Estamos en
el año 2039 y en estos días es muy común que, por ejemplo, vayas
caminando tranquilamente por la calle y de repente se te cruce súbitamente una
desconocida que abra ante ti su gabardina, de par en par, sin que te dé tiempo a apartar la mirada, de
modo que te veas obligado a leer el spoiler que ha hecho imprimir en su
camiseta.
O también
puede suceder que vayas a presenciar una película o a leer una
publicación y que algún fragmento de su contenido atente contra tus
convicciones religiosas, sociales, raciales, sexuales, culturales, morales o
alimenticias.
Para paliar
estas y otras situaciones similares acaba de entrar en vigor el Real Decreto
Ley 11/2039 contra la delincuencia narrativa y para la libertad del espectador,
que ha sido promulgado para llenar el vacío legal existente que permitía
impunemente la proliferación de situaciones escandalosas y desagradables,
spoilers y otras conductas inapropiadas que atentaban contra nuestro derecho a
consumir historias acordes con nuestras convicciones más íntimas.
De este
modo, igual que la carta de un restaurante debe indicar los posibles alérgenos
incluidos en el menú, los contenidos de ficción deben especificar en su
etiquetado si sus tramas o sus contenidos narrativos, contienen trazas de
temáticas que puedan entrar en contradicción con los preceptos de alguna de las
425 confesiones religiosas contempladas por la legislación (en total se han
contabilizado 16315 tabúes inviolables y una cantidad similar de irreverencias
intocables), o contra las principales ideologías y convicciones morales de toda
índole.
Por este
motivo, igual que en el sector de la alimentación podemos encontrar leche sin
lactosa, hamburguesas vegetarianas o vinos sin alcohol, en el territorio de la
ficción se están popularizando últimamente nuevos géneros tales como “gore para
veganos” o “porno para puritanos” o incluso “westerns para animalistas”
(con equiparación de derechos entre équidos y jinetes).
Y además, el
nuevo Decreto Ley contempla el derecho inalienable de espectadores y
lectores a exigir la modificación de los giros narrativos y de los desenlaces,
para la adecuación de los mismos a las propias expectativas, si los originales
no fueran de su agrado. Por ejemplo para espectadores que no toleren la
frustración se deben incluir versiones edulcoradas de las historias (culminadas
con su correspondiente final feliz); e igualmente se prevén
versiones adaptadas, de todas las historias, para ecologistas, masoquistas,
naturistas, integristas, terraplanistas y un sinfín de colectivos.
El
trasnochado concepto “libertad de expresión” pasó por fin a la historia.
Y para poner orden en esta nueva era de contenidos de ficción adecuados a la
libertad del espectador, se ha creado la brigada narrativa, que vela por la
seguridad y la salubridad de nuestras fantasías. Y que, además de
imponer severas penas a esos destripadores de nuestro tiempo que son los
traficantes de spoilers, han completado con éxito, en las últimas jornadas, una
macro-redada contra un comando de guionistas clandestinos especialmente
activo, a los que se les han desactivado numerosos hilos narrativos, y se
les ha incautado importante material sensible que incluía varios detonantes de
desenlaces y potentes clímax finales preparados para estallar.
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