Aquí estoy. De nuevo en Jaén, en la Calle Llana número 9,
como en aquella primavera de 1937, tan importante para mí.
Hola, soy Miguel. Miguel Hernández. Me dirijo a vosotros
giennenses del futuro. Todos me conocéis, ¿verdad? Y sin
duda atesoráis en vuestras viviendas ejemplares de mis obras. Sí, soy el autor de “El rayo que no cesa”, de “Vientos
del pueblo”, de “Cancionero y romancero
de ausencias”. Un momento, ¿por qué
ponéis caras raras? ¿Acaso no habéis leído mis libros? ¿Me
habéis olvidado? No lo entiendo.
Aunque admito que
ha pasado bastante tiempo. 80 años, ya, desde aquellos felices días de mi
estancia en Jaén. Y pronto se cumplirán 75 años de otra fecha, en la que
ocurrió algo fundamental en mi historia, que no me resulta grato recordar. Hablo de aquel 28 de marzo de 1942 que
encabeza, adornado con una cruz (y a
continuación de mi fecha de nacimiento), todas mis biografías…
Bueno. El caso es que ciertas autoridades de la
provincia se han puesto en contacto conmigo para conmemorar tales
efemérides. Y aquí estoy, feliz de
volver a esta tierra a la que tanto amé, y en la que tanto amé. Porque
igual que algunos pasan su viaje de novios en París, o cruzan el mar con su
pareja en un gran buque, yo disfruté de
mi luna de miel en la graciosa, lunar y solar ciudad de Jaén. ¡Qué más se
puede pedir! Acababa de casarme con mi
querida Josefina, paisana vuestra, natural de Quesada. Y aquellos fueron nuestros mejores
días. Dedicábamos horas
al amor, a pesar de la guerra.
Eran tiempos de lucha y yo no quería ser poeta de retaguardia. Y Jaén en aquellos días estaba en zona de
contienda. De hecho fuimos testigos de
las consecuencias del terrible bombardeo que ocasionó cientos de muertos y
heridos entre los, hasta entonces, confiados giennenses.
Fueron tres meses
intensos. Yo disfrutaba declamando estrofas
por los pueblos de esta tierra. En aquellos días en los que la metralla
sustituyó a la palabra entre los hombres de pensamientos antagónicos, yo
combatía por mis ideas disparando versos aquí y allá. Aun me sentía
poeta-soldado, aunque años después alojado ya en la derrota y en la cárcel,
desengañado y lúcido, escribí aquello de “tristes guerras (si no es amor la
empresa)”.
Pero durante aquella
primavera de miel en Jaén, nos sentíamos eternos. Recuerdo que Josefina y yo, de la mano caminábamos por la
Senda de los Huertos, y llegábamos hasta Jabalcuz en dónde me gustaba
bañarme en una alberca.
En Jaén viví algunos de
los mejores momentos de mi vida. Aquí engendré vida y palabra. En aquellos días descubrí que iba a ser padre,
por primera vez. De mi hijo Manuel
Ramón. Y también se generó en esta
tierra otro parto, en este caso literario, el de mi obra “Viento del pueblo”. Aunque mi pobre hijo falleció pocos meses
después de su nacimiento. Y mi libro,
por lo que veo, no ha quedado, como yo soñaba, en la memoria colectiva de las
gentes del pueblo. Parece que, del mismo
modo en el que yo pasé mis últimos días
en la cárcel, mis obras han sido condenadas a la reclusión del olvido.
Un momento, ¿qué
escucho? ¿Estáis cantando? …Andaluces de Jaén, aceituneros
altivos… Son mis versos, los sembré en
estas tierras, al lado de vuestros olivos, me hace feliz que aun tengan vida,
aunque sea trasplantados a la solemnidad de un himno.
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