sábado, 26 de mayo de 2018

VIVA LA PEPA (Febrero 2018).


El carnaval se marchó pero la máscara de la huesuda empuñando la guadaña se ha empeñado en visitarnos.  Pero no iba de paisana la encapuchada buscando postrera jarana carnavalera, no.  Su visita era burocrática y de carácter oficial y traía impreso por triplicado para llevarse consigo a la Pepa.

Y la huesuda no atiende a razones, ni escucha ruegos, por lo que tuvimos que verla alejarse con su presa mientras los ecos de las satíricas coplas de las chirigotas se mezclaban con nuestros lamentos.

Es la vida.  Es la muerte.  Viva la Pepa.  Aunque se nos muera.   Es ley de vida, todos lo sabemos.  Pero las leyes a menudo son tan crueles,  que los que estamos bajo su arbitrio, no podemos evitar apretar los puños y ahogar entre dientes una maldición.  Es ley de vida, es verdad, y hay que acatarla, pero  ¿dónde está el tribunal en el que interponer expediente de tristeza,  recurso de aflicción? 

La Pepa es una mujer única (como tantas otras), que creció en Villacarrillo, cuando la guerra mordía.  Eran los años en los que el menú de casi todos incluía una ración de escasez con guarnición de hambre.  Eran los tiempos en los que las maletas conducían a las familias, por las vías de la ilusión, en busca de un porvenir. 

Y no tardó en venir el porvenir,  y aquella familia tan especial, tan única (como tantas otras),   se agarró a él, con fuerza, tratando de no descarrilar en los baches.
Y ella, en compañía de un hombre único (como tantos otros)  de risa atronadora y carácter dulce, recorrió calendarios sin tregua ni descanso, hasta que de pronto un verano la guadañera se encaprichó de la risa del mencionado, y se lo adjudicó sin acuse de recibo.   Pero La Pepa, acostumbrada a acarrear congojas en la mochila, siguió  campo a través con  los achaques a cuestas, hasta que le cerró el paso la del disfraz negro.

Quién iba a pensar, con la de febreros que ella había domado, que el más breve de los meses iba a poder con una mujer tan fuerte.

Se nos van las personas a las que queremos y se nos han quedado atascados, en la carpeta que nunca abrimos,  cientos de borradores de abrazos que querríamos haberles hecho llegar, de algún modo.

Y solo nos consuela escribir unas palabras en un papel, tratando de reducir a letras el código del cariño,  tratando de traducir a palabras el imposible idioma de la pena, tratando de trazar en un mapa la  extensa geografía de la gratitud.

Aunque no será fácil hacérselas llegar, que  las cartas y los paquetes postales en esos territorios tienen difícil franqueo.     Además, ella apenas leía, tuvo la mala suerte de ser una niña de la posguerra española sin acceso a las escuela, por su época y por sus circunstancias se vio obligada a memorizar el alfabeto del sacrificio, y con esa  gramática tuvo que redactar y escribir toda su vida.

Sé que es ley de vida, y que a todos nos llegará algún día la citación del juzgado, pero hay algo injusto en la muerte de las madres.  No es lógico  que a ellas, que son capaces de crear vida, que en su vientre milagroso dan a luz y encienden la vida de los otros,   sin embargo no les esté permitido utilizar algún destello de  esa magia cuando su organismo se está apagando. 

Piedra, arrópala con suavidad como ella nos envolvía cuando éramos niños.
Adiós Pepa.  Adiós mamá.  Te quiero.

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