Hojas de
otoño, renglones de octubre, un poco inconexos, por el viento, que los
desordena. El otoño en Jaén es, a
menudo, borrascoso y ventoso.
Sí, todos
conocemos la potencia del viento de Jaén, capaz de, por ejemplo, destrozar de
una dentellada los emblemáticos árboles y arbustos de la Plaza Deán Mazas, un
rincón que muchos atesorábamos en nuestro archivo emocional.
Y que pasará
a ser otro espacio que convivirá, en la nostalgia, con imágenes de la primavera
y el verano de nuestras vidas, como el ochío, el palodú, jugar al pinchiqui, el
voceo de “la hoja” de los domingos, Furnieles, los jardinillos, Tejidos gangas,
el cine Lis Palace o el teatro Asuán.
Curiosa
generación la nuestra, la de los otoñales, los que ahora rondamos los 50, los
que nacimos alrededor del 68, cuando en París los estudiantes iban a cambiar el
mundo, y desde Londres y California los
hippies extendían la libertad y el amor, y la ciencia lograba que pudiéramos
pisar la Luna como primer paso para colonizar el Cosmos.
Mientras, en
la Plaza Santa Maria nuestra armoniosa catedral nos observaba con el mismo
gesto condescendiente con que nos contempla ahora, cuando París se ha
convertido en un parque temático clasista, los cándidos hippies han sido
sustituidos por deslenguados raperos, y hemos eliminado la línea ferroviaria
hasta la Luna y el resto del Cosmos, porque no nos sale rentable el viaje y la
ratio de astronautas por trayecto y el coste de la infraestructura no compensa,
por el momento, la escasa demanda de turistas interesados en hacer la ruta de
los cráteres ni de bañarse en las playas del Mar de la Tranquilidad. Y a nadie le importa que condenemos a nuestro
satélite al aislamiento. ¡Qué penica da la aislada Luna y que penica da también
la aislada Jaén!
El viento de
octubre mueve las hojas de los árboles, y también las hojas de mis libros y de
mis cuadernos, y en una de esas hojas (no estoy seguro si es de un libro o de
un cuaderno o de un árbol) veo un pensamiento: ¿y si la cultura sirviese para
algo?
Festival de
bares de otoño de Jaén, coreografías de barra, tramoya de botellas, la tapa del
primer acto arrancando el aplauso del entregado público. Y la cultura nos resulta cara: con lo que cuesta un concierto o una obra de
teatro me puedo beber una cerveza y una copa, y en los teatros no ponen
tapa.
Otoño en
Jaén, nostalgia de teatros perdidos y de viejas plazas, y de rincones y
monumentos. Desolado paisaje de sueños
rotos, que se superponen a los mil estratos de los sueños rotos de las
generaciones anteriores, en el fondo de los cuales tal vez se sitúen los restos
primigenios de nuestro glorioso pasado de urbe puntera de la olvidada
civilización de la Atlántida, idea con la que el mismísimo James Cameron se
aventuraba a especular a través de un documental. ¡Qué cosas!
Melancolía
de la Atlantida perdida, apenas aliviada por la posible apertura de un par de
nuevos centros comerciales en Jaén, basílicas de nuestra nueva fe, capaces de
consolar la aflicción otoñal con la perspectiva de próximos rebrotes del
consumo germinando en nuestros paisajes.
Otoñales en
Jaén, haciendo balance de lo que hemos hecho por nuestra ciudad, por nuestra
tierra, ¿cómo éramos? ¿Qué nos
ilusionaba? ¿Qué queríamos legar a
nuestros hijos? Y sobre todo ¿qué ha
sido de nuestros sueños de crear una sociedad más volcada hacia la reflexión y
la creatividad? No sé… Tengo dudas… Pero
¿y si la cultura sirviese para algo?
Creo que… me voy al bar a tomarme unas cervezas.
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