Cientos de niños y de niñas abarrotando un patio de butacas gritan al unísono ¡que empiece ya que el público se va! Están esperando, emocionados, que los de arriba, los del escenario,
salgamos de una vez, dejemos de refugiarnos tras el telón y les hagamos partícipes de alguna historia capaz de
interesarles, de atraparles, qué gran responsabilidad.
Escribo esto en el tren, camino de Cataluña, y las teclas tiemblan un poco,
como temblamos algunas veces los teatreros justo antes de comenzar el ritual
milenario de representar una obra
teatral.
Cuando se apagan las luces, los chavales y
las chavalas aprovechan para generar un enorme estruendo, que nos intimida aun
más. Pero súbitamente aparece el actor o la actriz, la luz matiza el espacio,
el texto comienza a deslizarse por los railes de la narración, al principio muy lentamente,
pero va ganando intensidad poco a poco, y como por encanto la sala de butacas
se convierte en un enorme vagón que traquetea al ritmo de la acción dramática, en un
maravilloso viaje entretenido.
Yo no tengo intérpretes, ni focos, ni telones frente a mí, viajo en un vagón en el que cada uno está concentrado en su historia
propia, en su perspectiva. Y viajo para
participar como ponente en las I Jornadas de dramaturgia para la infancia y la
juventud que reúnen, en la
Sala Beckett de Barcelona, a una serie de profesionales de la dramaturgia de
nuestro país.
Y perseguimos un objetivo fundamental,
reflexionar, debatir, analizar, para que nuestras obras no descarrilen, y para que el trayecto no se les haga pesado,
aburrido, a nuestros pequeños pasajeros. Pero además creemos que es necesario que el
esfuerzo de tomar un tren hacia la ficción, valga la pena, tenemos que intentar que el viaje conduzca a alguna
parte, que no sea un mero transitar
lugares comunes, conocidos, familiares, que nos ocupe una hora de nuestras
vidas sin transportarnos más allá
de la estación.
Debemos intentar
trayectos que aporten algo nuevo, que transiten por territorios poco explorados,
mediante unos personajes ricos y complejos, nuestros espectadores están en una edad en la que están haciendo una intensa selección de roles, y el teatro ayuda a ponerse en los zapatos de otro y a
caminar unos pasos en el lugar de alguien que, a priori, nada tiene que ver con
nosotros. Es útil ver el
mundo a través de las
gafas de nuestros antagonistas, incluso de nuestros rivales, porque de ese modo
estaremos en mejor disposición de afrontar los conflictos.
Tenemos que hacerles ver, a nuestros jóvenes viajeros, que están en un lugar único, aquí las
historias, las narraciones, son diferentes, las letras laten, las frases
respiran, las páginas
tienen vida.
Y es que el teatro aplicado a la enseñanza no es solamente literatura,
también sirve para
repasar nuestras asignaturas sociales pendientes y la ciencia de ser naturales
en escena. El escenario es como una pizarra, en la que los intérpretes, con la tiza de sus
actuaciones, desarrollan las más variadas ecuaciones, y sirviéndonos de las matemáticas de las emociones iremos
despejando la incógnita
final.
Porque en el andén nos esperan muchas niñas y muchos niños y queremos conducirles a nuevas estaciones de nuestra geografía de palabras y gestos a través de un viaje capaz de aportarles
experiencias enriquecedoras. ¡Buen viaje!
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