A la
monumental Plaza de Santa María, frente a la Catedral de Baeza, vino Joan
Manuel Serrat a presentar su concierto titulado “Mediterráneo da capo”
compuesto por todas las canciones de este histórico disco de 1971 y
por otras maravillosas piezas de su infinito repertorio. Y es que la obra de Serrat es como el mar, al
otear el horizonte uno es incapaz de ver su final, aunque sepa que existe. Y te mece, y te hechiza cuando te detienes a
disfrutar de su rítmica cadencia.
Y aquella
noche, se trajo el Mediterráneo, Serrat, en la maleta, y lo desplegó en Baeza
estirándolo hasta los confines de la noche renacentista. Y es que con la magia de sus canciones fue
capaz de empujar la línea de la costa un montón de kilómetros, de modo que eran
litoral las serenas calles baezanas, y la torre principal de la Catedral era un
faro al borde del agua.
Nos hicimos
amigos de Serrat desde el principio, sin conocerle personalmente y sin que
nadie nos lo presentara. No todos los
días tenemos la oportunidad de charlar de una manera tan cercana con uno de
nuestros mitos, y no importa que en ese diálogo hubiera implicadas miles de
personas, ni tampoco importa que fuera, la de Serrat, la única voz que se
escuchó durante todo el tiempo, porque tuvimos el privilegio de poder
mantener una conversación cercana, en la que nuestro interlocutor alternaba la
palabra y la música y nos hacía partícipes de su sencilla sabiduría mientras sus
millares de contertulios le escuchábamos embobados.
Y el catalán
era también nuestra lengua aquella noche, y éramos capaces de interiorizarla
aunque no domináramos todos sus engranajes semánticos o sintácticos, la
sentíamos cercana y hermosa, durante las canciones que Serrat cantó en uno de
sus idiomas maternos. Y aunque en
algunos momentos tuviéramos que mirar de reojo la traducción simultánea, fuimos
bilingües durante unas horas y nos sentimos orgullosos de nuestra lengua
catalana.
Fue una
hermosa travesía, en la que la invisible luna rielaba su reflejo en la
superficie del inmenso Mediterráneo de olivos que nos rodeaba, mientras las normalmente tranquilas aguas de
la ilustre y elegante Fuente de Santa María (sentada confortable en primera
fila del concierto), se soñaban de pronto acariciadas por olas y mareas en sus
centenarias renacentistas piedras.
Y si te
fijabas podías ver a Don Antonio Machado, deteniendo por un momento su eterno
caminar por las sendas baezanas, y casi era posible adivinar en su gesto
concentrado una sonrisa cómplice.
Y por si
fuera poco, Serrat, como quien lanza confeti, lanzo puñados y puñados de versos
sobre las estrellas de la noche baezana, y a todos los que estábamos a su
alrededor se nos prendieron unos cuantos en la ropa, y en el pelo, y en toda la
piel, y decidimos no quitárnoslos, ni cepillarnos ninguno de esos versos de
confeti. Y hemos dormido con ellos la
mar de a gusto. Y al despertar, algunos
han quedado arrugados en la cama y otros han desaparecido diluidos en los
sueños. Pero afortunadamente yo he
conservado unos cuantos, que espero que
me duren lo máximo posible.
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