Yo crecí a los pies de un
cerro coronado por un castillo. Seguro
que desde hace infinidad de años tienen lugar ritos paganos en sus laderas, o
en su cima. Ritos de noviembre. Un día de otoño, en lo alto del pequeño
monte, por la acción de alguna alquimia telúrica, el castillo medieval
experimenta un extraño hechizo, de modo que de sus piedras emana un poderoso
magnetismo, y los imantados muros son capaces de atraer a los habitantes de las
casas que se extienden al pie de la montaña, que ascienden en grupos hacia la
cima como respondiendo a una llamada ancestral.
Estas cosas ocurren en la ciudad de Jaén, que dibuja sus calles
desordenadas al pie del castillo mágico de piedras imantadas.
Un día de noviembre de
cada año, la diosa que habita entre los riscos y los parajes de aquel
montículo, y que desde muchos siglos atrás ha recibido distintas denominaciones
y que ahora conocemos como Santa Catalina, despliega también sus poderes
mágicos. Ella, la milagrosa, es capaz de
conseguir que centenares y miles de sardinas naden más de cien kilómetros
tierra adentro, y que de algún modo escalen, después, las laderas del cerro con
el único objetivo de convertirse en víctimas del sacrificio ritual de un día de
noviembre.
Los romeros que asisten a
esta ceremonia mágica creen tomar posesión de la fortaleza medieval. También árabes, cristianos, franceses,
españoles, turistas, guerreros, funcionarios o políticos llegaron a pensar en
algún momento que el Castillo de Santa Catalina era una de sus posesiones. Pero se equivocaron todos ellos.
En la frontera del cielo,
de pie a veces, otras tumbado, el castillo espera, siempre. No tiene prisa. Aguarda a sus auténticas dueñas: las nubes.
Ellas son la tropa que
domina la fortaleza militar y ejercen su dominio desde otras almenas más
elevadas que las que coronan las torres de piedra. Y para dejar constancia de su poder, a menudo
descienden, hasta el recinto amurallado, y lo rodean y lo ocupan, ocultándolo a
nuestra mirada. Juegan a hacer magia y
extienden, las nubes, un manto blanco, y ocultan el castillo. Y se agachan, otras veces, y le hacen
cosquillas a la sumisa atalaya, por debajo, por la falda. Aunque también hay días en los que se
enfurruñan y grises de ira, hacen gala de su tormentoso carácter, y desatan los
vientos y azotan las piedras, que aguantan en silencio el castigo. Aunque la vecina cruz en más de una ocasión
ha sucumbido ante el descreído viento, el irreverente elemento no sabe de sagrados
respetos.
Y la luna se asoma todas
las noches para contemplar, fascinada, semejantes hechizos. Y nosotros, que miramos todo aquello desde
abajo, hundidos en nuestra frágil condición, nos empeñamos, tozudos, en
ascender la colina e izar banderas de dominio, pero el viento y el agua se encargan
de borrarlas.
¿Qué ha quedado de las
enseñas moras, y de los pendones cristianos, y de la tricolor francesa, que en
tiempos ondearon en la torre más alta?
Hoy son despojos, jirones, juguetes frágiles para los caprichos del
viento y la lluvia, y creemos que nuestra bandera roja y amarilla ondeará por
siempre, pero las nubes, dueñas del castillo, pasan lentas, ajenas, suaves,
etéreas, sobre nuestras cabezas, mirándonos con el desdén del que se sabe
superior y no tiene por qué demostrar su poderío, su grandeza, su dominio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario