Esta mañana,
paseando por Jaén, me he vuelto a tropezar con la pobre Cultura. La verdad es que hacía mucho tiempo que no
sabía nada de ella. Como la he visto afligida y melancólica, me he acercado
hasta la mujer para interesarme por su estado, y ella, que parecía un tanto
ausente, me ha contestado con evasivas.
Tras despedirnos, la he seguido durante un trecho, y aunque parecía
vagar sin rumbo fijo, como si se tratara de un alcohólico que trata de evitar
acabar en la taberna, sus pasos finalmente la han llevado hasta la entrada del
teatro. Allí ha permanecido, camuflada,
largo tiempo, cabizbaja y en silencio, tratando de no llamar la atención de los
viandantes. Finalmente me he acercado
hasta ella y le he preguntado que por qué no entraba. Al fin y al cabo ese es su lugar más lógico, y
el hogar natural de la Cultura. Y ella,
tras mirar hacia todos lados, por si había cerca oídos indiscretos que nos
escucharan, me ha dicho que no, que ya no, que eso era antes, que ahora se
sentía desposeída de su espacio vital, casi como desahuciada, que aunque no ha
sido expulsada totalmente de aquel escenario, porque al fin y al cabo su
trabajo es valorado muy positivamente
por la ciudadanía, la hacían sentirse poco menos que una intrusa cuya presencia
se tolera con cierta incomodidad, y como le he preguntado los motivos de
semejante despropósito, ella ha terminado desahogándose conmigo.
Resulta que, aunque hay gente que valora la importancia de su trabajo y
le anima a seguir adelante, hay otras instancias proclives a obstaculizar su
labor, y la pobre Cultura, que es muy
sensitiva, nota que le han perdido el respeto.
Y tiene que ir arrastrándose de despacho en despacho, como si tuviera
que mendigar un poco de misericordia, y lo único que le dan son cuatro gritos,
y reiteradas amenazas y llamadas al
orden, y a la pobre, no le queda más remedio que acachar la cabeza y ampliar su
recurrente repertorio de disculpas. Y no lleva nada bien, la criatura, que cada
vez le pongan más difícil lo de acceder a los espacios en los que ella ha
vivido toda su vida, por eso la mujer
siempre que puede se cuela a hurtadillas en los escenarios, sin hacer mucho
ruido, sin molestar demasiado, no vaya a ser que se reboten contra ella y la
expulsen definitivamente. Menos mal que
mantiene la complicidad del público, que continúa riendo y reflexionando y
emocionándose con ella, y al final acaba premiándole con un agradecidísimo
aplauso. Y eso es lo que a ella le da la
vida, y el motivo por el cuál continúa soportando tantas humillaciones, porque
disfruta con su trabajo. Aunque a veces
se arrepiente de no haberse presentado a unas oposiciones como le advertían,
años atrás, sus padres: “búscate algo
seguro, hija mía”. Pero ella siguió su
vocación. Aunque ahora no sabe si le dejarán seguir haciendo, durante
mucho tiempo, este trabajo, y la Cultura, que fue orgullosa y contestataria en
su origen, con el tiempo y con los
golpes que ha ido recibiendo, se ha tenido que volver sumisa y dócil. Pero con un brillo en los ojos acaba
anunciándome que si la siguen humillando no va a tener más remedio que explotar
y gritarles cuatro verdades en la cara a los que la amenazan, y va a volver a
pelear con las únicas armas que ella posee, el arte y el ingenio.
Y la creo muy capaz de ello.
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