A veces sorprendo a
mis libros (de papel) inquietos frente al ordenador. Cuando me acerco a
ellos descubro ásperas sus páginas, un poco erizado su lomo y su portada más
lívida de lo normal. Al descubrirme disimulan, pero cuando rastreo el historial de mi
ordenador, compruebo que han estado escudriñando mi biblioteca virtual.
Debe ser extraño, para ellos, tan tridimensionales, toparse con sus gemelos
digitales, tan fríos, tan sin tinta en las venas.
Deben sentirse víctimas de una extraña conspiración que amenaza su existencia, algo parecido a una invasión de los ladrones de letras, y como en la película clásica de Hollywood, tal vez tengan pesadillas acerca de una misteriosa plaga llegada de no se sabe dónde, que empieza a mostrarse a través de ciertos fenómenos inquietantes en las viviendas vecinas, hasta que una mañana, en su propio hogar, comprueban que alguien está sustituyendo a sus propios congéneres por réplicas exactas, milimétricamente copiadas, pero que carecen de ese algo intangible que nos hace ser especiales y únicos.
Supongo que el clímax de
la pesadilla de mis pobres, atribulados libros de papel, es despertarse un día, y comprobar que no
están, como siempre, alineados en las deslavazadas estanterías de mi sobrecargada
biblioteca, sino confinados en no sé qué cubículo digital, de vaya usted a
saber qué nube virtual, localizada en un rincón remoto del infinito limbo de
las nuevas tecnologías y que, víctimas de una transfusión de tinta
electrónica, su horizonte binario es acompañar al resto de volúmenes que
atesoran el compendio del saber humano en tales celdas, estrechas y
asépticas.
Pobres. No saben, mis atemorizados libros, que los
impostores que moran en los misteriosos discos duros, al carecer de entidad
física, jamás podrán lograr el tacto y cierto carácter sensitivo que también
forma parte del placer de la lectura.
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