Siempre he querido conocer los caminos de las aguas de la
Magdalena para acompañarlas en su travesía.
Creo que sigo siendo, en cierta medida, el niño que creció
en el barrio de la Magdalena, fascinado
por el sonido de aquellas corrientes empapadas de historias, que se arrastran bajo el suelo,
ajenas a nuestras cotidianas preocupaciones, rozando a su paso tesoros
arqueológicos ignorados.
Si pudieran hablar, qué de historias contarían. O puede que en cierto modo hablen, porque si escuchas
su rumor, te transportan, gotean leyendas, fluyen
poesía. Aguas íberas, romanas, aguas moras, aguas cristianas y judías, aguas
eternas. Cauces míticos que vieron
nacer y crecer al legendario lagarto de la Magdalena, que tras cometer sus
fechorías buscaba la soledad del caudal primigenio para sentirse a salvo de sus
perseguidores, refugiado en la sombría humedad.
El murmullo enclaustrado del plácido cauce del raudal de la
Magdalena, monasterio del agua, albergue del preciado líquido, en el que los húmedos canales se detienen a
meditar, lejos de la vorágine de la
corriente. Ese lugar constituía, para
mí, un santuario. Era la banda sonora de
las ensoñaciones de mis primeros años, cuando me acercaba con precaución para
tratar de escuchar los rugidos del lagarto, y en las largas tardes de la infancia
disfrutaba de un hermoso concierto y lograba distinguir en ocasiones los
gruñidos del monstruo en la lejanía.
Aguas de la Magdalena, espléndido caudal que arrastra la
historia a su paso, discurriendo por cueva ignotas y estrechas y túneles de un
olvidado laberinto lleno de secretos y de umbrías magias. Y que fluye hasta los restos de la vieja
Mezquita situada frente al raudal, y allí reposan serenas en la alberca del
patio de las abluciones. Benditas aguas
que tal vez contagiadas por la naturaleza del recinto sagrado en el que se
encuentran, se han librado milagrosamente de la destrucción, pues la mayor
parte de la mezquita fue derribada en el medievo para construir la actual iglesia
católica, pero el rectangular refugio de estas aguas, el estanque en el que se
purificaron tantos moros un milenio atrás, se libró de los destrozos y reformas
que se producen cuando un credo se superpone por la fuerza de las armas a otra fe.
Frescas y ricas aguas de la Magdalena que se ofrecen
generosas para surtir los centenarios chorros
de la Fuente de los Caños o del Pilar del Arrabalejo, y que surtían de líquida
riqueza los baños árabes del actual Palacio de Villardompardo y los baños del
Naranjo, y los baños de la judería; y otros cuyo emplazamiento yacen hoy día
olvidados por casi todos, aunque estoy convencido de que las bondadosas aguas se saben el camino hasta sus
ruinosas tuberías y a menudo riegan nostálgicas sus restos subterráneos.
Y a todas esas maravillas, se une un lugar hermosísimo que apenas tuve tiempo
de visitar en mi infancia y que he descubierto recientemente. Las aguas de la Magdalena también abastecían
esa oculta joya renacentista que es el Monasterio de Santo Domingo. Bastión resistente de nuestra dilapidada
herencia histórica, que ha sobrevivido,
escudado en su discreción, el paso de los siglos y de los desmanes
urbanísticos.
En la Iglesia de Santo Domingo tuvo lugar mi bautizo hace
más de cincuenta años, tal vez por eso, desde mi nacimiento, me siento unido a
este maravilloso espacio en el que tuve el primer contacto con las mágicas y
fascinantes aguas de la Magdalena.
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