Ea. Tenía que pasar. Este nuevo siglo nos está creciendo muy
deprisa. Parecía cosa de ciencia ficción
cuando lo estábamos esperando, y ahora se nos está convirtiendo en historia a
pasos agigantados. Pero bueno, es ley
de vida que la criatura se nos esté haciendo mayor. Y eso que parece que fue ayer cuando lo
parimos entre todos, y qué mal lo pasamos con las contracciones y el efecto dosmil,
y los milenarismos y la epidural…
Luego
vinieron los primeros años, en los que no ganábamos para sustos, de modo que
entre ataques, invasiones, berrinches y demás terrores nocturnos, y la pérdida
de libertad que estas cosas traen consigo, la criatura nos dio más guerra de lo
que imaginábamos.
El caso es
que los años han pasado casi sin darnos cuenta y ya lo tenemos al siglo XXI con
sus 18 añitos recién cumplidos, de modo que el muchacho ha alcanzado ya su
mayoría de edad legal. Madre mía, cómo
pasa el tiempo, casi no hemos podido disfrutar de su ingenuidad, ni de su etapa
más lúdica, y ya lo tenemos en plena crisis juvenil. Y en fin, todos los que tenéis hijos sabéis
que está en una edad muy delicada, en ese momento en el que uno cree que lo
sabe todo y que la herencia de los que le precedieron no tiene demasiado valor,
y se considera invulnerable, y coquetea con el peligro. Y nosotros intentamos advertirle, pero no hay
manera, él se empecina en juntarse con malas compañías (multinacionales) que le
influyen demasiado. Y además, a ver
quién le convence para que deje de reírle las gracias a ese par de líderes
pandilleros enfrentados: Trump y Kim Jong-un; y demás nefastas influencias que están
haciendo que a nuestro adolescente siglo le esté aflorando cierto ramalazo
integrista un tanto inquietante.
Por no
hablar de su tendencia a sentirse atraído por sustancias peligrosas que
provocan una fugaz sensación de falso bienestar y que luego nos traerán
terribles quebraderos de cabeza. Todos
sabemos que nuestra criatura atraviesa una etapa en la que no es consciente de
los riesgos para su organismo, que pueden resultar irreversibles. Pero es tozudo, y no atiende a razones, y se empeña en coquetear con productos tóxicos que a este ritmo pueden
llegar a provocarle daños muy serios de salud global, cambio climático y
demás. Que en casa ya empezamos a
notarle los síntomas, y a menudo cuando entras en su cuarto de improviso te
sacude una atmósfera irrespirable.
Y en fin,
ahora nos ha surgido un nuevo conflicto, el de la independencia. En cierto modo ya lo esperábamos, porque es
lo que toca a partir de los dieciocho años, ¿no? Pero el caso es que está resultando peor de
lo que imaginábamos y se está convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza
que provoca un montón de polémicas familiares.
Y es una pena, porque en los poquitos ratos en los que coincidimos en la
casa (porque los padres y las madres de hoy en día estamos tan liados que no
podemos dedicarles el tiempo que quisiéramos a los hijos), tratamos de charlar
del tema de un modo racional y desapasionado, pero enseguida comenzamos a
discutir de una manera airada y casi violenta.
Y la verdad es que las posturas están empezando a resultar
irreconciliables. Pero bueno, nosotros no perdemos la esperanza de que tarde o
temprano, nuestro acomodado eterno adolescente, se decida a independizarse de
una vez.
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