En nuestra
ración diaria de información, estos últimos días hemos conocido una amarga noticia
que no tiene desperdicio. La
Organización Mundial de la Salud (O.M.S.) ha corroborado lo que antaño,
ya nos anunciaban los viejos sermones de los más integristas
predicadores: “La carne es pecado”.
Una ristra
de exhaustivas pesquisas realizadas a las sospechosas, han dado un resultado
difícil de digerir: las carnes han sido procesadas por rojas y peligrosas.
Las
implicaciones de este asunto van de boca
en boca, y son la comidilla de todos durante estos días. Sin
embargo, algunos no se tragan las supuestas insalubridades carnívoras, y piensan
que algo podrido se esconde tras estas acusaciones. Sospechan, incluso, que esta decisión pudiera estar condicionada
por influencias interesadas de poderosos
grupos económicos. A pesar de todo, no
me imagino en el tira y afloja de presiones e intereses, a las asociaciones
vegetarianas y a los defensores de los derechos animales, poniendo más carne en
el asador, que las grandes multinacionales de comida rápida.
Consuela
saber al menos, que la noticia no aumentará la precariedad de las poblaciones
de algunos países, en los que impera la desnutrición y el déficit de proteínas.
Y en nuestro
entorno, pese a ser una noticia de
difícil digestión, tenemos que irla asimilando, poco a poco. Y
registrar una nueva incorporación a la cada vez más abultada lista de los
placeres culpables. Y tal vez ocultar
nuestras piezas de charcutería fina en secretos rincones de nuestra más furtiva
intimidad, lejos del escrutinio de los agentes de la O.M.S., para evitar las
penitencias impuestas por nuestro severo dietista. Y si la cosa va a más, tal vez en un futuro,
nos veamos obligados a visitar, babeando,
los catálogos de charcutería en las webs de contenidos para adultos, o a
exhibir nuestro d.n.i. a la hora de adquirir la merienda en el super, para
atestiguar que somos mayores de edad y por lo tanto jurídicamente hábiles para
castigar nuestro cuerpo con las sustancias pecaminosas que nos vengan en gana. Porque, debemos admitirlo, a ciertas edades, la
carne es débil.