Hoy, caminando por
la calle, he visto a la cultura, iba la pobre ensimismada, ni siquiera me ha
devuelto el saludo, y es que estos días anda como una loca, de aquí para allá, tratando de
que la reciban los nuevos, los que mandan ahora y gestionan la cosa pública.
Cada cuatro años tiene que sufrir el mismo via crucis, la pobre cultura. Aunque en realidad, cuando yo la vi, vestía un chándal y llevaba una bolsa de deporte, por lo que creo
que iba camino del gimnasio para practicar, con ayuda de un preparador físico, la técnica de la genuflexión.
Es necesario
empezar con buen pié con las nuevas corporaciones municipales, provinciales y autonómicas, por lo que es más que aconsejable hacer gala del extenso
catálogo de posturas sumisas que, la pobre cultura, ha ido
adquiriendo con el tiempo.
Y es que, para
sobrevivir, ha tenido que desarrollar las más diversas
habilidades serviles, desde la cultura del bufón, que reía las gracias de los poderosos, hasta los tiempos en los que tenía que someterse a los caprichos de los nobles, sabiendo que si la mala vida se la llevaba
por delante no podría recibir sepultura en suelo cristiano.
Aunque también ha tenido, en fechas mucho más recientes, su
racha contestataria e insumisa, la cultura, hasta que le domaron el carácter altivo, y no precisamente con violencia o amenazas, sino con
formularios y burocracias. La ataron
corto con requisitos contractuales y trámites de
facturación, y ahora la pobre se pasa muchas más horas en la oficina que ensayando.
En vez de pensar en creaciones piensa en gestiones. Sus sueños tienen más números que letras.
Y las utopías y las críticas al poder, los pasquines y las
octavillas reivindicativas, han quedado sepultadas bajo toneladas de instancias
y de modelos oficiales por triplicado ejemplar debidamente cumplimentados y
enviados además a través de la plataforma virtual de turno que
requiere firma digital autentificada.
¿Quién le iba a decir a la pobre cultura (que
abandonó la carrera de
derecho porque a ella las leyes y los reglamentos le daban repelús), que al final iba a convertirse en una gestora víctima de la autoexplotación?
Ella que abominaba
del mercantilismo, forzada a convertirse en una industria cultural, asaeteada a
impuestos, cotizaciones de seguridad social, seguros de responsabilidad a
terceros, contratos de riesgos laborales, cuotas, tasas y recibos de todos los
colores.
Pero hay que mirar
hacia delante, por eso la cultura ensaya en el gimnasio cómo arrodillarse con cierta dignidad para que la autoridad de turno le
permita acceder al espacio cultural que implora y que tanto necesita para
desarrollar su actividad.
Aunque cada vez le
cuestan más las genuflexiones, porque está un poco mayor y una artrosis incipiente
le impide hacer los armoniosos gestos serviles de antaño. Y en ocasiones cuando se haya
postrada en la moqueta, en el parqué o en la alfombra oficial siente punzadas de dolor y sabe que no
posee la agilidad de los postulantes
emergentes, capaces de pasar de la genuflexión al besamanos
de un armonioso salto acrobático.
Pero a pesar de
todo, como ella es una luchadora, se machaca entrenando en el gimnasio y, con música de la banda sonora de “Rocky” en los auriculares, se repite a sí misma una y otra vez: “¡No estoy acabada!”, “¡Puedo conseguirlo!”, “¡Voy al luchar!”.
Que se preparen
los que la dan por amortizada.