sábado, 26 de mayo de 2018

JAÉN INVERTEBRADA (Mayo 2018).


A todos nos ha alegrado, recientemente, conocer la noticia del hallazgo, en nuestra provincia, de un nuevo tesoro arqueológico.  A los extraordinarios descubrimientos en el yacimiento de Cástulo o del Anfiteatro de Porcuna entre otros, se une ahora el importantísimo hallazgo del Arco de Juno, que se sitúa en el municipio de Mengíbar.   Este emplazamiento, que delimitaba las provincias Bética y Tarraconense, constituía un enclave fundamental en la cartografía de la Hispania romana, puesto que era el lugar desde el que se comenzaban a medir las distancias en la Vía Augusta, la principal calzada de la Península Ibérica, que siguiendo el ilustrado criterio de los sabios expertos romanos, atravesaba el territorio que hoy ocupa nuestra provincia,  que constituía un eje fundamental en la conexión norte-sur.

Sin embargo, en nuestros días, a la hora de diseñar e implantar el mapa de las comunicaciones de nuestro país a través de las líneas ferroviarias de alta velocidad, Jaén ha quedado excluida en dicho reparto.  Nuestra provincia, una vez más, no ha sido invitada a la fiesta.  Mientras otros territorios podrán aprovechar la inercia del ferrocarril más veloz para impulsarse hacia el futuro, a los de Jaén nos toca ver pasar el tren del progreso, desde la distancia y la decepción.  Resulta desalentador, porque el tren AVE constituye un elemento de vertebración social, económico y territorial de España, y Jaén por lo tanto ha quedado invertebrada.  El mayor esfuerzo en modernización de infraestructuras de nuestro tiempo ha decidido ignorar a nuestra tierra.

Nos hemos quedado sin la médula espinal  del progreso.  La pobre Jaén, que ha quedado invertebrada, continuará por tanto, en actitud sumisa, con la espalda doblada, incapaz de erguir su inexistente columna lumbar.   Y será la única provincia de Andalucía, y de nuestro entorno geográfico, que seguirá sin poder  apoyarse en el sostén ferroviario que constituye  la espina dorsal de España.  De modo que corremos  el riesgo de convertirnos en un apéndice flácido en la anatomía de nuestra nación.  Nuestra olivarera geografía puede llegar a sufrir serios problemas de motricidad, sin aparentes “vías” de solución.  Mientras las provincias vecinas disfrutan de su recién adquirida agilidad sobre raíles, aprovechando semejante fuerza motriz y dinamismo en aras del desarrollo territorial y de la modernidad, nuestra pobreza esquelética, nuestra carencia vertebral nos obliga a seguir arrastrándonos hasta alguna provincia limítrofe, cuando necesitemos hacer uso de un transporte público adecuado. 

Obviando  las  promesas expresadas en diversos planes anteriores, finalmente las distintas administraciones de diverso signo político, nos han condenado a esta condición  invertebrada, haciendo caso omiso de la realidad geográfica y despreciando la lección de la historia.  Han pasado por alto los criterios de todas las civilizaciones que hicieron de nuestra tierra, a lo largo de los siglos, una auténtica encrucijada de caminos, empezando por nuestros antepasados romanos,  que eran conscientes de la ubicación crucial y privilegiada de Jaén y por eso la dotaron de importantes infraestructuras.   Ahora, dos mil años después, esas utilitarias construcciones, se han convertido en tesoros arqueológicos de enorme relevancia que, lamentablemente, muchos miles de potenciales turistas no podrán visitar a través de un transporte público interconectado y de calidad.


LAS CUESTAS DE IBN SHAPRUT (Abril 2018).


Os saludo vecinos.  ¿Sabéis quién soy?  Mi nombres es Hasday Ben Ibn Shaprut.  Me recordáis  ¿verdad?  ¿Ah, no?  Pues historiadores y novelistas de diversos países han narrado mi vida; ellos os contarán la historia del erudito capaz de atesorar el saber que cabía en varias lenguas, del sabio que descubrió antídotos contra malignos venenos, del médico que consiguió curar a reyes, del diplomático que evitó tensiones con los enemigos de Al Andalus, del poderoso consejero que llegó a ser uno  los personajes más influyentes  de la corte andalusí y del mundo entero. 

Y debéis saber que mi origen está  en la vieja Yayyán.  Por eso estoy de nuevo con vosotros, porque  algunos me habéis evocado aquí en mi ciudad natal.  Y ahora paseo por estas calles en las que habité durante mis primeros años de vida.  Y aunque todo está muy cambiado,  el cielo sigue ahí, inalterado, el mismo cielo en el que dibujaba mis sueños.  Y  permanece, idéntica, la silueta de los montes que rodean la ciudad.  Y también se mantienen intactas las cuestas, las reconozco, los edificios se han transformado pero las cuestas son las mismas.  El tiempo destructor no ha sido capaz de socavar las inolvidables cuestas de la vieja judería que ahora, al ascenderlas tantos siglos después, parecieran capaces de conducirme a aquella sinagoga fundada por mi padre, a la que tantas veces acudí, o a la yeshivá en la que me inicié en el aprendizaje de la Torá y del Talmud, o a los baños de la judería,  por cuyas cañerías, que ahora yacen olvidadas bajo tierra, todavía discurre a veces un hilillo de agua procedente del raudal de la Magdalena.  Y caminando descubro con sorpresa que ha desaparecido la gran mezquita, y que en el lugar en el que se levantaba aquella mole indestructible, ahora hay un templo no menos imponente, al que llamáis catedral.  Qué empeño de enfrentar a los dioses unos contra otros, como si derribando unos muros y colocando otros en su lugar, se pudiera desalojar al dios ajeno, para darle cobijo de ese modo a la divinidad propia. 

Y al culminar mi vieja y familiar cuesta, me complace descubrir que arriba, en la cima del cerro  permanece la vieja alcazaba,  que ahora es de un tamaño mayor aunque ya no esté abrazando la muralla que antaño defendía la medina de nuestra hermosa Yayyan, ese mismo cuerpo urbano que vestido con otras calles ahora os empeñáis en llamar Jaén.

Me complace que vuestra curiosidad os haya conducido hasta mí, hasta los deshilvanados hilos de memoria que constituyen mi recuerdo, y el de mis coetáneos los miembros de la comunidad judía de Yayyan, que un día subieron   estas cuestas tan cargados de vida e ilusiones, que pareciera imposible que  llegaran a desaparecer.  Igual que los sólidos edificios de esta judería que eran tan compactos y tenían unos cimientos tan hondos, que no podíamos imaginar que el huracán del tiempo llegaría a tumbar sus sólidas estructuras.  Pero debéis saber que las voces de mis vecinos sonaron tantas veces por estas estrechas callejuelas que sus ecos, desde la lejanía de los siglos, todavía permanecen vibrando en el aire, como un inaudible murmullo, que vosotros habéis sido capaces de amplificar, al invocar nuestra memoria, en estas calles que todavía son un poco nuestras, de mis vecinos judíos de la vieja Yayyan, tan presentes desde el pasado,  que si acercáis la oreja a nuestras huellas podréis escuchar el eco de nuestros pasos, milenarios, recorriendo  incansables las cuestas de Jaén.


MONÓLOGO DE LA DAMA ÍBERA (Marzo 2018).



Hola, ¿qué tal?  Espero que estéis disfrutando vuestra visita al Museo Íbero.  Ha quedado genial, ¿verdad?  Todos los espíritus íberos que habitamos este lugar estamos de acuerdo en afirmarlo.  Os estaréis preguntando quién soy yo.  Pues una Dama, pero no de esas que movéis en un tablero, conmigo no se juega, y no soy manipulable.  Soy una Dama Íbera y en nuestra cultura las mujeres teníamos mucha más presencia de lo que pensáis.  De hecho hay quien dice que la nuestra era una sociedad matriarcal, yo no diría tanto, pero lo que sí es cierto es que nosotras éramos las transmisoras del legado familiar.  Aunque algunas hemos tenido peor suerte que otras con el tema de pasar a la posteridad.  A mí me hicieron una escultura preciosa, mejor que todas esas que ahora se han llevado la fama, por gozar de más suerte o por resultar más resistentes.  Pero os aseguro que mi figura era más elaborada, incluso, que la Dama de Baza, y mis rasgos eran más expresivos  que la mismísima Dama de Elche, pero el paso del tiempo no ha tenido piedad con mi elaborada representación, y mientras otras esculturas, como las citadas,  han perdurado y están cotizadísimas y los turistas les hacen montones de fotos y aparecen en revistas de todo el mundo, a mí me han relegado casi a la ignorancia,  Aaayyy, qué penica, solo porque me faltan tres cuartas partes de mi ser.  Y es que, aunque aquí ahora me ven reencarnada en carne y hueso, mi estatua que se encuentra en aquella vitrina, ha quedado algo incompleta.  Pero como ven se intuye la genialidad de mi porte y la gracilidad de mi pose.  Bien es verdad que me faltan la cabeza y las extremidades, pero bueno, son detallicos sin importancia que se pueden suplir con un poco de imaginación, ¿no?
Sin embargo no tengo motivos para quejarme.  Todo lo contrario.  Me siento una privilegiada por estar aquí con vosotros en este magnífico Museo.  Sobre todo después de lo que he tenido que soportar durante tantísimo tiempo.  Es terrible sentir el peso del olvido, toneladas de tierra rodeándote, durante tantos y tantos años, que llegas a dudar que existieran alguna vez las palabras y los hechos que conformaron tu existencia, porque la realidad que perdura en tu destino subterráneo, es  el desdén acumulando nuevos estratos de oscuridad sobre tu desmemoria, que yace inmersa en un silencio de siglos, condenando a tu historia a la irrealidad más sombría.  Pero de pronto un día, contradiciendo a la lógica, se produce el milagro que desafía a la providencia, y tras dos milenios de oscuridad absoluta, la luz cegadora te empapa y revitaliza, porque la maravilla de la arqueología es capaz de resucitar nítidos fragmentos de toda tu realidad.  Por eso podéis escuchar ahora nuestra voz.  Porque somos, otra vez, parte de la vida, y de algún modo, pisamos la tierra que tanto pesa, y que nos rodeó largos siglos con toda su inmensa carga, y que ahora sentimos, con alivio, bajo nuestros  inmateriales pies.  Y nos complace volver a formar parte de este territorio que  un día nos perteneció y que a través de las generaciones vosotros habéis heredado, y es que gracias a vuestro  afán por conocer, nos habéis ofrecido una segunda oportunidad para poder compartir nuestras milenarias historias con vosotros.  Estamos más vivos que nunca por la magia de vuestra curiosidad. 


UN FINAL DIGNO (Febrero 2018).


Cuando un escritor aborda el desenlace de una historia se esfuerza por conseguir un final redondo, coherente, una conclusión lógica capaz de dotar de sentido a todas las tramas a las que habíamos asistido a lo largo de la narración, para que del conjunto se desprenda una cierta racionalidad, un mensaje. 

Pero en la vida, a menudo, los desenlaces no son, lamentablemente, redondos, no obedecen a una lógica, no suponen la culminación pertinente de los acontecimientos, no constituyen un punto y final coherente. 

Por desgracia, cuando, en un proceso de grave enfermedad, uno asiste a la agonía de un ser querido,  constata, con tristeza, que la errática narrativa de nuestro drama existencial no encuentra, en ocasiones, un cauce para remediar el sufrimiento.    
En muchas de nuestras obras teatrales clásicas el nudo de conflictos irresolubles era finalmente resuelto por la irrupción de un personaje dotado de autoridad (en ocasiones el mismísimo Rey en persona) que propiciaba una adecuada solución a todos los laberintos dramáticos de la obra.  Sin embargo  en el nudo de conflictos dramáticos  de nuestras agonías terminales, no hay “deus ex machina” alguno capaz de remediar situaciones tan angustiosas. 

La muerte es un fastidio enorme, estamos obsesionados por acumular objetos y experiencias, y tratamos de ignorar ese macabro trámite que nos despoja de propiedades y vivencias.   Y nuestros políticos, garantes del bien común de una sociedad plural y adulta, no han sido capaces de dotarnos todavía de una reglamentación global y pormenorizada sobre este asunto,  a través de un esfuerzo legislativo capaz de equipararnos en esta materia con los ordenamientos de los países más avanzados de nuestro entorno.  Para que  en aquellos casos en los que nuestra tragicomedia vital, se encuentre atascada sin solución médica viable, y en una situación de sufrimiento sin sentido,  prevalezca la voluntad del individuo para exigir un final digno.

Se trata de un tema muy complejo, en el que caben apreciaciones  morales de distinto signo, pero que requiere un debate racional y desapasionado, superando cuestiones de tacticismo electoral, que pudieran propiciar que nuestros legisladores no desearan complicarse la vida  abordando una materia que aunque puede paliar situaciones muy dolorosas, tal vez suscite el rechazo de algunos de sus votantes.   
Tal vez por eso nuestro sistema legislativo ha sido incapaz de reglamentar adecuadamente un tema tan vital como es el derecho a una muerte digna, y este es un asunto que posiblemente nos acabará afectando, tarde o temprano, en 1ª, 2ª o 3ª persona.  Nos creemos que nuestra comedia es eterna, que podremos seguir encadenando escenas hasta el infinito, olvidando a menudo que las frágiles cuerdas de nuestra tramoya pueden resquebrajarse en mitad del monólogo,  dejándonos atrapados por un telón que no ha caído completamente, e iluminados por las sombras de unos focos, cuyas lámparas no acaban de fundirse, mientras los atónitos espectadores contemplan nuestra agonía con piedad e impotencia.

Por eso es fundamental que cuando los médicos hayan determinado fehacientemente que se nos acabaron para siempre el texto y las acotaciones, y  de nuestro personaje lo único que quede sea una máscara de tragedia, se nos permita hacer mutis de escena, mediante un final digno.

VIVA LA PEPA (Febrero 2018).


El carnaval se marchó pero la máscara de la huesuda empuñando la guadaña se ha empeñado en visitarnos.  Pero no iba de paisana la encapuchada buscando postrera jarana carnavalera, no.  Su visita era burocrática y de carácter oficial y traía impreso por triplicado para llevarse consigo a la Pepa.

Y la huesuda no atiende a razones, ni escucha ruegos, por lo que tuvimos que verla alejarse con su presa mientras los ecos de las satíricas coplas de las chirigotas se mezclaban con nuestros lamentos.

Es la vida.  Es la muerte.  Viva la Pepa.  Aunque se nos muera.   Es ley de vida, todos lo sabemos.  Pero las leyes a menudo son tan crueles,  que los que estamos bajo su arbitrio, no podemos evitar apretar los puños y ahogar entre dientes una maldición.  Es ley de vida, es verdad, y hay que acatarla, pero  ¿dónde está el tribunal en el que interponer expediente de tristeza,  recurso de aflicción? 

La Pepa es una mujer única (como tantas otras), que creció en Villacarrillo, cuando la guerra mordía.  Eran los años en los que el menú de casi todos incluía una ración de escasez con guarnición de hambre.  Eran los tiempos en los que las maletas conducían a las familias, por las vías de la ilusión, en busca de un porvenir. 

Y no tardó en venir el porvenir,  y aquella familia tan especial, tan única (como tantas otras),   se agarró a él, con fuerza, tratando de no descarrilar en los baches.
Y ella, en compañía de un hombre único (como tantos otros)  de risa atronadora y carácter dulce, recorrió calendarios sin tregua ni descanso, hasta que de pronto un verano la guadañera se encaprichó de la risa del mencionado, y se lo adjudicó sin acuse de recibo.   Pero La Pepa, acostumbrada a acarrear congojas en la mochila, siguió  campo a través con  los achaques a cuestas, hasta que le cerró el paso la del disfraz negro.

Quién iba a pensar, con la de febreros que ella había domado, que el más breve de los meses iba a poder con una mujer tan fuerte.

Se nos van las personas a las que queremos y se nos han quedado atascados, en la carpeta que nunca abrimos,  cientos de borradores de abrazos que querríamos haberles hecho llegar, de algún modo.

Y solo nos consuela escribir unas palabras en un papel, tratando de reducir a letras el código del cariño,  tratando de traducir a palabras el imposible idioma de la pena, tratando de trazar en un mapa la  extensa geografía de la gratitud.

Aunque no será fácil hacérselas llegar, que  las cartas y los paquetes postales en esos territorios tienen difícil franqueo.     Además, ella apenas leía, tuvo la mala suerte de ser una niña de la posguerra española sin acceso a las escuela, por su época y por sus circunstancias se vio obligada a memorizar el alfabeto del sacrificio, y con esa  gramática tuvo que redactar y escribir toda su vida.

Sé que es ley de vida, y que a todos nos llegará algún día la citación del juzgado, pero hay algo injusto en la muerte de las madres.  No es lógico  que a ellas, que son capaces de crear vida, que en su vientre milagroso dan a luz y encienden la vida de los otros,   sin embargo no les esté permitido utilizar algún destello de  esa magia cuando su organismo se está apagando. 

Piedra, arrópala con suavidad como ella nos envolvía cuando éramos niños.
Adiós Pepa.  Adiós mamá.  Te quiero.

EL FANTASMA DEL MUSEO ÍBERO (Febrero 2018).


Os saludo a todos, visitantes del futuro.  No temáis, me presentaré.  Soy un espectro que habita este lugar.  ¿No os lo creéis?  Estoy homologado,  ¿queréis ver mis credenciales?  Mirad, con sello oficial y todo.  Aquí lo pone, soy el Fantasma Oficial del Museo de Arte Íbero de Jaén y del resto de Andalucía.  No os asustéis,  soy un alma cándida, los rencores no me han agriado el carácter, no trabajo el poltergeist ni ningún tipo de efectismo gore.  Todo lo contrario, mantengo el espíritu positivo y humanista que presidió mi existencia terrena.

Aquí en el Museo, me complace contemplar todo este esplendor artístico e histórico que me fue tan familiar en vida, me siento como en casa entre estas obras tan cercanas a mí, de cuando aún era un ser de carne y hueso.  Ahora soy un ente etéreo pero no os debe extrañar mi presencia aquí, o acaso este lugar no está lleno de magia.  Nadie puede poner en duda que es mágico que el pasado vuelva a la vida y que los secretos de los antiguos pobladores de estas latitudes, que hace más de dos mil años devoró la tierra inmisericorde, creyendo haber ocultado sus misterios para siempre, vuelvan a la luz, acaso no es algo mágico que todas aquellas historias, que el tiempo se empeñaba en desterrar para siempre de la memoria de los hombres, puedan resucitar, y estén aquí, ordenadas y descifradas delante de nuestros atónitos ojos.  Pues como veis no soy el único milagro de este espacio único.

Yo viví hace bastantes años y debéis saber  que casi toda mi vida la pasé rodeado por objetos como estos que ahora veis aquí expuestos, por eso me siento en estas salas como si estuviera en mi propia casa, aunque una cierta tristeza me invade al recordar los años que habité este lugar.  Debo confesaros que a menudo procuro pasar desapercibido, más que nada por costumbre, cuando los visitantes andan cerca trato de esconderme,  no acabo de habituarme a mi nueva condición de fantasma oficial.  Yo me temo que no tuve muy buenas experiencias aquí, en este lugar, cuando era una persona corpórea.

Pero ahora, esto ha cambiado mucho, y por eso me complace anunciaros que en el Museo podréis conocer historias de héroes que miraban a los ojos a gigantescos lobos y eran capaces de enfrentarse a ellos para salvar  a los indefensos habitantes de su oppidum.  Historias de sacerdotisas que custodiaban el santuario de la Diosa y servían de intermediarias entre los vivos y nosotros los de más allá.  Historias de príncipes que afianzaban su poder mandando construir hermosos monumentos para que su memoria perdurara en la posteridad.  Historias de damas que eran muy apreciadas por unas sociedades en las que la mujer tenía gran protagonismo.

Vosotros seguramente os preguntáis qué hago aquí.  Pues resulta que mi muerte tuvo  lugar muy cerca, porque antes de que este espacio se convirtiera en Museo, ocupaba este  solar una cárcel, la Prisión Provincial de Jaén.  Yo soy arqueólogo, mejor dicho, lo fui en vida, aunque ahora en esta prórroga de ultratumba continúo haciendo mis pinitos aprovechando mis conocimientos y la infraestructura de este lugar.  Y por culpa de la guerra sufrí pena de reclusión, durante los últimos años de mi vida.  Pero el destino ha hecho justicia conmigo permitiéndome disfrutar mi pasión, a título póstumo.  Bienvenidos visitantes del futuro.


NUESTRO SIGLO CRECE (Enero 2018).



Ea.  Tenía que pasar.  Este nuevo siglo nos está creciendo muy deprisa.  Parecía cosa de ciencia ficción cuando lo estábamos esperando, y ahora se nos está convirtiendo en historia a pasos agigantados.    Pero bueno, es ley de vida que la criatura se nos esté haciendo mayor.  Y eso que parece que fue ayer cuando lo parimos entre todos, y qué mal lo pasamos con las contracciones y el efecto dosmil, y los milenarismos y la epidural… 
Luego vinieron los primeros años, en los que no ganábamos para sustos, de modo que entre ataques, invasiones, berrinches y demás terrores nocturnos, y la pérdida de libertad que estas cosas traen consigo, la criatura nos dio más guerra de lo que imaginábamos.
El caso es que los años han pasado casi sin darnos cuenta y ya lo tenemos al siglo XXI con sus 18 añitos recién cumplidos, de modo que el muchacho ha alcanzado ya su mayoría de edad legal.  Madre mía, cómo pasa el tiempo, casi no hemos podido disfrutar de su ingenuidad, ni de su etapa más lúdica, y ya lo tenemos en plena crisis juvenil.  Y en fin, todos los que tenéis hijos sabéis que está en una edad muy delicada, en ese momento en el que uno cree que lo sabe todo y que la herencia de los que le precedieron no tiene demasiado valor, y se considera invulnerable, y coquetea con el peligro.   Y nosotros intentamos advertirle, pero no hay manera, él se empecina en juntarse con malas compañías (multinacionales) que le influyen demasiado.  Y además, a ver quién le convence para que deje de reírle las gracias a ese par de líderes pandilleros enfrentados: Trump y Kim Jong-un;  y demás nefastas influencias que están haciendo que a nuestro adolescente siglo le esté aflorando cierto ramalazo integrista un tanto inquietante. 
Por no hablar de su tendencia a sentirse atraído por sustancias peligrosas que provocan una fugaz sensación de falso bienestar y que luego nos traerán terribles quebraderos de cabeza.  Todos sabemos que nuestra criatura atraviesa una etapa en la que no es consciente de los riesgos para su organismo, que pueden resultar irreversibles.  Pero es tozudo,   y no atiende a razones, y  se empeña en coquetear con  productos tóxicos que a este ritmo pueden llegar a provocarle daños muy serios de salud global, cambio climático y demás.  Que en casa ya empezamos a notarle los síntomas, y a menudo cuando entras en su cuarto de improviso te sacude una atmósfera irrespirable.
Y en fin, ahora nos ha surgido un nuevo conflicto, el de la independencia.  En cierto modo ya lo esperábamos, porque es lo que toca a partir de los dieciocho años, ¿no?  Pero el caso es que está resultando peor de lo que imaginábamos y se está convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza que provoca un montón de polémicas familiares.  Y es una pena, porque en los poquitos ratos en los que coincidimos en la casa (porque los padres y las madres de hoy en día estamos tan liados que no podemos dedicarles el tiempo que quisiéramos a los hijos), tratamos de charlar del tema de un modo racional y desapasionado, pero enseguida comenzamos a discutir de una manera airada y casi violenta.  Y la verdad es que las posturas están empezando a resultar irreconciliables. Pero bueno, nosotros no perdemos la esperanza de que tarde o temprano, nuestro acomodado eterno adolescente, se decida a independizarse de una vez.

IMAGINANDO A TONO (Diciembre 2017).



Ah, están ustedes ahí leyendo. Qué bien. Yo me dedicaba a eso. A leer no, a escribir. Bueno y a más cosas, también hacía dibujos, guiones y otras inutilidades que resultan maravillosas. ¿Que si soy famoso? Pues no estoy seguro. Mi nombre es Antonio Lara de Gavilán. ¿Cómo dicen? ¿No les suena mi nombre? No se preocupen, tengo otro para usar en estos casos. Verán, en realidad todo el mundo me conocía como Tono. ¿Sigue sin decirles nada? Pues que lástima, oye. Porque resulta que somos paisanos. Si, yo nací en Jaén, en el año 1896. Aunque me fui pronto, a los 4 años. Bueno, en realidad me acompañaron mis padres. O mejor dicho, mi madre, porque mi padre acaba de morir y no estaba el pobre para mudanzas. Pero pasé todo mi siglo XIX aquí en Jaén (Era un siglo muy parecido al siguiente pero tenía un palote en medio).
Y aquí en Jaén, conocí a una compañera que se convirtió en mi mejor amiga, y de la que no me llegué a separar en mi vida: la risa. Ella se convirtió en el motor de mi vida. La risa pura de Jaén licuada en las ricas almazaras del humor de esta tierra tan jocosa. También se nota que soy de Jaén en que he practicado siempre el monocultivo de la risa, de modo que el drama no lo he tocado ni con guantes. Verán, yo fui autodidacta. Mi paso por la escuela no resultó demasiado provechoso. Allí había un montón de niños sentados en sus mesas y un señor que nos hacía preguntas y yo pensaba: como el maestro siga preguntándome tantas cosas, voy a dejar de ir al colegio y me voy a colocar en una oficina de información, que es donde nadie pregunta nada.
Yo siempre he sido muy de pensar, y de emborronar papeles con esas pequeñas píldoras que hacen cosquillas en el pensamiento, y a los que llamamos chistes. Y con el tiempo llegué a intercambiar, algunos de mis papeles de humor, por papeles mucho más serios que me entregaban en los bancos y que servían para pagar el recibo del gas. Yo tengo que confesar que me hice humorista porque me hacía gracia a mi mismo. Y con estas invenciones mías conseguí cierta fama, cierto nombre (que seguía siendo el mismo “Tono” de siempre, pero con caracteres más grandes), aunque los que reparten las barajas de las literaturas me encuadraron en la “otra” generación del 27, una especie de suplentes de los auténticos escritores de aquella generación, que estábamos ahí por si alguno de los serios se lesionaba en mitad de una página, o acababa agotado después de recorrer un párrafo larguísimo.
Por cometer el pecado de escribir cosas de humor, no nos tomaban en serio. Y tal vez era mejor para nosotros porque así podíamos romper moldes, que era una de mis aficiones favoritas. También me encanta inventar cosas que no sirven para nada. En el homenaje que me hicieron en 1976, Forges me dijo al regalarme un reloj: “se lo damos para que haga con él una lavadora”. Un par de años más tarde ocurrió algo, que prefiero olvidar, ya he dicho antes que los dramas no los toco ni con guante, y los temas fúnebres ni con un palo.
Dicen que aquel año me marché, para siempre. Sin embargo, una parte de mí permanece aquí, en la memoria de los pocos que me recordáis y que al leer mis ocurrencias, mis chistes, hacéis que reviva mi espíritu y de ese modo recorro, alegre, el aire, de la mano de mi eterna compañera, la risa de Jaén.