Y aquí estoy de nuevo,
en la puerta de mi casa en la noble
villa de Segura de la Sierra, que me vio
nacer. Aunque, otros dicen que mi
alumbramiento tuvo lugar en las tierras palentinas de Paredes de Nava. Pero al ser yo tan menudo, no guardo memoria
del acontecimiento.
Perdonad, no me he presentado. Mi nombre es Jorge Manrique.
¿Me conocéis? Seguro que la posteridad ha preservado mi
arrojo y gallardía en las muchas acciones militares en las que tomé parte
¿verdad? ¿Cómo? A qué vienen esas expresiones de
asombro. ¿No sabíais que fui un
guerrero? ¿Qué decís? Ah.
Solo conocéis mis coplas. Qué
paradoja, que un militar tan curtido como yo, haya pasado a la historia por un
llanto.
Sí. Habéis acertado. Soy el autor de las coplas a la muerte de mi
padre Rodrigo Manrique que fue maestre
de la orden militar de Santiago aquí en Segura de la Sierra. ¿Qué decís?
¿Qué mi obra se ha convertido en la más grande elegía en lengua
castellana? Me alegra saberlo. La verdad es que procedo de una casta de poetas y guerreros, pues en mi tiempo el
ejercicio de las letras y las armas iban a menudo de la mano. Entre mis parientes estaban nada menos que
Garcilaso de la Vega, o el Marqués de Santillana, primo de mi madre, que se inspiró en sus
viajes a estas zonas para crear sus memorables serranillas.
Y también fue mujer muy
principal, mi propia madre, Mencía de Figueroa, que era natural de Beas, y que murió cuando yo era niño, y tras su triste deceso, sus restos llegaron a
reposar por un tiempo en Orcera. El
dolor que me produjo tal pérdida fue horrible, pero aun no dominaba yo las armas
poéticas, y no era capaz de clavar con precisión la espada literaria en el
corazón del lector.
Pero cuando mi pobre
padre falleció tras un penoso cáncer que desfiguró su noble faz, sentía la necesidad de expresar el dolor que
me causó su muerte y quería también reflexionar sobre la fugacidad de las cosas
mundanas. De eso sabemos mucho en estas tierras de
Segura y en otros enclaves de Jaén, que eran joyas de valor incalculable para
la corona castellana en aquellos días. Cuántas
fortalezas se levantaron aquí, cuantos nobles y cuantas riquezas en este lugar
se forjaron y qué acciones de gran bravura y honor se ejercitaron, y
ahora… ¿dónde han ido a parar tales
glorias, y tales bellezas, y tales grandiosidades?, ¿qué fue de todos aquellos nobles hombres y excelentes
damas que colmaban de grandeza estos
lugares?
El caso es que por estas tierras de grandes ríos,
discurrió un buen tramo del cauce de mi existir,
pues qué otra cosa son las humanas vidas
sino caudalosos ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Y así mis aguas vitales pasaron plácidas por Chiclana
de Segura, en dónde fui nombrado
Comendador, y también el río de mi vida
se precipitó en forma de violenta cascada por la villa de Baeza en dónde tras una desgraciada
acción militar, murió mi hermano y yo mismo permanecí un tiempo preso.
Y 40 años después de
que aquella breve fuente de mi nacimiento empezara a brotar en un paraje
serrano, el río de mi vida, llegó a su desembocadura cuando guerreaba por mi señora
la reina Isabel de Castilla. Aunque me
consuela saber, que mis versos desbordados han seguido regando durante largos
siglos el ingenio y la imaginación de generaciones enteras.
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