En el reparto inicial de latitudes y relieves,
no le tocó a Jaén en suerte franja costera alguna, y la pobre ingenua, recién
licenciada en geografía como estaba, pizpireta y abierta con su aire
provinciano, miraba con cierta aprensión a algunas de sus hermanas andaluzas,
que enseñaban a la luz del día con descaro exhibicionista sus fotogénicas
playas recién humedecidas. Y lejos de plegarse en estériles rencores, la
recién graduada tomó su título y corrió a repasar sus primorosos apuntes de
orografía básica.
Y ocurrió que mientras diseñaba montañosos recovecos,
desfiladeros y sierras, sintió cierta desazón, la pobre, y temblores y sofocos,
sorprendiendo a todos con su intenso griterío, roto por el acuático llanto de
un caudal recién nacido. Y es que fruto de alguna volcánica pasión de su
fértil etapa universitaria, parió Jaén a solas, un hijo natural, un río
caudaloso de imparable brío. Y decidió compartirlo, desprendida, con sus
no tan fértiles hermanas. Y juntas lo criaron y lo educaron. Y
ahora de mayor, la generosa tierra, que ha sabido madurar con sólida dignidad,
lejos de espantar al viajero con un perfil rocoso de lugar retorcido y escabroso,
se esfuerza por recibir al recién llegado con aire sereno, para
contagiarle la calma interior que de ella emana, de tierra tan curtida, serrana
y noble.
No hay comentarios:
Publicar un comentario