Hoy me he levantado un poco místico, y me apetece caminar
hacia algún templo. Uno grande,
imponente. Lo más sagrado posible.
A mi ciudad no le queda mezquita ni sinagoga alguna, las
perdió en una esquina de los siglos, al girar en una intersección del tiempo,
especialmente agitada por tumultuosos conflictos, la pobre Jaén dejó caer todas esas maravillas
de sus bolsillos y no fue capaz de arrodillarse para recogerlas.
Y si se te caen las mezquitas y las sinagogas, esas cosas son muy difíciles de recuperar,
que en cuanto te descuidas, van y te pegan el cambiazo, y dónde tenías el solar
sagrado, te han hecho mudanza de fe, de reliquias y de nómina de divinidades.
Ahora Jaén tiene un templo de columnas corintias. Aunque pudiera parecerlo, no es una nave
espacial recién aterrizada en la pista habilitada al efecto. No. Es más bien una gran escenografía barroca,
con tramoyas y telones de piedra. En el
amplio escenario de la principal plaza, se levanta este gran decorado barroco, y
el primer acto del espectáculo está labrado en sus muros, en sus pétreas
bambalinas.
La Catedral de Jaén deja sin aliento a los sorprendidos
espectadores que se asoman a la función.
Qué espectacular decorado han conseguido levantar el gran Vandelvira y
el resto de escenógrafos que han intervenido a lo largo del tiempo en este
proyecto colosal.
Cruzo el umbral sagrado para disfrutar del segundo acto, y de
pronto, lo primero que llama mi atención es el silencio. Un silencio ensordecedor. La
piedra vigila el silencio, preserva y
filtra los sonidos, solo los imprescindibles son permitidos allí dentro. La piedra se erige en guardiana, como una
exquisita gourmet del silencio. Y qué
nave tan espaciosa, parece que quisiera rozar las nubes. Y el techo, suspendido casi en el
cielo. Pareciera diseñado para que
anduvieran gigantes en su seno, como si los santos y seres sobrenaturales
necesitaran esas longitudes para no darse un coscorrón en la cabeza, o como si
se ofreciera pista libre a los ángeles, para poder sobrevolar a sus anchas
sobre las cabezas de los feligreses, sin miedo a catástrofes ni a colisiones en
el interior del espacio aéreo del edificio.
El aire es especial, allí dentro. Es aire que acaricia los pulmones. Aire besado por las alas de los
ángeles. Y en el corazón del templo,
contemplar el coro de la Catedral de Jaén, es una experiencia alucinógena. Es uno de esos sitios que tienen la capacidad
de envolverte, de hechizarte hasta hacerte creer que estás en otro tiempo, e
incluso en otra dimensión.
Tiempo atrás, grandes artistas tallaron la madera, como si de un lienzo se tratase,
acariciándola hasta crear maravillas.
Es necesario explorarlo; como todos los tesoros realmente
valiosos no se muestra a primera vista, hay que encorvarse, ponerse de
puntillas, arrodillarse, alzarse, acuclillarse, levitar… para tratar de
descubrir cada detalle macabro, cada fragmento sublime, cada curiosidad
grotesca, cada imagen excelsa.
Quisiera uno atrapar todas sus imágenes y llevárselas en la
mochila de la retina, para jugar con esas diapositivas de belleza, y usarlas
como píldoras de armonía, cuando el caos se apodera de uno.
Incluso a los que somos descreídos, nos asalta, por unos
momentos, la certeza de la existencia del cielo, y también de un infierno grotesco
y delirante.
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