Yo,
político, me dirijo a ti, elector. Pero
no te preocupes. Por una vez no estoy
aquí para reclamar tu voto. Ya ha
pasado, de hecho, la jornada electoral, y no quiero reprocharte nada si es que
has optado por elegir a mis rivales.
Aunque también es posible que hayas decidido respaldar nuestra marca
electoral. En ese caso imagino que te
habrás dejado seducir por la elaborada y brillante publicidad de nuestros
anuncios.
Han sido muchos los
consumidores ideológicos que han decidido adquirir el pack completo de nuestro
surtido de productos electorales, confeccionados para satisfacer los paladares
más exigentes a través de un amplio catálogo diseñado con propuestas modernas y
prácticas de soluciones de última moda para los problemas de toda la vida
(paro, desigualdad, cohesión territorial, impuestos, libertades, sanidad,
educación…).
Te agradecemos tu confianza
por convertirnos en una de las cinco marcas punteras del mercado y te recomendamos
que leas atentamente las instrucciones (que aparecen en nuestro programa
electoral) para sacar el mayor rendimiento y disfrutar al máximo, del pack
completo recién adquirido, a lo largo de la legislatura. No olvides mirar la fecha de caducidad para que
nos consumas en óptimas condiciones. Las
ideologías, tan frescas y saludables cuando están recién elaboradas, pueden
corromperse fácilmente con el paso del tiempo. Por eso fijamos un tope máximo de cuatro años
para todos nuestros productos, y más allá de esa fecha no garantizamos su
salubridad democrática. Por todo ello,
déjame que te aconseje que no confíes del todo en la pureza de nuestras
elaboraciones, pues contienen colorantes
y edulcorantes artificiales. De hecho
debo confesar que yo, a raíz de un incidente, llegué a dudar acerca de la
bondad de nuestros propios productos.
Ocurrió en
mitad de un debate electoral televisado en directo ante millones de
espectadores que estaban pendientes de mi combativa argumentación para rebatir
las razones esgrimidas por mi rival. Yo
estaba aguantando bastante bien el combate, mis dardos dialécticos hacían
blanco una y otra vez en la línea de flotación de mi enemigo, mi rival me
atacaba con sólidos argumentos, pero yo,
con la agilidad que me caracteriza, esquivaba sus fuertes críticas y
contraatacaba con agresivas réplicas que estuvieron a punto de noquearle, y en mitad de un intercambio de estadísticas,
mi adversario expuso una idea contraria a las directrices de mi partido, y sin
embargo la defendía de un modo tan vehemente y tan razonable que no tuve más
remedio que pronunciar las famosas palabras que se han hecho virales en las
redes: en aquel momento ante el asombro
de todos, miré fijamente a mi rival y le dije “es verdad, tienes razón, yo
estoy equivocado”. Inmediatamente se
detuvo el programa, nadie sabía cómo reaccionar. Mi contrincante se puso muy nervioso y me
tachó de trásfuga e insinuó que mi comportamiento debía obedecer a algún tipo
de estrategia. Por supuesto, el
moderador me obligó a rectificar y yo volví a debatir contundentemente para
alivio de los confusos espectadores.
En fin, de
este modo las aguas volvieron a su cauce y los electores tuvieron opciones
diversas a las que poder votar. Y por
eso, ahora yo, político, me dirijo a ti,
elector, para pedirte perdón y asegurarte que algo así no volverá a pasar nunca más.
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