, yo venía notando últimamente que mi partido político de toda la vida, ya no era tan eficaz, había perdido potencia.  Al hacer la colada, por ejemplo, no lavaba la corrupción como Dios manda, y me dejaba restos de suciedad en la conciencia y yo estaba harto de frotar y frotar.
¿Cómo dice?  ¿Qué a lo mejor es un problema de la fecha de caducidad?  No señor, se suponía que esto aguantaba cuatro años, ¿no?     ¿Qué insinúa?  ¿Qué tal vez el problema es que yo le he dado mal uso?  Ni hablar, he seguido las instrucciones al pie de la letra. Y mantenimiento sí que gasta, que me ha venido la factura de este mes de las instituciones públicas y es un dineral lo que yo llevo invertido en este trasto inútil.
Así que haga usted el favor de hablar con sus jefes porque yo tengo derecho a una solución.  He llamado un montón de veces a “atención al cliente” y después de tenerme casi una hora esperando con un horroroso popurrí de sintonías electorales de fondo, cuando al fin se me ha puesto el teleoperador lo único que ha hecho ha sido darme largas.
Y me da mucha pena venir aquí a reclamar, no se crea, porque esta es mi tienda de toda la vida y soy cliente desde los 18 años, y he consumido de todo: utopías, votos de castigo, plebiscitos de adorno, votos útiles, pero estoy muy  desengañado y me van a empujar ustedes a la competencia.  En la tienda de enfrente, tienen una oferta de abstenciones superatractiva, y están los dependientes que no dan abasto, atendiendo  antiguos clientes de ustedes, insatisfechos como yo.
Ya sé que la crisis les ha pasado factura y por eso se han tenido que reconvertir en comercio low-cost, pero no, no deseo adquirir esa oferta inmejorable en demagogia que me ofrece.  Aunque esté de moda, no es eso lo que busco, yo solo quiero un poco de democracia de toda la vida.
¿Cómo dice?  Ah, que ya tiene la respuesta de sus jefes.  Perfecto.  Dígame.  ¿Qué?  Que lo único que pueden hacer por mí es darme otro voto.  No señor, yo no quiero otra papeleta.  Si es de las mismas características que la anterior ¿quién me garantiza que esta vez funcione?  ¡Lo que yo quiero, maldita sea, es que me devuelvan la ilusión!

sábado, 24 de agosto de 2019

LA CULTURA Y EL PODER. (Agosto 2019)



Hoy, caminando por la calle, he visto a la cultura, iba la pobre ensimismada, ni siquiera me ha devuelto el saludo, y es que estos días anda como una loca, de aquí para allá, tratando de que la reciban los nuevos, los que mandan ahora y gestionan la cosa pública.

Cada cuatro años tiene que sufrir el mismo via crucis, la pobre cultura.  Aunque en realidad, cuando yo la vi, vestía un chándal y llevaba una bolsa de deporte, por lo que creo que iba camino del gimnasio para practicar, con ayuda de un preparador físico, la técnica de la genuflexión.

Es necesario empezar con buen pié con las nuevas corporaciones municipales, provinciales y autonómicas, por lo que es más que aconsejable hacer gala del extenso catálogo de posturas sumisas que, la pobre cultura, ha ido adquiriendo con el tiempo.

Y es que, para sobrevivir, ha tenido que desarrollar las más diversas habilidades serviles, desde la cultura del bufón, que reía las gracias de los poderosos, hasta los tiempos en los que tenía que someterse a los caprichos de los nobles,  sabiendo que si la mala vida se la llevaba por delante no podría recibir sepultura en suelo cristiano.

Aunque también ha tenido, en fechas mucho más recientes, su racha contestataria e insumisa, la cultura, hasta que le domaron el carácter altivo, y no precisamente con violencia o amenazas, sino con formularios y burocracias.  La ataron corto con requisitos contractuales y trámites de facturación, y ahora la pobre se pasa muchas más horas en la oficina que ensayando.  En vez de pensar en creaciones piensa en gestiones.  Sus sueños tienen más números que letras.  Y las utopías y las críticas al poder, los pasquines y las octavillas reivindicativas, han quedado sepultadas bajo toneladas de instancias y de modelos oficiales por triplicado ejemplar debidamente cumplimentados y enviados además a través de la plataforma virtual de turno que requiere firma digital autentificada.

¿Quién le iba a decir a la pobre cultura (que abandonó la carrera de derecho porque a ella las leyes y los reglamentos le daban repelús), que al final iba a convertirse en una gestora  víctima de la autoexplotación?

Ella que abominaba del mercantilismo, forzada a convertirse en una industria cultural, asaeteada a impuestos, cotizaciones de seguridad social, seguros de responsabilidad a terceros, contratos de riesgos laborales, cuotas, tasas y recibos de todos los colores.

Pero hay que mirar hacia delante, por eso la cultura ensaya en el gimnasio cómo arrodillarse con cierta dignidad para que la autoridad de turno le permita acceder al espacio cultural que implora y que tanto necesita para desarrollar su actividad.

Aunque cada vez le cuestan más las genuflexiones, porque está un poco mayor y una artrosis incipiente le impide hacer los armoniosos gestos serviles de antaño.  Y en ocasiones cuando se haya postrada en la moqueta, en el parqué o en la alfombra oficial siente punzadas de dolor y sabe que no posee   la agilidad de los postulantes emergentes, capaces de pasar de la genuflexión al besamanos de un armonioso salto acrobático.

Pero a pesar de todo, como ella es una luchadora, se machaca entrenando en el gimnasio y, con música de la banda sonora de Rocky en los auriculares, se repite a sí misma una y otra vez: “¡No estoy acabada!, “¡Puedo conseguirlo!, “¡Voy al luchar!. 

Que se preparen los que la dan por amortizada.