Cuando un
escritor aborda el desenlace de una historia se esfuerza por conseguir un final
redondo, coherente, una conclusión lógica capaz de dotar de sentido a todas las
tramas a las que habíamos asistido a lo largo de la narración, para que del
conjunto se desprenda una cierta racionalidad, un mensaje.
Pero en la
vida, a menudo, los desenlaces no son, lamentablemente, redondos, no obedecen a
una lógica, no suponen la culminación pertinente de los acontecimientos, no
constituyen un punto y final coherente.
Por
desgracia, cuando, en un proceso de grave enfermedad, uno asiste a la agonía de
un ser querido, constata, con tristeza,
que la errática narrativa de nuestro drama existencial no encuentra, en
ocasiones, un cauce para remediar el sufrimiento.
En muchas de
nuestras obras teatrales clásicas el nudo de conflictos irresolubles era
finalmente resuelto por la irrupción de un personaje dotado de autoridad (en
ocasiones el mismísimo Rey en persona) que propiciaba una adecuada solución a
todos los laberintos dramáticos de la obra.
Sin embargo en el nudo de
conflictos dramáticos de nuestras
agonías terminales, no hay “deus ex machina” alguno capaz de remediar
situaciones tan angustiosas.
La muerte es
un fastidio enorme, estamos obsesionados por acumular objetos y experiencias, y
tratamos de ignorar ese macabro trámite que nos despoja de propiedades y
vivencias. Y nuestros políticos,
garantes del bien común de una sociedad plural y adulta, no han sido capaces de
dotarnos todavía de una reglamentación global y pormenorizada sobre este
asunto, a través de un esfuerzo
legislativo capaz de equipararnos en esta materia con los ordenamientos de los
países más avanzados de nuestro entorno.
Para que en aquellos casos en los
que nuestra tragicomedia vital, se encuentre atascada sin solución médica
viable, y en una situación de sufrimiento sin sentido, prevalezca la voluntad del individuo para
exigir un final digno.
Se trata de
un tema muy complejo, en el que caben apreciaciones morales de distinto signo, pero que requiere
un debate racional y desapasionado, superando cuestiones de tacticismo
electoral, que pudieran propiciar que nuestros legisladores no desearan complicarse
la vida abordando una materia que aunque
puede paliar situaciones muy dolorosas, tal vez suscite el rechazo de algunos
de sus votantes.
Tal vez por
eso nuestro sistema legislativo ha sido incapaz de reglamentar adecuadamente un
tema tan vital como es el derecho a una muerte digna, y este es un asunto que
posiblemente nos acabará afectando, tarde o temprano, en 1ª, 2ª o 3ª
persona. Nos creemos que nuestra comedia
es eterna, que podremos seguir encadenando escenas hasta el infinito, olvidando
a menudo que las frágiles cuerdas de nuestra tramoya pueden resquebrajarse en
mitad del monólogo, dejándonos atrapados
por un telón que no ha caído completamente, e iluminados por las sombras de
unos focos, cuyas lámparas no acaban de fundirse, mientras los atónitos
espectadores contemplan nuestra agonía con piedad e impotencia.
Por eso es
fundamental que cuando los médicos hayan determinado fehacientemente que se nos
acabaron para siempre el texto y las acotaciones, y de nuestro personaje lo único que quede sea
una máscara de tragedia, se nos permita hacer mutis de escena, mediante un
final digno.
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