En
estos días de balances, de buenos propósitos, le doy vueltas a la clásica idea de renovación vital
con motivo del cambio de ciclo y demás y descubro con cierto malestar que mis
pies desnudos avanzan a través de un gran charco que inunda mi casa. Un grifo ha estado goteando desde mucho
tiempo atrás y ha hecho rebosar la pila, y todo hace aguas a mi alrededor. Y no puedo evitar contemplar mi vida como eso,
como un lavabo que rebosa.
La
vida como un grifo que procede de una antiquísima fuente inmemorial, que recoge
cauces que resbalan desde alguna sagrada montaña. Un caudal que alimenta las viejas y olvidadas
cañerías subterráneas de ancianos canales de la antigüedad remota, y de
olvidadas termas romanas, y de baños árabes y judíos, y de viejas pilas
bautismales que han mezclado las aguas primigenias con las lágrimas de tantos y
tantos nacidos. Un caudal intemporal que
continúa fluyendo hasta alcanzar las cañerías activas, las que todavía nos
mantienen con sed, con vida.
La
existencia como un viejo y oxidado grifo abierto que emite un chorro de
momentos imposible de dosificar, que se nos escurren de las manos, que gotea
sin control, con derroches y escaseces alternándose. Y no tenemos acceso a sus cañerías. Y fugas de agua en por todos lados. Y han sido tantos los que han probado mil tipos
de llaves y herramientas tratando de hallar el flujo ideal; y no hay fontanero capaz de ordenar el
caprichoso fluir de estos cauces ingobernables.
Y la compañía de aguas tan lejana, tan hermética, tan indescifrable.
La
vida como un grifo abierto que dejamos gotear con indolencia, como si no
hubiera sequías, como si nuestro pantano doméstico no sufriera severas
restricciones a causa del tiempo. Cada
vez llueve menos en el microclima que gobierna nuestras pequeñas existencias, y
nos amenaza el cambio climático individual, el calentamiento global de nuestra
personal atmósfera. Comprometiendo seriamente
la continuidad del suministro.
Por
eso, en unos días como estos, en los que culmina uno de esos ciclos arbitrarios
que hemos dado en denominar año, y está a punto de dar comienzo el siguiente,
no puedo evitar contemplar la vida como un grifo abierto, ingobernable, de
perforadas cañerías y obstruidas válvulas, del que toca renovar el contrato de
suministro. Y un año más contraigo la
promesa solemne de tratar de racionalizar el uso de un fluido tan
precioso. De salpicar con cariño a los
cercanos y de regar la memoria de los ausentes.
De jugar y de chapotear todo lo posible y más. Y de bañarme desnudo siempre que pueda, sin
la opresión de pertenencias y de imposiciones.
Y de lavar manchas, roces, la roña de nuestras pequeñas miserias, y de
aprovechar cada gota y de no dejar el grifo abierto por desidia, como si el
caudal fuera eterno o no sirviera de nada volver a desatascar el desagüe.
Y
es que la vida es como un grifo abierto, que deja caer un flujo de momentos
imposible de pausar, de dosificar, de detener.
Un grifo pasado de rosca, que
dilapida ese tesoro al que llamamos tiempo.
Un grifo que gotea sin control, pero del que deseo aprovechar cada gota,
cada lágrima, cada chorro, cada saliva, cada vena. Ese es, hoy, mi propósito renovado. Aunque luego la corriente me acabe
arrastrando, como a todos, en la catarata de lo cotidiano y de las urgencias.
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