jueves, 2 de abril de 2015

LAS OTRAS PROCESIONES DE ANDALUCÍA. ABRIL 2015.


En estos días vivimos de lleno la Semana Santa e inevitablemente siento un cierto “déjà vu”, es como si Andalucía repitiera en un breve lapso idéntica celebración, pues hace muy poco tiempo nuestra comunidad acudía a las urnas en procesión escenificando su vía crucis.

Y en aquella prematura pascua de los votos, los costaleros afiliados a las distintas cofradías del gobierno y de la oposición, paseaban las primorosas y  engalanadas imágenes de sus líderes, a hombros por las carreteras autonómicas, tratando de captar la devoción de los electores, algunos crédulos, devotos y hasta beatos, prestos a tomar el cirio y el slogan y a caminar al ritmo cadencioso que marcan los tambores y las cornetas afinados en la sede cofrade. Mientras que otros paisanos o viandantes, descreídos, e incluso blasfemos, han asistido de soslayo al rito, asomándose a hurtadillas a su ventana con escéptica curiosidad o saliendo al paso del desfile inclinando el cuello (frente a la santa imagen del milagroso líder), expectantes por si el místico momento fuera capaz de devolverles la fe y la ilusión. 
Sin duda ha sido una curiosa Pascua electoral la que hemos vivido, dado el presunto deterioro de  las tradicionales imágenes políticas de toda la vida (algunas un tanto descascarilladas y con el aura de santidad algo desgastada), y con la paradoja de que han tomado el cirio, las andas y los tronos, los seguidores de alguna cofradía de nueva creación, escéptica con los arraigados mandamientos de los evangelios constitucionales.

Sin embargo, Andalucía es tierra amante del rito y la tradición y temerosa de perder sus señas de identidad más viscerales y enraizadas, ha quedado demostrado una vez más.  De modo que pese a las inciertas expectativas, la Pascua electoral ha vuelto a culminar en resurrección, para alegría y alborozo de los tradicionales patronos cofrades.  De modo que toca santiguarse y rezar, como hicieron nuestros padres, nuestros ancestros y como harán nuestros hijos y nietos, cuando nosotros hayamos cambiado la “urna” electoral por otra más solemne y definitiva.

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