Os saludo
visitantes del Museo Íbero,
es una maravilla poder transmitir el legado de nuestras historias en un lugar
como este, porque el edificio ha quedado genial ¿verdad? Todos los espíritus
íberos
que habitamos este lugar estamos de acuerdo en afirmarlo, aunque algunos de mis
compañeros se quejan de que ha faltado un
detalle, y es que al empezar la obra, no se han depositado los restos de ningún
animal sacrificado bajo los cimientos a modo de ofrenda, que era una costumbre
de mi pueblo para invocar la fortuna y salud de los visitantes. Pero me temo que en la actualidad esta
formalidad no se encuentra homologada por el Colegio de Arquitectos. Una pena ¿verdad?
En fin, creo que ya
es hora de presentarme. Como seguramente
deduciréis por mi apostura y mi gallardía
yo soy un guerrero, pero no uno cualquiera, yo soy EL HÉROE. Y estoy orgulloso de ser el prototipo heroico
de un pueblo tan ejemplar como el íbero.
Aunque los romanos,
tan perfectos ellos, en sus escritos critican nuestras “bárbaras” costumbres, pero debo decir en nuestra
defensa que en la comunidad a la que yo pertenecía
no leíamos el futuro en los intestinos de
los enemigos como hacían
los lusitanos, ni cortábamos
la mano derecha de los combatientes vencidos como hacían
las tribus celtíberas, y aunque en ocasiones algunos
guerreros de nuestra tribu guardaban las cabezas de los oponentes derrotados,
estaréis de acuerdo conmigo en que es algo
natural el querer conservar y mostrar con orgullo los trofeos a los visitantes,
igual que ahora enmarcáis
vuestros títulos universitarios o reserváis
el mejor lugar de la vitrina a los galardones deportivos que tanto esfuerzo os
ha costado obtener. Por cierto ¿Queréis
ver mi colección?
Tranquilos, no las llevo encima…
Lo único
que traigo conmigo son mis amuletos, mirad, la pata de conejo, la herradura, el
trébol de cuatro hojas,
el gato chino que mueve la pata…
Y mi posesión
más
preciada: el colmillo del lobo…
Seguro que al
llegar hasta aquí os
ha llamado la atención
un grupo escultórico en el que un gigantesco lobo pretende devorar a un indefenso niño,
pero un valiente guerrero se enfrenta a la bestia y la derrota. Pues yo soy el vencedor del lobo. Es el motivo por el que todos los de mi
pueblo humillaban la cabeza a mi paso ¿vosotros no conocéis mi historia? Pues allá va:
Aquella noche, el
sueño había
abandonado a todos los habitantes de nuestro oppidum, y los aullidos nos hacían
temblar, escondidos en nuestras casas. Pero de pronto solo se escuchaba el llanto de un niño
y los gritos desgarrados de una madre.
Sin dudarlo, tomé mi arma y corrí tras el monstruo. Y
cuando di con la fiera, descubrí que era tan grande que ni levantando
mi brazo podría
alcanzar su altura, pero saltando logré trepar hasta su cuello y se lo cercené con mi afilada falcata. Y el monstruo derrotado se arrodilló a mis pies arrepentido de sus fechorías.
Y desde entonces, los habitantes del pueblo me
hicieron objeto de su respeto y devoción,
y pasé a
ocupar un puesto principal en la aristocracia de nuestra tribu. Y este es la historia de cómo
conseguí mi
amuleto más preciado: el colmillo de la fiera…
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