Buenos días. Por favor ¿sería tan amable de ponerme cuarto
y mitad de libertad de expresión? Es que
en casa la consumimos mucho. ¿A cuánto
sale el kilo? ¡Madre mía! Está carísima. Ya sé, ya sé que últimamente está muy complicado
conseguirla, que todos esos sucedáneos de libertad de expresión que circulan
gratis por las redes sociales han convertido la auténtica, la natural de toda
la vida, en un producto de lujo. Póngame
entonces mitad de cuarto. Tocará
dosificarla. Es el signo de los
tiempos. Bien. Gracias.
No, no me la envuelva. Voy a
consumirla ahora mismo:
Verá, yo es que sobre todo he
venido a este establecimiento para devolver mi papeleta de voto. Sí, la adquirí aquí, en esta tienda. Recuerdo que en cuanto la vi, tan
prometedora, tan pura, en el estante principal del escaparate, me enamoró
porque representaba, según la publicidad, justo lo que yo andaba buscando. Además, el muchacho del mostrador que me
atendió llegó a prometerme que esta papeleta de voto constituía un compromiso
insobornable por parte de la empresa que iba a resolver todos mis problemas
políticos de una vez por todas. Verá,
resulta que yo estoy muy concienciado con la realidad social. Y en fin, yo venía notando últimamente que mi
partido político de toda la vida, ya no era tan eficaz, había perdido potencia. Al hacer la colada, por ejemplo, no lavaba la
corrupción como Dios manda, y me dejaba restos de suciedad en la conciencia y
yo estaba harto de frotar y frotar.
¿Cómo dice? ¿Qué a lo mejor es un problema de la fecha de
caducidad? No señor, se suponía que esto
aguantaba cuatro años, ¿no? ¿Qué
insinúa? ¿Qué tal vez el problema es que
yo le he dado mal uso? Ni hablar, he
seguido las instrucciones al pie de la letra. Y mantenimiento sí que gasta, que
me ha venido la factura de este mes de las instituciones públicas y es un
dineral lo que yo llevo invertido en este trasto inútil.
Así que haga usted el favor de
hablar con sus jefes porque yo tengo derecho a una solución. He llamado un montón de veces a “atención al
cliente” y después de tenerme casi una hora esperando con un horroroso popurrí
de sintonías electorales de fondo, cuando al fin se me ha puesto el
teleoperador lo único que ha hecho ha sido darme largas.
Y me da mucha pena venir aquí a
reclamar, no se crea, porque esta es mi tienda de toda la vida y soy cliente
desde los 18 años, y he consumido de todo: utopías, votos de castigo,
plebiscitos de adorno, votos útiles, pero estoy muy desengañado y me van a empujar ustedes a la
competencia. En la tienda de enfrente,
tienen una oferta de abstenciones superatractiva, y están los dependientes que
no dan abasto, atendiendo antiguos clientes
de ustedes, insatisfechos como yo.
Ya sé que la crisis les ha pasado
factura y por eso se han tenido que reconvertir en comercio low-cost, pero no,
no deseo adquirir esa oferta inmejorable en demagogia que me ofrece. Aunque esté de moda, no es eso lo que busco,
yo solo quiero un poco de democracia de toda la vida.
¿Cómo dice? Ah, que ya tiene la respuesta de sus
jefes. Perfecto. Dígame.
¿Qué? Que lo único que pueden
hacer por mí es darme otro voto. No
señor, yo no quiero otra papeleta. Si es
de las mismas características que la anterior ¿quién me garantiza que esta vez
funcione? ¡Lo que yo quiero, maldita
sea, es que me devuelvan la ilusión!
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