Tal vez su
genealogía venga de los saurios no extintos, de los que burlaron la devastación
del meteorito en el cretácico. O puede
que fueran los dioses íberos quienes en tiempos ignotos, en plena tarea de
creación de cielos y tierras, forjaran, entre dragón y dragón, a nuestro
lagarto legendario.
Y aunque no
está recogido en crónicas históricas, lo cierto es que nuestro mítico
protagonista causó gran espanto en las sucesivas generaciones de giennenses.
Y así, más
de un altercado provocó en las termas de la antiquísima urbe romana; patricios y plebeyos sufrieron sus
acuáticas incursiones.
Y también el
sistema de conducción de aguas de la vieja medina mora, llevó en varias
ocasiones a nuestra mítica bestia al interior de los baños árabes. Allí, mientras los vecinos gozaban entre
vapores de un merecido reposo, algunos percibían como las aguas temblaban y de
su interior surgía el monstruo legendario, que rugiendo sembraba el terror a
dentelladas.
Por eso, los
disciplinados conquistadores castellanos clausuraron aquellos recintos públicos
y cuidaron de confinar a la fiera, que hasta entonces campaba a sus anchas, en
el estrecho recinto del raudal de la Magdalena.
Pero la furia de la bestia, lejos de amainar, se incrementó tras aquel
fallido intento de reclusión.
El monstruo
rabioso comenzó a hacer sangrientas incursiones por toda la villa. Un día sí y otro también se difundía, en los mentideros de la villa, la nueva
masacre perpetrada por la fiera. Cosechas, animales y hasta familias enteras
fueron pasto de su voracidad. A tanto
llegó su atrevimiento, tal y como señalan ciertas crónicas apócrifas, que hasta
osó, la flexible criatura, a mancillar el sagrado recinto de la Santa Iglesia
Catedral, a través del conducto de agua bautismal, sorprendiendo a todos los
parroquianos y sembrando el terror a
diestro y siniestro.
Semejante
profanación no podía quedar sin respuesta, y por ello las autoridades del Santo Reino tomaron la resolución de
convocar a un imaginativo reo que, sirviéndose de engaños y astucias, atiborró
el vientre de la criatura con grandes cantidades de panes, elaborados con una
receta especial en la que la levadura era sustituida por pólvora, con la
consiguiente explosión descomunal cuya onda expansiva quebró casi todos los cristales de la villa, y diseminó los restos de la fiera por todo el
concejo.
Esa es la
historia oficial. A los humanos nos complace
sentirnos superiores y alardear de nuestra hegemonía respecto al resto de los
seres. Sin embargo, son muchas los
indicios que evidencian (para alivio de los colectivos animalistas) que nuestro
mítico lagarto, en realidad no sucumbió con aquel ardid.
De hecho,
hay quien asegura que la noble criatura antediluviana (que nunca fue tan cruel
como afirman las crónicas) reposa agazapada en las subterráneas aguas del
barrio de la Magdalena, como si de un maravilloso útero mítico primigenio se
tratara. Y en ocasiones, los que acercan
su oído a la reja del raudal pueden distinguir su ronca respiración.
También hay
quien sostiene que ahora el lagarto se ha adaptado a nuestro modo de vida y se
ha convertido en un vecino más, en un giennense anónimo que deambula de
incógnito por nuestras calles y plazas, aunque no puede evitar sentir un
escalofrío de inquietud cuando percibe viejos y dolorosos aromas al pasar junto
a la puerta de una panadería.
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