En este día
frío en el que mi vida se apaga me vienen recuerdos de otro día frío, pero
alegre, muchas lunas atrás, en el que celebrábamos en el Santuario de la Diosa
en la ciudad amiga de Auringis, la fiesta de las hogueras, en la que cada zona
de la ciudad erigía su propia fogata para quemar simbólicamente todo lo malo
que nos había ocurrido en aquel año, y hacíamos carreras a la luz de las
antorchas y danzábamos unidos alrededor del fuego, y compartíamos flores de
maíz tostado y calabazas asadas, y cada zona rivalizaba con la comunidad vecina
por ver qué fuego era más vistoso y qué fiesta era más alegre. Y la nuestra era una celebración maravillosa,
hasta que ocurrió algo. Porque esa
noche, a la luz del fuego redentor, contemplé por vez primera el rostro de
aquel que trajo el fuego destructor hasta nuestras vidas. Mi padre, el rey, había decidido entregarme
en matrimonio al recién llegado, que era desconocido para mí, aunque había oído
antes su nombre, que significaba para todos nosotros fuerza y devastación.
En aquellos
días los pueblos íberos habíamos sido
invitados forzosos de una fiesta de sangre y de fuego. Los grandes ejércitos procedentes de un lado
y de otro del mar, eran dos espadas a punto de chocar. Y nosotros estábamos en medio de esos dos metales
furiosos. Y teníamos que tomar partido, y mi padre el
rey Mucro de Cástulo se alió con el cartaginés, con Aníbal, con el general al
que tuve que unirme en sagrado vínculo, con el hombre con el que tuve que yacer
para sellar un pacto territorial. Y
después le di un hijo, a él que había arrebatado tantos hijos a mi pueblo
convirtiéndoles en punta de lanza de la guerra contra sus enemigos los
romanos, los otros extranjeros que
llegaron a esta tierra íbera para convertirla en teatro de sus masacres. Nosotros no éramos público de aquel drama,
sino actores y actrices forzados a sentir la tragedia en nuestras carnes.
Y desde
entonces yo era un personaje fijo en esta obra, la Princesa Himilce, la esposa
íbera de Aníbal el gran protagonista del drama de dos pueblos enfrentados con tanta fiereza, que al final de su lucha
tan solo uno de los dos pueblos podría pervivir y el otro desaparecería para
siempre. Pero un día, él partió, montado
en una de aquellas bestias inmensas como un templo bamboleante, que hacían
temblar el suelo a su paso.
Y se llevó
consigo el escenario de la guerra, librándonos de las masacres. Nos dejó en paz. Y sin embargo, su ausencia me entristece. Pero él no podía permanecer a mi lado, quería
llevar el fuego hasta Roma, sus lanzas y sus espadas eran antorchas de hierro
con las que deseaba prender la destrucción en los mismísimos palacios de sus
enemigos. Confiaba en que sus bestias gigantes
serían capaces de atravesar montañas más altas que el sol, que se
interponían en su camino. Y que el fuego
de la guerra no lo apagarían las cumbres nevadas ni los vientos helados que
encontraría a su paso.
Pero todo
eso es pasado. Ahora el fuego de mi vida
se apaga. De mi antigua vitalidad apenas
quedan sino cenizas, y un resplandor, una llama se resiste a desaparecer y arde por el deseo que aun conservo de que
llegue un día no muy lejano en el que las gentes de esta tierra, liberadas de
guerras destructoras, puedan danzar unidas, mientras lanzan el odio y la
crueldad de las guerras para que ardan,
en la noche fría, a la luz de las hogueras.
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