Palabras que
se lanzan como dardos, otras que planean por el aire como si tuvieran alas,
otras que van y vienen de un interlocutor a otro como si de un combate de eso
que llamáis tenis se tratara, otras tan frágiles como polen en la brisa,
palabras que son garfios que se clavan en los oídos, palabras que son ráfagas
de viento que empujan a las guerras, palabras que son hilos de sol que
calientan las almas. Esas son mis
herramientas, O mejor dicho, lo fueron,
muchas cosechas atrás cuando nosotros, los íberos, éramos los que pisábamos
estas mismas veredas que ahora atravesáis vosotros.
Me
presentaré. Yo era… yo soy un viejo
histrión, un contador de historias, un insecto que revolotea por los caminos,
de un campo a otro campo y que toma polen, palabras, de una flor y de otra, de
una fuente y de otra, y elaborándolas con oficio puedo ofrecer la miel de mis
cuentos a los que se acercan con hambre de historias con las que alimentar su
curiosidad. Y me gustaría poder contaros
las mil y una fábulas que llevo conmigo en el morral de mi memoria, para
haceros reír y soñar, desearía poder asombraros y emocionaros hasta ver brillar
vuestros ojos con las chispas de mis palabras.
Pero debéis
saber que todas mis narraciones y las de todos los que convivieron conmigo se
han perdido. Ni una sola de nuestras
historias ha sobrevivido, tantas imaginaciones tejiendo fábulas (una generación
hilvanaba, otra cosía, la siguiente zurcía…) y las tijeras del olvido
deshilacharon todos nuestros cuentos y nuestras leyendas, nuestras comedias y
tragedias, y solo ha quedado un gran drama, el del misterio de nuestra
escritura indescifrable que ningún estudioso ha sido capaz de desentrañar.
¿Dónde yacen
las lenguas muertas? Se cayeron nuestras
palabras, se despeñaron de los labios de los últimos ancianos que conservaban
como archivos andantes el recuerdo de su significado y por algún motivo sus hijos y sus nietos no
quisieron recogerlas.
¿En qué
olvidado cementerio reposan ahora nuestras palabras? Con ellas intentábamos esculpir nuestras mil
historias, pero el martillo de la incultura hizo añicos tantos tesoros, tan
difíciles de restaurar ahora.
Pero todo
eso es agua pasada. Imagino que los
contadores de historias, los histriones como yo, formarán parte de la más apreciada
élite de vuestra sociedad. No como este
pobre histrión, que vaga por el tiempo,
contando su última historia, su cuento final, que habla de un pueblo
orgulloso y próspero, que tenía mil riquezas, agrícolas, mineras, artesanales…
pero que acabó dejando morir lentamente sus palabras, sus historias, su cultura. Pero bueno, imagino que todas estas cosas os
resultaran ajenas. Sin duda, nada de
esto se corresponde con vuestra realidad.
Con el tiempo, estoy convencido, habéis aprendido a no dejaros colonizar
por ninguna potencia militar que, como Roma en nuestro caso, poco a poco vaya
imponiendo su lenguaje, su modelo cultural.
Os ruego que sigáis así y que no perdáis nunca vuestras señas de
identidad.
¿De acuerdo? … ¿Qué?... ¿Qué
palabra tan extraña es la que habéis utilizado para responderme? “Okey”.
Es una expresión que me recuerda al extravagante idioma de las bárbaras
tribus sajonas. ¡Qué raro! En fin, tengo ya que despedirme de vosotros.
Es
hermoso saber que los pueblos son
capaces de asimilar las implacables lecciones que nos enseña la historia.
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