Os saludo a todos, mi nombre es Francisco
Delicado. Aquí estoy de nuevo, a la sombra de la Peña de Martos,
horizonte querido de mis años mozos. Y es que este
paisaje encierra, para mí, una hermosura sin igual. Y no
os lo dice alguien que ha permanecido recluido en su tierra durante toda su
existencia, sino uno que ha vivido largos años en las dos ciudades más hermosas
de su tiempo y también del vuestro, pues las siete colinas de Roma y las mil
islas de Venecia han sido también mis hogares. Pero jamás olvidé mi
tierra, y por ello dejé memoria escrita de la gracia de sus gentes y de la
grandiosidad de su inexpugnable Peña. ¿Qué decís? ¿Que cuál es mi
oficio? Pues debéis saber que yo he sido escritor de literatura erótica y
también clérigo, ¡ah! y médico. ¿Qué pasa? ¿Por qué os
extrañáis? ¿Os resulta raro que haya tenido tantas
profesiones? Pues ya veis que a las mentes curiosas y a
las gentes inquietas nos complace emprender variadas ocupaciones. ¿Ah,
no es eso lo que os escandaliza? Entiendo, os resulta chocante que
sea, a la vez, clérigo y escritor de literatura erótica. Pues no os
debe extrañar, pues uno escribe sobre lo que conoce, y la Roma de los Borgia en
la que habité, era un lugar singular, en el que no regían los mismos valores
que después han imperado. Debéis saber que en aquel ambiente,
coexistían en armonía las morales más contrapuestas. Y allí conviví
con criados, pícaros, cardenales lascivos y
prostitutas. Y a todos los junté en mi obra más señalada,
la titulada “Retrato de la Lozana Andaluza”, relato a través del cual
reconstruí, con letras en lugar de ladrillos, los barrios prostibularios que
tantas veces recorrí. Y tan profundamente conocía
aquellos lares, que me propuse trasplantar sus habitantes al papel de mi
obra. Y así nacieron más de cien personajes, entre los
que destaca la protagonista absoluta, que no es otra que Aldonza, una singular
prostituta andaluza. Y en la obra estoy, incluso, yo mismo,
pues mi autorretrato convive con los otros personajes, lo cual constituye un
rasgo más de la originalidad y modernidad de mi obra. Y en ella, no
tuve reparo en tratar temas obscenos en un ambiente de ritos mágicos, conjuros
y drogas, que se inscribe en la tradición de la novela picaresca,
junto con “La Celestina” o el “Lazarillo de Tormes”. Y si mi
creación no ocupa el lugar que merece al lado de esas cumbres de la literatura
española, es en parte, a causa de la persecución de mi obra, que
emprendieron ciertos estudiosos moralistas, que la condenaron
durante siglos al infierno de los libros prohibidos, obviando la
riqueza de su lenguaje, el ingenio de sus dobles sentidos y el retrato de una
época y de un lugar tan principal como es la Roma del Renacimiento, Babel de
todas las grandezas, los vicios y las lenguas, en dónde habita Aldonza, mi
excelsa protagonista, tan ligada a mi fortuna. Y es
que mi Lozana Andaluza, sufrió la sífilis como yo, y sobrevivió como
yo a la ira antiespañola tras el saqueo de Roma, gozando al final de la obra de
un desenlace feliz, decisión que no me perdonarían jamás aquellos que
condenaron mi creación al purgatorio de los libros vergonzosos y
obscuros, por no haberle dado un final trágico, moralizante y
ejemplar, a mi libre, a mi astuta, a mi querida protagonista.
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